martes, 5 de marzo de 2013

Epifanía en Renfe-Chamartín.





Por aquellos días yo participaba de una propuesta de CIVSEM (Centro de Investigación en Valores Sociales y Empresariales) de Madrid, dirigida a replanteamientos vitales y profesionales. Vamos, que se trataba de un programa de acompañamiento para nuevos emprendedores y microemprendedores.

A qué negarlo; en los cuatro meses que duró el programa, hubo de todo. En la sala compartida de trabajo (coworking para los pro-anglófonos) éramos siete a emprender. Unas veces estábamos en la cima del tobogán, sin alharacas, y otras en imparable caída. Menos mal que la Lichardi, mujer entusiasta donde las haya, nos esperaba siempre con amortiguadores en la arena, para luego observar la contusión con su precisa lupa y aplicar el ungüento motivacional donde no nos alcanzaba el brazo. Teníamos además, dos coaches por compañeras, y una más en proceso, con lo cual de soporte anímico anduvimos largos. Bien nos vino.

Aún así, fueron ineludibles los días aciagos: presupuestos imposibles, incógnitas sin retorno, y un panorama de muelle desalentador que enredaban las maromas en sus bolardos. Aquellos veleros amenazaban con quedar anclados en el puerto sine die.

Sin embargo una cosa tenía clara; una sola, a la deriva de la incertidumbre: y era que no podía permitirme el toallazo. Así que trabajaba en el empeño a todas horas. 

Un jueves me marché a casa temprano, desanimada. Especialmente en días como aquel, me costaba soportar la impasibilidad de los avisos transmitidos por megafonía, y la de los letreros, que en Chamartín suelen escatimar la información hasta el último minuto, para anunciar finalmente la salida de tu tren por la vía más alejada posible de tu posición, sin considerar lo más mínimo las carreras a fuerzan, caso de que tu estado físico te lo permita. La alternativa es cambiar de andén a tu ritmo y decir adiós al tren con estoicismo, sin descartar por ello el repaso mental y aventurado de un buen número de árboles genealógicos hipotéticos, abordado el tema con total ausencia de empatía.

Menos mal que la veteranía termina siempre ayudando. Llega un momento, en que averiguas las probabilidades que tienes de que tu tren sea fiel al número de vía que frecuenta, y minimizas el riesgo de perderlo, dejándote un tobillo en el intento.

Para entonces, ya sabía que mi tren llegaba a la estación por las vías 4 y 5 comúnmente. El abanico se había reducido mucho, y ya sin otra distracción que la de esperar, podía entregarme por entero al ejercicio autocompasivo del emprededor frustrado.

En pleno declive anímico, y machacándome con la idea de seguir; porque si abandonaba entonces, ya  nunca podría comprobar si mi sueño era posible, me mantreaba sin anestesia, con frases del tipo: "Venga vá, lo que necesito es empeñar toda mi fuerza en creer en mis posibilidades. Lo que se dice tener fe".

En estas se dirige a mí un hombre de unos treinta y pocos años; alto, con unos enormes ojos verdes, de lo más espectacular que he visto en mi vida. El tipo me mira fijamente y me dice:

- Perdón señora: el Señor me ha dicho que me dirija a usted en este momento.

Comprenderás mi repentina incapacidad de articular siquiera un balbuceo. Sólo acertaba a mirarle llena de perplejidad, mientras un aluvión de suposiciones atravesaban veloces mi discernimiento: "¿Qué clase de flipado es este? ¿Y de qué secta?" Porque tan pronto me hablaba de Jehová, como de Yahveh, como de Alá: no podía negársele el espíritu ecuménico.

Hablaba y hablaba. Yo seguía sin decir esta boca es mía. Sólo asentía cortésmente, por si acaso. Discúlpame si no reproduzco todo lo que dijo, aunque una cosa me quedó bien clara:

-El Señor quiere darle su bendición a usted -aseveró sin pestañear, y añadió-. Me ha encargado que se lo diga, en este momento - recalcó con énfasis.

Mi tren llegaba. Por muy sin dios que una sea, no estaba la cosa para hacerle remilgos a una bendición, así que le dí las gracias mientras me encaramaba al vagón. 

El profeta alzó la voz, insistiendo: 

-¡El Señor quiere darle su bendición;y la va a bendecir!

Le reiteré mi agradecimiento. Al fin y al cabo, me había sacado de mi ruido interno, y lo que decía era bastante agradable, incluso para una atea. Además, había tenido la oportunidad de contemplar por un rato unos ojos muy bellos. Por otra parte si unos ojos como aquellos no me hicieron recuperar la fe en un creador divino, no es una apuesa futurible que me reconvierta en modo alguno.

Sí que me pareció una casualidad amable que en mi estado de decaimiento, alguien que no me conocía de nada,  ni podía sospechar mi bache de confianza; se acercara a mí para bendecirme en nombre de su Dios. (Aunque en realidad lo hizo en nombre del de las tres religiones monoteístas.).

Y es que los guiños inesperados, si son amables, siempre tienen su gracia, vengan de donde vengan.


Mariaje López.


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6 comentarios:

  1. Anónimo5/3/13 12:47

    Esa es mi chica!!! Estaba convencida de que esas situaciones surrealistas sólo te pasaban en la República Independiente, pero ahora veo, con absoluto regocijo por mi parte, que van asociadas a ti de forma intrínseca. Pensé por un momento que había renunciado a escucharte contar tus experiencias más disparatadas, así que la emoción me embarga en estos momentos descubriendo en el post que vuelves a ser tú en estado puro. Sólo te pido un favor: NO te lo lo hagas mirar... me encantas así.

    Un beso, chula!!

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    1. Es que lo extrínseco me persigue... no es mi culpa. ;-))

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  2. Vaya lugar y vaya protagonista para repartir bendiciones ¡qué intriga! ¿Fue antes o después del 11M? ¿Has notado los efectos de la bendición? Sigue...

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    1. ¡Uf! Fue el año pasado, querido Tucho, y por lo demás, los efectos de la bendición los vengo notando desde hace muchos años, incluso en medio de las circunstancias más adversas que me ha tocado vivir. Me considero bendecida, por ejemplo, por una serie de personas excepcionales que me he ido encontrando por el camino, y que son parte de mi tesoro privado. (Al cual, con permiso, espero poder añadirte.)

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