martes, 16 de junio de 2015

Mundos efímeros.






Cada día el viajero desdoblaba el mundo a su antojo, de su mirar brotaban palomas, etéreas masas de tierra que volaban junto al tren, costas abruptas de olas espumosas rompiendo en el azul, desiertos y bosques encantados. Desde la ventanilla se erigía en hacedor de mundos, y avanzaba seguro, dejándolo todo atrás. 

Al anochecer bajaba nuevamente al suelo de la realidad y tornaba a su miseria, la de un pequeño iluso varado en el andén, sin más afán ni rumbo que la noche oscura, sin más destino que la soledad. Y arrastraba otra vez, lúgubre y manso, el peso del alma ya vacía, hasta que por la mañana cambiase unas monedas por otro billete, y su indigencia por la creación. Suyo y solamente suyo era aquel mundo efímero, pero glorioso, que cada día entre estaciones, jugaba a inventarse desde el tren.



Mariaje López.



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martes, 2 de junio de 2015

Una pegatina en el metro y una declaración de amor.



Cuando viajo en metro acostumbro a leer esas pegatinas de los vagones que muestran algunos párrafos de buena litertura española; raro ha sido que después de este aperitivo no me haya quedado con ganas de remendar el festín, pero hubo un día que recuerdo especialmente. Viajaba de pie, frente a la puerta automática, y junto a ella había una de esas láminas ilustradas que me dispuse a leer. La primera frase me entró directa como un cuchillo: era un fragmento de MORTAL Y ROSA, de Francisco Umbral.

Al escritor, ya en la cuarentena, se le murió su único hijo de leucemia, con seis años. Durante los doce últimos meses, mientras se despedía lentamente, Umbral escribió un diario, según la crítica el mejor trabajo de su vida y una de las obras maestras del siglo XX. No exageran. Después de leer aquel único párrafo salí del metro dispuesta a comprarlo. Tuve suerte; en la librería más cercana quedaba un ejemplar de bolsillo.