viernes, 26 de abril de 2013

Alicia en el país de las chicas de oro





 Alicia tiene el pelo oscuro, largo, bellamente rizado. Ya sabe lo que es cruzar la cuarentena, y que los hijos pasen de largo por la altura de tu nariz para seguir creciendo, que para eso tienen un padre grande; el más alto de los Cámara y el que mejor sonríe. La llamo cuñada, menospreciando el purismo de los convenios firmados, y la aprecio por su corazón y nobleza, la admiro por su talento, y la respeto por su sensatez.


Hace muchos años (a ella le deben parecer toda una vida), que trabaja como educadora en la Fundación Magdalena.  Allí viven o pasan el día 44 mujeres con discapacidad intelectual, y allí se desviven las gentes como Alicia para que ellas se integren y aumenten su calidad existencial. Para mi cuñada estas mujeres son su segunda familia. 






Recuerdo cómo me impresionó escucharla hablar de su trabajo por primera vez. Quiere a "sus chicas" y con ellas aprende cosas cada día. No le producen lástima, las ve como son, personas diferentes. Sí le indigna, y mucho, la piedad de escaparate. De la compasión con mayúscula todos somos objeto, pero éste es un bien escaso. 

A muchas las ha visto evolucionar, hacerse mayores, progresar. Alguna se le perdió por el camino, que la muerte no echa cuentas de los que se lleva. Cuando me cuenta las historias de su labor cotidiana, brilla en su mirada la infrecuente chispa de la pasión. Le gusta lo que hace, aunque no es algo que a cualquiera le guste hacer. A menudo tiene que capear furias intempestivas, esquivar dos tortas, recomponer la patilla de la gafa que salió volando. Los reflejos fallan en algún momento. Pero compensan los abrazos, los besos, las risas, las miradas que ya se han vuelto cómplices, las gratas ocasiones en que el éxito se aviene a compensar los esfuerzos. Sabe que ellas, a su manera, en sus formas variopintas, también la quieren.  

Alicia es fuerte, sabe imponerse cuando hace falta; y aplaca esa fortaleza con una cercanía resuelta y acogedora,  que siempre te hace sentirte como en casa. En su trato abunda la sencillez y escasea el protocolo. Parece que la estoy oyendo: "Tonterías las justas".

Después de un rato en su compañía, invariablemente me vuelvo a casa convencida de que cualquier país que aspire al título de maravilloso, necesita más de una Alicia.



Mariaje López.

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viernes, 19 de abril de 2013

Manualidades


Este post se lo dedico a mi profesora de manualidades, Mari Carmen Navajas, y sirva también de pequeño homenaje a su blog: Más allá de mis manos.  En sus clases he disfrutado muchísimo, y lo más importante, la he conocido a ella, que es una persona maravillosa. 

Algunos trabajos que hice bajo su tutela.
Un abrazo, profe. Espero volver pronto.


Mi primer trabajo: una bandeja para desayunar en la cama. Por si acaso. 

Ya que te presenté a esta señorita, aquí está mi Caja Hilda.

Mi Caja Hilda abierta.


Cogí los óleos por primera vez, ella tuvo que insistir para que me atreviese con este servilletero


Luego seguí pintando amapolas en esta caja de vinos.

Y luego ya un cuadrito decorativo. No he pasado de ahí.

Con acrílicas y découpage de servilletas, una menina de casi 50cm de altura.

¡Y cómo no! también hice mi fofucha.

Una máscara de carnaval, con pasta de papel... ¡anda que no tardé!

Una ida de olla que tuve con un plafón de luz.

Una caja para los tés.

Unas cuántas bandejas con découpage.

Una caja por dentro.

La misma caja por fuera.

Mozart y Constanze

Las figuras son títeres recortados de un viejo calendario, estaban en blanco y negro, las pinté con sombras de ojos y luego las barnicé. Les puse dos ramitas y unos hilos, si los mueves bailan. El marco tuvo varias versiones hasta que me gustó este. Pero lleva una de capas que ni te imaginas. Me alegra cuando lo miro.


 Mariaje López.

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martes, 9 de abril de 2013

Abrazo


Autor del lienzo: Oswaldo Guayasimín



ABRAZO


Eres la tierra que abriga mis raíces,
el calor que abraza mis horas de intemperie,
el agua que transita los pliegues de mis hojas. 

Eres la canción que escucho mientras sueño,
el arpa que  taño cuando el dolor florece,
el lienzo que pinto cuando el alba duerme.

Eres el aliento que surge de la calma,
el atardecer pleno que la memoria reclama,
y lo que me cura en fin, de la desesperanza.




Mariaje López



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viernes, 5 de abril de 2013

Verónica Puertollano & Raphael

"Tenía que pasar"

Puede decirse, que Verónica vino al mundo gracias a Raphael, al menos tangencialmente. Conocí al que sería su padre en la madrileña calle de María de Molina, en el portal de la antigua casa de soltero del artista, donde también vivió con Natalia Figueroa los primeros años de su matrimonio.

Agradezco desde aquí al director de Hoy Empieza Todo, en RNE, Radio3, el increíble Ángel Carmona, que propiciara el encuentro.


Ángel Carmona






Hoy Empieza Todo

De Lunes a Viernes, de 07.00 a 09.00 horas

RNE. Radio3.

El vídeo resumen de la entrevista.

lunes, 1 de abril de 2013

Un gato con apellidos






A mi gato siamés le puse el  nombre del protagonista de La Historia Interminable: Bastian Baltasar Bux. A veces me tomaba el trabajo de pronunciar el nombre completo, pero lo normal era llamarle Bastian a secas -situando la tónica en la primera sílaba-. En todo el tiempo que vivió con nosotras sólo nos dio un disgusto: morirse. 

Doce años antes lo había salvado Verónica de una muerte brutal. Era el último de una camada que un grupo de jóvenes -personas que no merecían ese nombre-, había reventado contra la pared. Tuvo que darles las quinientas pesetas que llevaba para que lo dejaran con vida. Era tan pequeño que se perdía en un bolsillo, y miraba el mundo desde sus ojos azules; un azul de mañana limpia que se le fue haciendo lago con los años. 

A los tres meses le llegó un compañero; otro macho como él, blanquinegro, igual que el Félix de las latas de comida. Estaba claro que llevaría el nombre del coprotagonista de la novela. Fueron amigos entrañables, y más que eso, hermanos. Atreyu era empalagoso de puro mimo, te rodeaba el cuello con un abrazo de oso, era enorme el gato, travieso como él solo. Bastian lo sobrellevaba con paciencia, a veces parecía su madre.

En casa siempre hemos tenido gatos. A la ternura y respeto que me inspiran los animales en general, en el  caso de los felinos se añade la fascinación. Los domésticos, me parecen, entre otras muchas cosas, una forma asequible de incrementar la dosis de belleza cotidiana. Me consta que quienes los han tratado poco, ignoran el amor que se puede llegar a recibir de ellos. Tienen mala fama, como cualquiera que pretenda mantener su independencia en un mundo que reclama vasallaje. Pero esa es una fama injusta. He convivido con bastantes gatos desde mi infancia. Cada uno con su personalidad bien definida, todos fueron maravillosos. Pero nunca, jamás, he tenido un gato como Bastian.

Es verdad que compartía con los de su raza muchas cosas, como lo de la parlanchinería. Cualquiera que tenga en su casa un siamés podrá atestiguar que es cierto lo que digo: son unos habladores incansables. Con ellos pueden mantenerse auténticas conversaciones. Sobre todo si te conocen bien. A Bastian a veces le contaba pequeñas historias gatunas, y me miraba con sus ojos de lago sin parpadear y el cuello muy estirado. Cuando acababa, eso era lo mejor, me respondía. Siempre después del colorín colorado. Era un campeón abriendo puertas, y a diferencia del granujilla de Atreyu, muy educado. Podrían haberse llamado perfectamente Sancho Panza el uno, y Alonso Quijano el Bueno, el otro.

Un día al volver yo de la compra, de puro contento se dio una voltereta. No una de esas de medio lado que se dan los gatos cuando les rascas detrás de las orejas; fue una voltereta completa, de circo, con preparación. Se puso a cuatro patas, colocó cuidadosamente la cabeza entre las dos delanteras, y... ¡alehop! como las que hacía yo de pequeña. Mi regocijo no se le pasó por alto. A partir de entonces aquel fue su recibimiento habitual. Sin embargo lo más increíble no era eso; era que también lo hacía a petición. Le decías: 

- Bastian, ¿te das una voltereta?

Y allá que te iba; se colocaba, metía la cabeza entre las patas, y campanada circense. Me reprocho la torpeza de no haberlo filmado; ni se me ocurrió. Aunque supongo que verlo ahora me partiría el alma en dos. 

Era un animal muy sentido. Yo siempre le decía cosas al entrar en casa. Me esperaba sentado frente a la puerta de la calle. Nunca he sabido cómo son capaces de distinguir los pasos de sus amos de los de los demás. Un día llegué agobiada por alguna preocupación, y pasé por su lado sin dirigirle la palabra. Se quedó plantado en el sitio, inmóvil como una esfinge, muy tieso, mirando a la puerta y sin querer sin volverse hacia mí. Su decepción era más que evidente. Cuando reparé en él, empecé a llamarle, a decirle palabras de consuelo: "Bastian, bonito, que no me he dado cuenta". Pero él ofendidísimo, allí quieto,cara a la puerta, sentado muy digno, escuchando sin mirar. Me costó más de cuatro arrumacos hacerle olvidar el disgusto. 

Me encantaba su olor. Porque Bastian olía muy bien. Como sucede con las personas, cada gato tiene su propia nota. El día que murió, uno de los más tristes de mi vida, Verónica estaba en Barcelona. Por teléfono me confesó que, de forma súbita y durante unos pocos segundos, había rememorado el olor de Bastian. También yo reproduje esa percepción fidedignamente: era agradable, cálida, reconfortante. Todavía puedo revivirlo, y siempre me hace sentir bien, como cuando me llega algún otro matiz oloroso que me transporta a momentos felices del pasado.

Es portentoso que un ser tan pequeño pueda dejar tanta huella. A veces me extasiaba mirándole a los ojos, y al cabo de un rato tenía la sensación de estar delante de alguien que había alcanzado una comprensión extraordinaria de los humanos que le rodeaban. Estoy convencida de que él sabía mucho más de mi que la mayor parte de las personas con las que he convivido.

Bastian Baltasar Bux fue un animal exquisito. Nos entregó cantidades ingentes de amor, de ternura, de alegría, de momentos irrepetibles e inolvidables. Todavía hoy, cuando lo traigo al presente, una inmensa ola de gratitud recorre mi ser, trayéndome nobleza, dignidad, inteligencia y lealtad. Lealtad... parece una condición ajena a los gatos. Nada más lejos. La suya es una lealtad que no se confunde con la servidumbre. Por eso los admiro.




Bastian pasó por mi vida como un bálsamo, como una burbuja de energía vibrante que aún ahora me alimenta, al recordar su humilde y conmovedor ejemplo. Es un movimiento de amor hacia lo que me rodea, un impulso reconciliador que sosiega mi espíritu.  



Mariaje López.





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