martes, 26 de marzo de 2013

Cuando no hace falta la esperanza






Cada vez está más complicado mantener a salvo los reductos. Me empeño sin embargo en librar a esta casa de alborotos. No es fácil cuando todo grita con voces injusta o justamente airadas. De las dos se oyen, y me temo que las primeras algo más. 

Las mil voces de esta casa, sin duda son distintas. Llegan de la profundidad del ser, como las otras, pero sin interceptaciones. En todos nosotros hay voces que cantan, y voces que gritan. 

En mí también, como en cualquiera, están las dos. No tengo intención de negar ninguna. Mantengo, eso sí, la voluntad de separarlas. ¿Por qué? Sólo para que no me falte un oasis donde recobrar las fuerzas. 

Mas allá del jardín están el ruido y la esperanza. La esperanza... si. Es un mal síntoma. 

Mientras no aprieta la sed no se siente la urgencia de beber. De igual modo sólo necesitamos la esperanza cuando empezamos a desesperar. Mi esperanza tiene forma de paraguas, y solamente la abro para salir cuando la tormenta arrecia. 

Me reitero: mala señal es la esperanza; pero es peor no tenerla. No es lo mismo cruzar el desierto con media cantimplora, que tirar la cantimplora y dejarse morir en cualquier duna. Es aquí donde les damos poder a los que matan. 

Quédate tranquilo, amigo mío. No les abriremos esta casa. Antes la quemamos. Pero mientras siga en pie, puedes venir cuanto quieras. En el jardín tengo hierbas amargas que curan, y en la despensa frutos dulces que consuelan. Sentados en el porche conversaremos sobre aquellas cosas importantes de las que casi nunca hablamos, y hasta puede que lleguemos a tocar el rastro esquivo que a veces nos sorprende, en el tramo de un segundo, para volver a diluirse en la bruma del recuerdo. 




No lo sientas, quedará el aroma inconfundible de aquello que identificas como tu esencia, que tantas veces se te escapa, que no logras retener el tiempo suficiente para deformarlo, y que sigues preguntándote de dónde vino y por qué te hace sentir tan bien. 

Que no te preocupe ser el reverso de un genio: a Monet le pasaba lo mismo con la luz del instante, y a ti te pasa con un instante de luz


Claude Monet - Saint-Georges majeur au crépuscule


Mariaje López.


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lunes, 18 de marzo de 2013

Regreso a Albarracín

Fue hace seis años. Viajábamos por Teruel sin concretar destino, pasamos por un túnel no muy largo. Del otro lado apareció la magia. Había anochecido sobre las faldas de la montaña encantada, el pueblo prendido de las rocas con sus broches de luz salpicando un escenario de leyendas medievales. Sé que quise amanecer en aquel sitio y comprobar si a la luz del sol seguía siendo tan bello. Deseo cumplido: desperté en Albarracín. Y no me defraudó.




Allí nos quedamos a dormir; en realidad era nuestro destino, una sorpresa que mi pareja quiso regalarme. Lo celebramos cenando en la terraza colgante del restaurante de Los Palacios, sobre el río Guadalaviar. A pesar del tiempo transcurrido recuerdo bien el menú, y no solamente la letra; de aquella noche inefable puedo reproducir hasta los sabores: ensalada de la casa, pollo al chilindrón, postres caseros: flan de queso y trufas de chocolate que se perdían jugando al escondite en el paladar. Así comenzó mi primera visita al antiguo reino de taifa de los Ibn-Racin.




Pasaron aquellos dias a las arcas del tesoro que llena el recuerdo. Hace dos viernes volvió Paco del trabajo y me preguntó: ¿Vamos a Albarracín? Me lanzó la propuesta sobre el teclado, que es donde suele encontrarme cuando llega, y tardé dos minutos en apagar el ordenador.

Dejamos al Tom-Tom elegir caminos; le dijimos, eso sí, que nos evitara peajes. Fue una elección afortunada. Nos llevó a descubrir llanuras inabarcables de patchwork cultivado, paisajes con vocación de infinito, horizontes casi marinos, a no ser por la apariencia firme de las tierras cobrizas y las praderas aterciopeladas.

Siempre me ha parecido, y más desde que estuve en el desierto, que las almas que crecen en tales amplitudes, mal deben soportar el encierro en que puede convertirse la gran urbe. Una gaditana me lo confirmó una vez: "Esto de salir a la calle, y no ver el mar de fondo... es como una asfixia".

En el reproductor de audio sonaban los Seventeen Seconds de The Cure cuando pasábamos por Rillo de Gallo, y vimos una casa con firma: podría haber sido de Gaudí, pero era de Juan Antonio Martínez Moreno, un artista del hierro y la piedra. La casa sin terminar; no sé el tiempo que llevará haciéndola. Claro está que había que parar y hacer fotos.









No muy lejos un cartel anunciaba un castillo. Nos desviamos de la ruta del Tom-Tom para encontrarlo. Y fue el segundo hallazgo del viaje. Nunca habíamos visto un castillo como el de Peracense. Asentado sobre un desfiladero, dominando un valle de gran belleza, emerge la fortaleza de piedra ródena, tan abundante en la zona, y que le otorga ese color rojizo característico. Merece la pena recorrer los 4.000 m2 de su planta, y sus tres niveles de altura. La vista panorámica es imponente.






 Cuando llegamos a Albarracín, nos alojamos en la única habitación libre que quedaba en La Casa del Tio Americano. El tal no era otro que Ramón Giménez, apodado así por haber pasado gran parte de su vida en América.




En Albarracín, cuando cruzas los cincuenta, te cae el apellido "tio" seguido del mote correspondiente; y el Tio Americano tenía dos: el segundo era El Gato, por sus ojos azules, que destacaban como los de un felino sobre la piel curtida del pastor. Sus descendientes, Mari Ángeles (la del Molino), y Miguel (el de Los Gatos), aplicaron este nombre al café-galería que también regentan. El Molino del Gato tiene buenas razones para llamarse así, pues el local es un molino familiar que sigue batiendo sobre el río desde que empezara a hacerlo, en el siglo XVI. Al entrar es posible caminar sobre las aguas a través del grueso cristal del pavimento. Nunca sabrás qué artistas hallarás en las paredes, que sirven de escaparate a cuantos creadores las solicitan. 

Son buena gente estos maños. Te recomiendo su casa si buscas encanto en el reposo. Te darán la bienvenida  con Frutas de Aragón y cava, te alojarán en una habitación limpia y agradable, con un set de baño que escatiman hoteles de más estrellas. Si el tiempo acompaña, junto al coqueto saloncito, puedes disfrutar de una terraza natural con vistas al río, para desayunar. Luego ya podrás recorrer el paseo fluvial, pues merece la pena, aunque te aviso de algún tramo complicado. Lleva calzado firme.


















Nos quedaban más sorpresas. En la recepción del hotel nos dicen que el pueblo está lleno de gente porque se celebra un Encuentro Intercomarcal de tambores, bombos y cornetas. Una multitamborrada en toda regla, vamos. Menuda marcha, ni los carnavales de Río. Toda una experiencia.

Después una vuelta por el pueblo, salida hacia el río, y una cerveza en El Molino del Gato. Un último paseo por las calles tranquilas, bajo la fina lluvia que bendice el día y pasa página.




En Albarracín, donde los gatos son centinelas de las cuestas, y la luna se asoma por callejones estrechos. Donde para entrar hay que cruzar un túnel, que dicen, y dicen bien, que es el túnel del tiempo



 


La primera vez que estuvimos en Albarracín entramos en el Museo de la Forja, donde pudimos admirar la obra de Adolfo Jarreta, artista reconocido internacionalmente, y a quien se deben muchos de los trabajos que pueden verse en las calles de Albarracín. Sus aldabas de lagartija son célebres. Allí nos enseñaron a distinguir la forja artesana de la industrial, lo que no siempre es tan sencillo como parece.




También visitamos por entonces el Museo de Juguetes, fuera del casco histórico. Sencillamente entrañable recorrer esta casa de dos pisos y desván, y revivir las  tardes de juegos con los recortables, los trenes, los teatrillos, los soldaditos de plomo, las muñecas, el Exín Castillos, las casitas de muñecas, y un sinfín de piezas tan curiosas como evocadoras.

Nos ha faltado esta vez visitar el mayor Parque Temático del mundo (si, del mundo), de Máquinas de Asedio de la Antigüedad. Es una buena excusa para la tercera visita. Esperamos tener suerte y encontrarnos ese día a Rubén Sáez, a cuyo estudio, pasión y esfuerzo se debe esta iniciativa.

Como siempre hay cosas por descubrir, de vuelta a casa nos encontramos algunas:

La Laguna de Taravilla, quieta entre los montes, solemne, especular, rebosante, desbordando el muelle que sólo se adivinaba, a cuatro palmos sumergido bajo el agua; inundado el merendero, encharcados los aledaños y las vallas.




Una inmensa piscina natural a los pies de un puente, en Cañamares.



En el mismo Cañamares, sin saberlo, nos encontramos cruzando La Ruta del Mimbre; con sus valles de color púrpura sembrando kilómetros,  en una fiesta cromática de multitud de lanzas enhiestas, o arracimadas en pirámides que me recordaban los poblados indios de los western. De Cañamares sale el 80% de la producción nacional de mimbre. Dicen los que lo han visto, que en su momento, la explosión roja de los valles puede compararse al estallido blanco del Jerte








 







Y mucha naturaleza: hermosa, sagrada, poderosa, caritativa, a menudo profanada, siempre magnífica, y lo que más me turba; tan humilde en su grandeza. No extraña que, aún considerando la equidistancia, haya tanto suicidio en las ciudades. En el corazón de Gaïa todo tiene su lugar, todo encuentra su sentido. Es difícil desear la muerte cuando estás siendo conmovido por una gran  belleza. Ningún absurdo convencimiento humano puede sobrevivir a su rotunda y simple grandiosidad. Todo lo demás se hace pequeño, se resitúa en el nimio trecho que le corresponde, y el alma en ese trance puede ensanchar sus límites sin ataduras.

  



Mariaje López.


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miércoles, 13 de marzo de 2013

Flowpaper II


Envalentonada por las felicitaciones de mi amigo Tucho (Antonio Guillán), saco a la galería otra tanda de Flowpapers, espero que te resulten gratos de mirar.


El color de los sueños




Lluvia de ideas





Icono







Narciso



La escuchadora



Noche de tul




Arrecife



Cuando nace la pasión




Pliegues en el mármol




Rosa de Mar




El amor es dinámico


Mariaje López.


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martes, 5 de marzo de 2013

Epifanía en Renfe-Chamartín.





Por aquellos días yo participaba de una propuesta de CIVSEM (Centro de Investigación en Valores Sociales y Empresariales) de Madrid, dirigida a replanteamientos vitales y profesionales. Vamos, que se trataba de un programa de acompañamiento para nuevos emprendedores y microemprendedores.

A qué negarlo; en los cuatro meses que duró el programa, hubo de todo. En la sala compartida de trabajo (coworking para los pro-anglófonos) éramos siete a emprender. Unas veces estábamos en la cima del tobogán, sin alharacas, y otras en imparable caída. Menos mal que la Lichardi, mujer entusiasta donde las haya, nos esperaba siempre con amortiguadores en la arena, para luego observar la contusión con su precisa lupa y aplicar el ungüento motivacional donde no nos alcanzaba el brazo. Teníamos además, dos coaches por compañeras, y una más en proceso, con lo cual de soporte anímico anduvimos largos. Bien nos vino.

Aún así, fueron ineludibles los días aciagos: presupuestos imposibles, incógnitas sin retorno, y un panorama de muelle desalentador que enredaban las maromas en sus bolardos. Aquellos veleros amenazaban con quedar anclados en el puerto sine die.

Sin embargo una cosa tenía clara; una sola, a la deriva de la incertidumbre: y era que no podía permitirme el toallazo. Así que trabajaba en el empeño a todas horas. 

Un jueves me marché a casa temprano, desanimada. Especialmente en días como aquel, me costaba soportar la impasibilidad de los avisos transmitidos por megafonía, y la de los letreros, que en Chamartín suelen escatimar la información hasta el último minuto, para anunciar finalmente la salida de tu tren por la vía más alejada posible de tu posición, sin considerar lo más mínimo las carreras a fuerzan, caso de que tu estado físico te lo permita. La alternativa es cambiar de andén a tu ritmo y decir adiós al tren con estoicismo, sin descartar por ello el repaso mental y aventurado de un buen número de árboles genealógicos hipotéticos, abordado el tema con total ausencia de empatía.

Menos mal que la veteranía termina siempre ayudando. Llega un momento, en que averiguas las probabilidades que tienes de que tu tren sea fiel al número de vía que frecuenta, y minimizas el riesgo de perderlo, dejándote un tobillo en el intento.

Para entonces, ya sabía que mi tren llegaba a la estación por las vías 4 y 5 comúnmente. El abanico se había reducido mucho, y ya sin otra distracción que la de esperar, podía entregarme por entero al ejercicio autocompasivo del emprededor frustrado.

En pleno declive anímico, y machacándome con la idea de seguir; porque si abandonaba entonces, ya  nunca podría comprobar si mi sueño era posible, me mantreaba sin anestesia, con frases del tipo: "Venga vá, lo que necesito es empeñar toda mi fuerza en creer en mis posibilidades. Lo que se dice tener fe".

En estas se dirige a mí un hombre de unos treinta y pocos años; alto, con unos enormes ojos verdes, de lo más espectacular que he visto en mi vida. El tipo me mira fijamente y me dice:

- Perdón señora: el Señor me ha dicho que me dirija a usted en este momento.

Comprenderás mi repentina incapacidad de articular siquiera un balbuceo. Sólo acertaba a mirarle llena de perplejidad, mientras un aluvión de suposiciones atravesaban veloces mi discernimiento: "¿Qué clase de flipado es este? ¿Y de qué secta?" Porque tan pronto me hablaba de Jehová, como de Yahveh, como de Alá: no podía negársele el espíritu ecuménico.

Hablaba y hablaba. Yo seguía sin decir esta boca es mía. Sólo asentía cortésmente, por si acaso. Discúlpame si no reproduzco todo lo que dijo, aunque una cosa me quedó bien clara:

-El Señor quiere darle su bendición a usted -aseveró sin pestañear, y añadió-. Me ha encargado que se lo diga, en este momento - recalcó con énfasis.

Mi tren llegaba. Por muy sin dios que una sea, no estaba la cosa para hacerle remilgos a una bendición, así que le dí las gracias mientras me encaramaba al vagón. 

El profeta alzó la voz, insistiendo: 

-¡El Señor quiere darle su bendición;y la va a bendecir!

Le reiteré mi agradecimiento. Al fin y al cabo, me había sacado de mi ruido interno, y lo que decía era bastante agradable, incluso para una atea. Además, había tenido la oportunidad de contemplar por un rato unos ojos muy bellos. Por otra parte si unos ojos como aquellos no me hicieron recuperar la fe en un creador divino, no es una apuesa futurible que me reconvierta en modo alguno.

Sí que me pareció una casualidad amable que en mi estado de decaimiento, alguien que no me conocía de nada,  ni podía sospechar mi bache de confianza; se acercara a mí para bendecirme en nombre de su Dios. (Aunque en realidad lo hizo en nombre del de las tres religiones monoteístas.).

Y es que los guiños inesperados, si son amables, siempre tienen su gracia, vengan de donde vengan.


Mariaje López.


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