jueves, 25 de octubre de 2012

E-mail de una mujer a su cónyuge.


Cariño:

He de reconocerlo: me encanta lo bien que llevas la casa; la tienes hecha un primor.

Seguramente las motas de polvo patinan sobre la reluciente vitrocerámica. En cuanto descubres dos pelusas jugando al escondite amenazas con pasar la aspiradora,  en los platos que friegas no queda ni un tropezón y tienen que chirriar bajo el grifo para comprobar que están perfectamente aclarados. Limpias regularmente el polvo de las estanterías con un plumerito la mar de fashion, cambias las sábanas con la debida frecuencia y doblas las bolsas del Ahorramás en triangulitos. Religiosamente separas la basura, ventilas bien antes de hacer la cama, mantienes el frigorífico dentro de unos encomiables niveles de asepsia, doblas la ropa ya planchada en curiosos montoncitos y después la guardas metódicamente en el armario.



Jamás de los jamases te he pillado in fraganti perpetrando a golpe de plancha una doble raya en el pantalón, o en las mangas de una camisa.

Hecho este sucinto repaso, correré el riesgo de parecer una enferma diciendo que esta innata pulcritud tuya me resulta de lo más sexy.

La verdad es que me recuerdas mi época marujofestivapordeciralgo, en la que me afanaba por mantener la casa miramaricomesopasenelsuelo, tarea infravalorada hasta lo repugnante y de resultado efímero donde los haya.

En aquellos tiempos de lujurias domésticas barrocas, me pasaba horas lavando, cocinando, planchinchando, limpiaquetelimpianosepaqué,  y hasta -enigmas del universo- echándole alguna puntadita que otra a los dobladillos de los castigadísimos bajos de los pantalones de mi ex marido. Ahora llevo ropa de esa que no pierde la forma ni aunque la laves en el chorro del Gran Géiser islandés.

Llevas por cierto unos días instándome a planchar, supongo que en broma. Que te podía planchar las camisas dices.

-Vamoáver, no sé que te diga, mira tú por dónde, nome, nome, un suponer.

Abreviando: si acaso que se pongan a la cola, mis vestidos llevan esperando desde mucho antes; aunque confío en que te aburras pronto de esa extravagancia, que denota un sentido del humor envidiable. Acaso protagonicé episodios del pasado donde pude sostener alguna ilusión por plancharle camisas a un señor, conducta -he de reconocerlo- que puede parecer aberrante siéndolo además, y de la que me he rehabilitado por completo.

De manera que sólo veo dos opciones para que continúes yendo hecho un pincel:

1.- Que uses ropa indeformable

2.- Que sigas profundizando en ese ejercicio neo-zen occidental que consiste en planchar y planchar mientras toda tu vida te pasa por delante.

A mí lo que más me gustaba de esas horas al pie de la tabla, eran las ocurrencias de todo tipo que me sobrevenían, al tiempo que le hacía cuatro pares de rayas a los pantalones de maître de mi ex marido.

Creo haber acumulado bastante penitencia para ser absuelta de este asunto tan escabroso y si así no fuera, lamentablemente he de advertir que todo empeño ajeno a mi propia voluntad resultará inane.

No sé si ha quedado patente lo que intento decir, pero resumiendo:

No voy a planchar.



Mariaje López.


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domingo, 21 de octubre de 2012

Como agua para chocolate


 


Hace unos días, fuimos invitados a cenar en casa de unos buenos amigos. La anfitriona, una cocinera estupenda, nos preparó un menú de sabrosos platos muy propicios para una noche lluviosa de principios de otoño. A ella le gusta cocinar, y de alguna forma, ese esmero en la tarea se transmite con placidez a la mesa.

Durante la tertulia, surgió el tema del séptimo arte en torno a la comida. Un título que suele acudir a la memoria en estos casos, es el de la primera novela de Laura Esquivel "Como agua para chocolate". Años más tarde ella misma escribiría el guión para la película de Alfonso Arau.

Parece que la película es más conocida que la novela, pero merece la pena hacer la incursión literaria en este bello relato colorista, que pertenece al género del realismo mágico, entre cuyos productos más destacados se encuentra ''Cien años de soledad'' de Gabriel García Márquez.

La novela se divide en doce capítulos, cada uno de los cuales está encabezado por el nombre de un mes del año, y el título y detalle de una receta de cocina mexicana. Durante el capítulo se dan instrucciones para una óptima elaboración de la misma.

El realismo mágico es un género que me seduce por su forma de interpretar lo sobrenatural; esto es, con una pasmosa naturalidad. El portento es algo cotidiano y asumido sin pestañear. Se trata de una visión menos moderna de lo que parece, muy anterior al desarrollo de este género tan particular.  Ya en el Éxodo bíblico vemos que el pueblo judío tiene una manera similar de interpretar lo prodigioso. Es una forma  distinta de entender el milagro, opuesta a la que se tiene en occidente. Para ellos no se trata de un hecho que se sitúa al margen y por encima de lo natural; es lo natural puesto al servicio de las circunstancias, para crear una sincronía admirable y un resultado concreto. (Esto lo aprendí de un sacerdote que enseñaba interpretación de textos bíblicos, basados en un moderno método de estudio desarrollado en Francia, y que no era muy del agrado del Vaticano). Asimismo en los textos proféticos se da esta circunstancia, en los llamados relatos midrash, que a veces contienen una dimensión épica también presente en el realismo mágico. 

Después de todo lo dicho te traigo aquí varias cosas: para abrir boca, la lista de capítulos y recetas, como plato principal te recomiendo la lectura de la novela, y a los postres te sirvo la película completa.

Un banquete que disfrutaréis mejor en compañía. A mí me apetecen las codornices en pétalos de rosas... ¿Y a ti? 


Mariaje López.



Índice de capítulos:
 
   Enero. Tortas de Navidad. 
 Febrero. Pastel Chabela
Marzo. Codornices en pétalos de rosas.  
Abril. Guajolote con almendra y Ajonjolí. 
Mayo. Chorizo Norteño. 
Junio. Masa para hacer fósforos.  
Julio. Caldo de Colita de Res. 
Agosto. Champandongo. 
Septiembre. Chocolate y rosca de Reyes. 
 Octubre. Torrejas de nata. 
Noviembre. Frijoles gordos con chile a la Tezcucana. 
Diciembre. Chiles en Nogada. 




Y la película: 

miércoles, 17 de octubre de 2012

Depredadores



Cuando te amé
me deshice en versos infinitos,
y confundí mis versos con tu voz.


Pero tu voz no era mis versos.

Entonces aguardaba el día,
y acataba las noches de vigilia

añorando a Ítaca más que nunca…
Ítaca, sabes, nunca fuiste tú.

Cuando te amé
me deshice en besos infinitos
de mañanas tiernas.

En abrazos que arropaban
tus malos sueños.

Y lo que yo creia tu voz,
eran los ecos de mis palabras.

Tu voz era la de un memo
cagado de miedo.

Chaval, cómprate un orinal
y deja en paz a los ángeles.



Mariaje López. 



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domingo, 14 de octubre de 2012

¿Rosas en el mar?



¿Eres de los que suelen mirar hacia arriba buscando su estrella? Pues bien; yo me confieso testaruda en el intento.

Hasta que me di cuenta de que estaba mirando en el lugar equivocado




Un día, escuchando una canción de Massiel me hice esta pregunta: ¿Además de rosas, también sería más fácil encontrar estrellas en el mar? No sólo por el hecho de pertenecer a un signo de agua, Cáncer; también porque mi pictografía onírica está plagada de ejemplos que conectan las emociones con el mundo acuático.

Encontrar nuestra estrella significa descubrir nuestra posición en el mundo, tomar consciencia de saber qué queremos y adquirir la facultad de llevarlo a cabo. Conectar con nuestro talento cualquiera que éste sea, y a partir de ahí fluir en congruencia.

A veces tenemos que prosperar en lugares inhóspitos. Sentimos esos hábitats como artificiosos y ajenos a nuestra sustancia. Buscamos incansablemente espacios donde poder ser nosotros mismos y a menudo desesperamos. Tenemos la sospecha de que nuestra estrella se aleja, perdida en un cielo inaccesible.

¿Pero, y si miramos hacia ese otro gran azul, el mar de las emociones? La curiosidad es un remedio eficaz contra el desánimo, capaz de trascender las páginas más emborronadas de nuestra bitácora. Con ella como bandera nos aventuramos a la búsqueda de ese Nuevo Mundo que puede ser el nuestro.


 Es más fácil encontrar estrellas en el mar.

 

Mariaje López.

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martes, 9 de octubre de 2012

Herodes Superstar.



Prolifera en nuestros días cierta abominación del entramado social, de nefastísimas consecuencias para la convivencia armónica de las buenas gentes. Me refiero a los padres hipercomplacientes. Se caracterizan por engendrar niños de ambos sexos aparentemente normales, a los que después logran convertir en auténticos monstruos tiranos y extraordinariamente irascibles. Y si piensas que me he dado a las exageraciones, permíteme mostrarte un botón.

Mi pareja y yo estábamos en el entresuelo del Teatro Albéniz, esperando presenciar un singular espectáculo musical liderado por Ara Malikian y titulado Pagagnini. El asiento de atrás estaba ocupado por una niña de unos seis o siete años a la que acompañaba un padre emperillado con aire de intelectual. Recuerdo que la niña no se había quitado el abrigo y que calzaba botas altas. Antes de que apagaran las luces pude ver que se dedicaba a pisotear con ellas el asiento delantero. El papá no le dijo nada al respecto.

Comenzó la representación y la infanta, no contenta con amenazar mi nuca, empezó a golpear con los pies el respaldo de la butaca adyacente a la mía, sostenidamente y a destiempo, que parecía mentira que estuviera estudiando solfeo, (como le aseguró el padre a la señora que tenía sentada a su derecha). Después de quince odiosos y beligerantes minutos, la niña lejos de cansarse, le había encontrado el gustillo a lo de magullar el asiento con los pinreles. Yo había terminado por desconectar de lo que estaba ocurriendo sobre el escenario. Los nervios me corroían el estómago. Miré hacia atrás varias veces, esperando que el padre se diera por aludido y reconviniera a su hija-berbiquí.

El papá tampoco le dijo nada al respecto.

Según avanzaba el concierto, el entusiasmo repicador de la niña-taladro también lo hacía. En un susurro casi agónico informé a mi acompañante de que me estaba poniendo muy nerviosa, y él muy amablemente me ofreció cambiar el asiento. Fueron ganas de autoinmolarme, lo sé, pero no acepté. Seguí por aquel derrotero de ignición nerviosa y ya no me enteraba de lo que estaba aconteciendo en el escenario.

Como el papá seguía sin inmutarse, me vi en la imperiosa necesidad de volver la cabeza y dirigirme a la niña. Prometo que me expresé de forma amabilísima y que traté de explicarle a la portadora de las botas lo que me estaba suponiendo el golpeteo. Juro que le pedí cariñosísimamente, que por favor dejara de hacerlo.

Entonces, y sólo entonces, el papá dijo algo, no sé el qué. Lo que sí vi fue la cara de ángel degollado que compuso ella mientras lo negaba todo.

Eso, no era lo peor. Lo peor estaba por venir.

A partir de aquel momento la niña no dejó pasar un segundo sin perseverar incansablemente en que ella no había sido, y que nosotros éramos unos mentirosos.

    —¡Regáñales! –le decía imperativamente a su progenitor, al tiempo que arreciaba con los lloriqueos y las patadas.

Yo llevaba un rato flipando en surround cuando la pequeña ronaldinha le atizó un patadón de órdago a la butaca de al lado y exclamó sonoramente:

    —¡Que les regañes, tengo ganas de venganza!

Tal vez en otras circunstancias me habría reído, pero en mi estado taquicárdico aquello me escarchó las venas. No daba crédito.

Entonces va el padre y tecleándome el hombro me interroga:

    —Señorita, ¿está usted segura de que no ha sido otra persona?... porque ella insiste en que no ha sido, ¡y ella no miente nunca!

Eso fue demasiado. Tuve unos momentos de desconcierto, nunca mejor dicho. Abrí la boca para llenar los pulmones de aire.

    —Mire, ¡estoy alucinada con usted y con la hija de usted! –me salió del alma de las tripas.

Paco, mi pareja, ya con visible preocupación por mi incierto devenir, se lanzó a mediar en el conflicto:

    —No pasa nada, de verdad, no tiene importancia, no se preocupe.

La minibettedavis lloraba ya copiosamente en dique seco, y presentaba amagos de sufrir un inminente ataque agudo de enfisema pulmonar temprano. Yo estaba completamente descompuesta, he de reconocerlo con humildad franciscana. Mi acompañante, que es más conciliador, se dirigió a la niña esta vez:

    Bueno, perdona bonita, no te pongas así, no pasa nada de verdad; no tiene importancia.

Sus palabras surtieron efecto y se calmó la gremlin. Pasados unos minutos, el padre vuelve a tocarme la espalda:

    Señorita perdone; ¿me puede decir qué he hecho yo para que esté alucinada conmigo? He estado todo el rato tratando de arreglarlo…

Nunca alabaré bastante la sensatez de Paco, no dándome tiempo a responder. Aquello podía haber terminado muy mal. Pero que muy mal, ya te lo digo yo.

    No se preocupe de verdad, no tiene importancia. –le repitió mi acompañante.

Por fortuna el señor tocahombros tuvo la decencia y el sentido común de desaparecer con su hija tocapelotas justo antes de la caída del telón. Mejor así, porque de haberse esperado a que finalizaran los aplausos y yo me diera la vuelta, quizá habríamos tenido que discutir en serio.

Mariaje López. 

Gracias por cada vez que me dices algo antes de irte. Gracias por tu tiempo, y si además compartes, me ayudas a avanzar.

sábado, 6 de octubre de 2012

Cuando los conciertos eran recitales, y vino Raphael.

Pocos lo recordarán, pero en España, hasta principios de los 70, a todo concierto que no fuera de música clásica se le llamaba "recital". Aquí fue Raphael quien empezó a dar el título de concierto a sus actuaciones y vistió al público de gala para los estrenos.


 Aquí una prueba de lo que digo:en la foto todavía puede leerse "Los recitales de Raphael" en la cartelera.


Hace pocas semanas asistí a uno de sus conciertos.

No ha sido el primero. Aquella noche setentera, el Palacio de la Música de Madrid estaba lleno de celebridades. Yo iba por primera vez a una gala de estreno; con un vestido largo y diecisiete años recién cumplidos.





Antes de eso había conocido a Doña Rafaela, la madre del artista, y a través de ella conocí al fraile que dos años más tarde oficiaría mi boda. El padre Esteban de Cegoñal había sido el primero en educar la voz del pequeño Rafaelín, cuando estaba en la escolanía de la que era fundador y director.






Conservo unas fotos de aquellos tiempos que me dio Fray Esteban. Muestro una con el niño de la voz prodigiosa en primer plano.




Tengo que detenerme a contar algo sobre este franciscano, organista oficial de la Basílica de Jesús de Medinaceli, gran músico y compositor. Nuestra reina acudió a sus conciertos en varias ocasiones, situación que desde hace años ya no podrá volver a darse. El Padre Esteban tenía dos amores: Dios y la música. Con más de ochenta años sufrió una caída en la ducha que lo dejó casi ciego, por un desprendimiento de retina.  Daba de memoria conciertos enteros de los clásicos, porque no podía leer las partituras.

Cada febrero, en el día de los enamorados, compraba una rosa roja y la depositaba sobre el teclado del órgano monumental de la basílica. Decía que la música era su novia.

Un día, con el templo ya vacío, me condujo hasta el coro y me dijo:

-Para tí.

Las notas de la tocata y fuga en re menor de Bach comenzaron a fluir como salidas directamente de sus manos; el recinto se llenó de acordes que recorrían las columnas y bóvedas, que rebotaban desde el suelo para elevarse de nuevo en espirales fantásticas sobre nuestras cabezas.




La amistad con el cantante salido de sus filas duró toda la vida. Aquí una foto durante el rodaje de la película  "El Ángel".  En el reverso me escribió, divertido: 'Un fraile de verdad y otro de mentira'.




El Padre Esteban fue la primera persona que me dijo que yo tenía que escribir. Le recuerdo como un regalo que la vida quiso darme, un regalo maravilloso.

Por aquella época me inscribí en el club raphaelista de Madrid. Eso me dio la oportunidad de conocer un poco más de cerca al artista. A Raphael sin bambalinas. En las reuniones y comidas que se celebraban periódicamente, y a las que él asistía, reinaba cierta familiaridad. De hecho, a esta condición aludía un programa de radio de una hora de duración, que se emitía diariamente, y que se llamaba 'La gran familia raphaelista'. Lo presentaba Pedro Sáez y estuvo varios años en antena.


Conservo algunas fotos de aquella época, con mi aspecto de pipiola.




Y algunas otras más tardías:















         Mi cumpleaños...




Hay una distancia considerable entre el Raphael de las cámaras y el Raphael de las tablas. Quien lo ha visto en directo sabe de qué hablo. La conversión es casi inevitable por muy reacio que seas. Hay algo que conmueve, y es la entrega, todo lo que se adivina detrás de una voz y una puesta en escena.

Este vídeo muestra algo de lo que digo, pero no deja de ser un vídeo. 
La canción de G. Becaud, 'El indio'. A la gente se le ponía el pelo de punta. 1974: ¡qué conciertos!

 

Entonces puede que fuera un poco más divo. Nunca tanto como podría haberlo sido si se hubiera justificado con su repercusión a nivel mundial. Quienes le hemos seguido sabemos de su bitácora de apoteosis. Desde esa perspectiva, asombra su humildad. A ella se ha añadido con los años un caudal enorme de sabiduría. Sólo tenéis que escucharle en las entrevistas, y hasta os invito a comprobar la elegante sobriedad de su Website: http://www.raphaelnet.com/ . Dice muy poco, sólo lo esencial. Y podría decir tanto...

Hace muchos años que perdí el contacto con el entorno. Sigo yendo a los conciertos. Y no olvido aquellos años llenos de emociones increíbles. 

¿Y ahora?  Pues que lo diga él...
Mariaje López


martes, 2 de octubre de 2012

Los paisajes de la libertad.





En ti, como en mí, existe un arraigado anhelo de libertad. Seguramente has percibido que hay lugares donde parece que ese abstracto cobra forma.

Alguna vez, estoy segura, has sentido la conexión. Probablemente cuando estabas frente al mar, o en el corazón de un valle, o en la cumbre de una montaña, allí habrás rozado la textura de su cuerpo inabarcable.

Mi libertad se hizo paisaje en un desierto de Jordania llamado Wadi Rum; también conocido como Valle de la Luna. Cuando llegamos al campamento faltaban veinte minutos para la puesta de sol. La vista se perdía entre tonos degradados de color salmón. Nosotros éramos allí una estridencia, ocho notas fuera de partitura, pero felices a pesar de todo. 

A lo lejos, una larguísima fila de camellos avanzaba con parsimonia. El aire ostentaba una pureza desmedida, la luz alcanzaba cualidades místicas. Sentí a mis costados las alas desplegándose: robustas, poderosas. Mi alma desbordó sus falsos espigones; nada por lo que llorar, nada de lo que avergonzarse, nada que reprochar. Ni antes ni después; sólo un ahora infinito redentor de todo. 

El sol en retirada, disolviendo contornos, afinando matices y lamentos; nosotros arropados en las sombras, yaciendo livianos bajo las estrellas.





Mariaje López.


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