martes, 16 de agosto de 2016

El mundo de la línea infinita: Miedo (Extracto)


Tercera entrega de extractos de el mundo de la línea infinita, serán seis. Esta vez la ilustración sí es de Marta Virseda, pero NO corresponde a este libro, sino a la cabecera de mi página web Tu escritora personal. Junto al árbol se ve mi logotipo, que es la figura humana. ¿Verdad que es bonita la ilustración?



Ilustración: Marta Virseda


Fiel a su costumbre, el árbol observaba respetuosamente cuanto sucedía a su alrededor. Tenía cuatrocientos años… puede que más, y los había vivido casi todos en un extenso parque urbano junto a otros muchos árboles más jóvenes que él. Le resultaría muy fácil averiguar su edad exacta contando el número de anillos de su tronco, pero sólo imaginarlo le provocaba escalofríos; para eso tendrían que cortarlo, o en el mejor de los casos perforarle el tronco con una barrena y extraerle un cilindro de carne, lo que seguía juzgando espantoso. Existía otra posibilidad menos drástica: mirarse por dentro (los árboles saben cómo hacerlo), y contarse los anillos él mismo, lo que sopesaba con desgana estimando que éstos eran demasiados y que no le urgía averiguarlo. Algunas noches lo intentaba, pero llegando al número cien empezaba a entrarle mucho sueño.

—Unos pocos años más o menos —se decía entre bostezos— ¿Qué tanto le da a un viejo reviejo como yo? 

Además, ya tenía bastantes quehaceres: llegar un poco más arriba, supervisar los nuevos brotes en primavera, desplegar las flores en verano, renovar los colores en otoño, desprenderse de las hojas marchitas antes del letargo invernal… y lo que más tiempo le absorbía: estudiar a los humanos.

Sus abundantes ramas proporcionaban hogar a multitud de pájaros; mirlos y gorriones sobre todo, pero también jilgueros, petirrojos, currucas, estorninos, algún ruiseñor… y aves transeúntes que anidaban en otros sitios, como vencejos, urracas y palomas. En época de crianza, las madres extremaban la vigilancia de los nidos, ante la indefensión de sus polluelos contra las urracas, que los consideraban un bocado exquisito. ¡Y anda que no eran espabiladas! Al menor descuido la tragedia estaba servida. Pero ninguno de sus huéspedes era tan querido para el árbol como el pájaro que vivía una de sus ramas añejas; ése que tenía las plumas de un intenso color azul, tan irisadas, que al mediodía parecían turquesas, y al atardecer zafiros.

El mundo de la línea infinita. (Mariaje López y Marta Virseda)
Gracias por cada vez que me dices algo antes de irte. Gracias por tu tiempo, y si además compartes, me ayudas a avanzar.


4 comentarios:

  1. Qué bonito que los árboles sintieran como lo escribes tan bien. He de decirte que soy una enamorada de los árboles.
    Me gusta la imagen del árbol inclinándose junto a la línea que sale de la imagen.

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    1. Sí, a mí también me siguen gustando aunque uno se me cayera encima... jajaja. Ahora me río. La cabecera que me hizo Marta me encanta. Gracias por comentar. Un abrazo.

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  2. Ese árbol tenía sensibilidad, sabía observar el mundo, comprendía lo que era mirar la vida. Tenía, además, criterio para no caer en ocurrencias externas. Albergaba también a aves de distintas 'culturas'. Era un buen árbol, sin duda. Han sabido ustedes verlo bien, me parece a mí.

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    1. Era un buen árbol, sí, y tenía solo un miedo: a los cambios. Él que había visto tantos.

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