viernes, 16 de septiembre de 2016

Aquellos días de feliz infancia



En Blanes, un invierno de sueños blancos y felices juegos.



Aquellos días de sol entretejido, de miradas luminosas y atónitas; de geranios y canciones en el patio de la casa, con notas de hierbabuena y risas, con olor a membrillo en los armarios.

Aquellas mañanas abiertas a la aventura, al estudio de las hormigas y los caracoles; tiempos de vestir y desvestir muñecos, de hacerles camitas ásperas y alimentarlos con cualquier cosa.

Aquellos juegos en las calles encharcadas, libres de asfalto, adornadas con truques y rayuelas, elíseos infantiles de bajo coste, rincones azotados por las deshilachadas combas, receptores de saltos infinitos, de carreras, sonrisas cómplices y tropezones.

Aquellas pequeñas vidas de papel recortable, inventadas como casi todo, por las ávidas e inquietas mentes en la crecida marea; aquellos libros convertidos en armarios de sus prendas, con el ardor impaciente de unas manos tiernas, de una ilusión sin mancha.

Aquellos gordos de nieve, con sus mudos ojos de carbón, a veces con sombrero y bufanda larga, como los sueños que arropan los inviernos fríos. Era un frío ignorado, olvidado en el fuego de un entusiasmo invicto.

Aquellas guerras de mentira, disparando risas de verdad en los jubilosos gritos, y el silencio de las tardes cuando la chiquillería llenaba la taberna bajo el único televisor del barrio: la fidelidad era una cita con ojos de coyote suicida y plumas de correcaminos cruel.

Aquel mirar a los padres sin comprender nada, aquella búsqueda de caricias, de juegos, de palabras dulces. Aquellos tebeos esparcidos en la alfombra, mil vidas entre viñetas, lamiendo caramelos de azúcar tostada en la sartén.

Aquellos tres columpios, tres, al otro lado de la calzada, frontera prohibida; y de este lado —menos mal—, la única tienda de golosinas, con pipas de girasol en bolsas de una peseta y chucherías mínimas de un céntimo.

Aquella prematura muerte que les privó del padre y se tragó su niñez, hundiéndola en un silencio forzoso y repentino. Aquella felicidad arrinconada, calcinada en el infierno de un brutal olvido: infierno de que te olviden, infierno de olvidar tú.

Aquel tiempo de luminoso curso, huidizo... y este rastrear continuo de su huella, de perseguirla a toda costa. Este deseo poderoso, irrenunciable, en busca de Ítaca, sin descanso, para vivificar el alma, para recuperar la vida.


Mariaje López

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2 comentarios:

  1. Mirando hacía atrás en el tiempo y con los recuerdos más o menos fidedignos, mis recuerdos del olor de las galletas María, de un chocolate que sabía a tierra, ( antes de la llegada del Chobil claro ) de los pocos tebeos que llegaban a nuestras manos, los recortables, la ilusión de recibir una carta, me encantaba escribirme con gente, pero no todo era felicidad, los padres tenían que trabajar, también en aquella época mucho y por desgracia pasábamos mucho tiempo solos y por lo general, había que cuidar de los hermanos y echar una manita a la madre en casa, mi opinión es que maduramos muy deprisa, no quedaba otra.
    Muchas gracias por despertar los recuerdos de aquellos no siempre tan maravillosos años, Abrazos!!

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    1. No recordaba yo ese chocolate, Chobil, aunque quiere sonarme. Quizá en Madrid se consumían más El Gorriaga o La Campana, además de otro que no quiero ni mencionar. Los primeros ocho años yo los recuerdo felices. Luego ya... la vida se volcó en el infierno, y así siguió durante mucho tiempo. Pero cuando vuelvo allí con la memoria o la emoción, me siento fuerte como nunca, y recupero mis pedazos. Un abrazo enorme.

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