jueves, 19 de febrero de 2015

Carl Sagan. PARTE 1: La persistencia de la memoria.







En el año 1977 Tony Leblanc nos dejó con cara de lelos ante el televisor, mientras él pelaba tranquilamente, y se comía, una manzana en el escenario. Tres años después -cinco en España-, hubo alguien que nos sorprendió más si cabe utilizando otra manzana en un plató. Todavía me emociona verle explicando la cuarta dimensión con la ayuda de dicha fruta y unos cuantos recortes de papel. Comenzaba la década de los 80 y yo tenía 25 años cuando descubrí el COSMOS de la mano de un auténtico explorador de lujo: Carl Sagan. Nunca antes me habían invitado a un viaje tan fantástico y tan real al mismo tiempo; tan inconmensurable, hermoso y emocionante. Un viaje donde se entrelazaba la ciencia con la ética y la poesía. Aquel inmenso comunicador, aquel ser humano único lo hizo posible.  

Acompáñenme...






He vuelto a revisar los trece capítulos de "Cosmos. (Un viaje personal)" ahora en V.O.S. Ya me he acostumbrado a la auténtica voz de Carl, pero hasta hace muy poco, para mí su voz era la de José María del Río, quien supo transmitir impecablemente el tono vibrante y apasionado de este gran científico. Porque por encima de todo Carl Edward Sagan era un estupendo científico: astrónomo, astrofísico, cosmólogo y exobiólogo, además de profesor, catedrático, escritor y divulgador. Acumuló 22 doctorados honoris causa, y publicó más de 600 trabajos científicos. No sólo tenía una mente extraordinaria, además de eso poseía una capacidad de trabajo increíble, una energía arrolladora y mucho encanto personal. Pero lo que más destacó siempre en él fue su entusiasmo inagotable y contagioso.

Un entusiasmo que se destapó temprano, cuando sus padres le llevaron a la Exposición Universal de Nueva York en 1939. Tenía cuatro o cinco años, y toda su vida recordaría las asombrosas maravillas que descubrió allí. Entre otras cosas, presenció el enterramiento de una cápsula del tiempo en Flushing Meadows, con documentos y recuerdos de la década para las generaciones futuras de otro milenio. Aquello le impresionó tanto que luego él mismo con algunos colegas más crearían sus propias cápsulas del tiempo, pero esta vez para enviarlas al espacio al encuentro de vida inteligente. Fueron las placas de las Pioneer y el famoso disco de oro de las Voyager.




Con la placa de la Pioneer.




Disco de la Voyager.



Su madre, una ucraniana judía reformista llamada Rachel, cansada de oír a su niño preguntar qué eran las estrellas y no saber qué responderle, le regaló un carnet de lector de la Biblioteca Municipal. El pequeño Carl asomó la cabeza por el mostrador y le dijo al bibliotecario:

-¿Me puede dar un libro que hable de las estrellas?

El encargado le trajo un tomo sobre las estrellas ¡de Hollywood! Aclarado el equívoco, el niño obtuvo lo que había pedido y lo que encontró allí le fascinó. Resultaba que el sol era una estrella que estaba muy cerca, y que las estrellas eran soles que estaban muy lejos, tan lejos que sólo se veía de ellas un puntito brillante.Y la escala del universo se quedó dentro de su cabeza, ya para siempre.

Le encantaba la mitología griega y la literatura de ciencia ficción, y devoraba los cómics que recreaban las historias alienígenas de Burroughs. Por entonces poco se sabía de la luna, y menos aun de los demás planetas. Los canales de Marte alimentaban toda clase de especulaciones, y eran muchos los que se preguntaban seriamente si constituían una prueba de que el planeta rojo albergaba vida inteligente. El pequeño Carl era uno de ellos, y por las noches miraba las estrellas y soñaba con que viniera una nave marciana para llevárselo allí.

Cuentan que un día, durante su infancia, estaba con unos amigos experimentando con un juego de química que habían conseguido, para chicos más mayores. No se sabe cómo, pero aquello explotó. Se quemaron algunas cejas y se chamuscaron algunos flequillos. Rachel no les castigó, en lugar de eso les explicó que no debían volver a hacerlo. Lo curioso fue la conclusión de Carl:

-Estas son las cosas que suceden cuando uno experimenta con la ciencia.

Y es que ya estaba asentando en su vida las bases del criterio científico. Pero su madre quería que fuera pianista, y casi lo consigue, porque el joven Sagan tocaba el piano magníficamente, y llegó a dar un concierto de estudiantes en el Carnegie Hall. Afortunadamente para nosotros, la curiosidad del joven pudo más que la notable influencia de su progenitora. He encontrado un vídeo del pequeño Carl tocando el piano, y también otros muchos documentos aquí. Ha sido increíble verle, y conmovedor. 












Unos pocos años después nació Carol, su única hermana, que justo es decirlo, no tuvo las mismas oportunidades debido a la manifiesta preferencia de Rachel por su primogénito. Los hermanos no obstante, se querían mucho y tuvieron una relación muy buena hasta que a los 16 años Carl se marchó de Brooklyn para matricularse en la Universidad de Chicago; a partir de entonces se verían menos. En 1954, se graduó en artes con honores especiales, un año más tarde en ciencias con un máster en Física, y cuatro después se dotoraría en Astronomía y Astrofísica.





Desde muy joven Carl supo rodearse de mentes brillantes, incluso antes de ser reconocido por sus propios logros, y aunque de natural era algo tímido, desarrolló unas habilidades sociales impresionantes: en la conversación era encantador, en las intervenciones públicas carismático, en las discusiones convincente. Tenía carácter, y pecaba un tanto de arrogante, pero su gran simpatía y talento maravillaban a cuantos le conocían. Rara vez dejaba de sonreír.

Como profesor era maravilloso. Dio clases en Harvard, aunque allí fue un incomprendido; y en Cornell, donde encontró un ambiente más abierto y dispuesto hacia campos experimentales como el suyo. Allí fue director del Laboratorio de Estudios Planetarios, y codirector del Centro de Radiofísica e Investigación Espacial de Cornell. Trabajó como asesor para la NASA. Fue instructor del Programa Apolo, y su nombre está ligado a importantes proyectos como los de las sondas Mariner, Pioneer 10 y 11, Viking 1 y 2, las naves Voyager 1 y 2, la sonda Galileo y el programa SETI.


Con una de las Viking


¿Se equivocó? Si, varias veces, pero son infinitamente más grandes sus aciertos y logros. Por ejemplo un informe suyo (en realidad su tesis doctoral, la cual causó sensación en la comunidad científica), fue decisivo para descubrir las altas temperaturas en la superficie de Venus, prediciendo que era un planeta seco y muy caliente, (efecto invernadero) a unos 380ºC; hoy parece obvio, pero entonces algunos científicos pensaban que Venus tenía un clima templado y apto para la vida. A raíz de aquello Carl fue solicitado por la NASA y en 1962 la Mariner 2 confirmó sus teorías. También dijo que Titán, una de las lunas de Saturno podría tener componentes líquidos en la superficie; y que Europa, una luna de Júpiter, seguramente tenía océanos subterráneos. Esta hipótesis fue confirmada por la sonda espacial Galileo, y se demostró que en Titán había una lluvia constante de moléculas orgánicas complejas. No he logrado documentarlo, pero en un podcast de ciencia he oído que fue Sagan quien advirtió de que la Gran Mancha Roja de Júpiter podía ser una tormenta descomunal.




Pero no sólo trabajaba, aunque lo hacía la mayor parte de su tiempo. Se casó tres veces. Su primera esposa, Lynn Margulis, es una brillante bióloga que acumula importantes premios y distinciones en su campo. La relación fue tormentosa desde el principio; discutían y volvían a reunirse una y otra vez durante años, hasta que acabaron divorciándose después de tener dos hijos. Se casó por segunda vez con una artista y guionista llamada Linda Salzman, quien haría el dibujo de la placa de las Pioneer y con la que tuvo otro hijo. La tercera fue la mujer de su vida, según afirmó él en muchas ocasiones. Se llamaba y se llama Ann Druyan, y es escritora y activista, una mujer culta y guapa con la que compartía inquietudes y sueños. Se conocieron en Florida durante los preparativos del lanzamiento de la sonda Viking y fue un amor a primera vista. Ella estaba prometida con un editor de la revista "Rolling Stone" y él estaba casado, así que aunque los momentos compartidos en el trabajo eran chispeantes, no se confesaron sus verdaderos sentimientos... durante algún tiempo. En 1977 Ann era directora creativa de la grabación Voyager. Entonces descubrió una melodía china de 2.500 años de antigüedad que consideró ideal para incluir en el disco. Estaba tan emocionada que llamó a Carl por teléfono, pero tuvo que dejarle un mensaje. Cuando él le devolvió la llamada estuvieron hablando una hora, y en el momento de colgar, sin haber tenido una sola cita romántica con anterioridad, ya estaban comprometidos para casarse. Su amor duró 15 años, hasta la muerte del científico.


 
Con Ann Druyan


Cuando Carl se lo comunicó a Linda, ella no se lo tomó bien; le dijo que antes de concederle el divorcio ella quería tener otro hijo, y del mismo padre que el primero; pero lógicamente él no estaba por la labor. Después de cuatro años de tira y afloja obtuvo el divorcio. Con Ann tuvo dos hijos; el cuarto varón de su descendencia y la única niña, su querida y linda Sasha.




Con Sasha

Hay dos asteroides, el número 2709-Sagan y el 4970-Druyan, a los que sus descubridores pusieron esos nombres en diferentes años. Ambos están encerrados en una órbita eterna del cinturón de asteroides que discurre entre Marte y Júpiter. No se me ocurre mejor alegoría del amor perdurable.

No sería lo único curioso a lo que los científicos adjudicarían el nombre de su ilustre colega. El sagan es un número igual a 4 billones, en homenaje a una expresión célebre que en realidad nunca pronunció: "billions and billions", salvo por escrito en su último libro titulado así como simpática concesión a sus imitadores.

Porque, sí; Carl era un estupendo escritor. Llegó a publicar una veintena de libros, y en 1978 ganó el Premio Pulitzer para obras de no ficciòn con Los Dragones del Edén. Linda hizo una importante labor de documentación para este libro, que combina la evolución biológica, la antropología, la genética y las neurociencias para explicar el desarrollo de la inteligencia humana.

Junto con Ann Druyan escribiría un guión de cine para una película que años más tarde sería dirigida por Robet Zemeckis y protagonizada por Jodie Foster y Matthew McConaughey, con el elocuente título de Contact, obra que por desgracia no llegaría a ver terminada. A partir del guión Sagan tendría la idea de escribir una novela con el mismo título, que difiere algo de la película y en mi opinión la supera. También escribiría como guionista principal, y en colaboración con Ann Druyan y Steven Soter la maravillosa serie Cosmos, pero no me extenderé aquí hablando de ella, porque le dedicaré la segunda parte de este artículo en una próxima entrada. 





Un día, preocupada por un grande y persistente cardenal que le había visto a su marido, Ann le envió al médico. La llamaron días después para decirle que habían confundido la prueba con la de otro paciente.

-¿Dónde está Carl? -le preguntó el médico.
-Dando una conferencia -respondió ella.
-Entonces sin duda debe ser una confusión, porque esta sangre es de una persona gravemente enferma.

Tras repetirse los análisis les llegó la terrible noticia: Sagan padecía una rara enfermedad, un cáncer de sangre llamado mielodisplasia. Le dieron seis meses de vida si no encontraba un donante de médula. Su hermana Carol era compatible y se ofreció generosamente: "Toma lo que necesites; un pulmón, un riñón... lo que sea".

El proceso fue extraordinariamente duro, y la operación un éxito, pero no tuvo efecto, y el paciente hubo de someterse a una segunda intervención que tampoco funcionó. Entonces le dijeron que la única solución era exponerle a unas dosis de radiación tan altas que le producirían cáncer, pero que eso a cambio le reportaría algunos años más de vida. Carl aceptó; había demasiadas cosas en el mundo que le importaban, y escéptico como era sabía que con la muerte se acababa todo, así que viviría todo el tiempo que le fuera posible. Le he visto en vídeos y fotos de aquella época, son imágenes cargadas de dignidad pero muy tristes. Un hombre envejecido prematuramente y casi de golpe, un científico que seguía esforzándose por salvar nuestro hermoso planeta y que alzaba su voz contra la destructiva sinrazón humana, un apasionado de la vida hecho trizas por dentro, pero con el entusiasmo intacto, y que a pesar de todo, seguía creyendo en las capacidades de la humanidad para enmendar sus errores a tiempo; aunque visto lo que vio, le preocupaba seriamente que no lo lográramos.






Luchó contra la carrera armamentística, en un mundo enloquecido en plena guerra fría que había emprendido un camino de no retorno para nuestra civilización. Presentó su dimisión irrevocable ante el Consejo Científico Asesor de las Fuerzas Aéreas de EE.UU. y rechazó voluntariamente su autorización de acceso a asuntos de alto secreto, como protesta por la guerra de Vietnam.

Explicó en todos los foros que pudo cómo una serie de explosiones nucleares simultáneas, incluso a pequeña escala, podrían provocar un invierno nuclear -término que él acuñó-, y convertirían la tierra en un erial como Marte o en un infierno como Venus. Al acumular tanto conocimiento sobre otros mundos comprendió como nadie lo que podía suceder en el nuestro. Pero no era el único preocupado. Había una auténtica psicosis generalizada con el asunto y de alguna manera se había internalizado en el imaginario colectivo. Por eso llamadas de atención como la de Un punto azul pálido (¡qué conmovedoras y vibrantes palabras!) nos daban mucho que pensar. Hoy nos parece una reflexión obvia pero él fue el primero en hacerla a los cuatro vientos. Tómate dos minutos y disfrútala. A mí se me pone la carne de gallina.






Desde la cama de cuidados intensivos, convaleciente de una de sus operaciones, organizó la campaña contra el proyecto del gobierno de Ronald Reagan y sus escudos antimisiles, llamado Guerra de las Galaxias, en el que se invirtieron miles de millones de dólares. Cuando en 1985 Mikhail Gorbachov, unilateralmente, declaró una moratoria en las pruebas de armamento nuclear, Reagan dijo que era mera propaganda y se negó a secundar la iniciativa soviética. Como respuesta popular se llevaron a cabo 536 manifestaciones en el emplazamiento de pruebas de Nevada durante ocho años. Hubo más de 15.000 detenciones, y entre las 400 personas que fueron arrestadas el 5 de febrero de 1987 cuando intentaban atravesar los controles, estaban Carl Sagan y Ann Druyan, que saldrían de allí esposados, y también en una segunda ocasión. En el minuto 2:27 y posteriores del siguiente vídeo  puede verse una de ellas.






Este gran hombre no dudó en exponer su prestigio científico en aras de un sueño para él mayor: hacer de la ciencia algo comprensible, algo a lo que cualquiera pudiese asomarse, algo de lo que todos pudieran maravillarse y algo a lo que amar. Sabía que el cosmos era demasiado grande e importante como para que su conocimiento estuviera en posesión de sólo unos pocos. Pensaba que si nos dábamos cuenta de lo milagrosa que era nuestra existencia la cuidaríamos, y nos dijo: Acompañadme y os lo mostraré.






Al estilo del Principito :-)



Esa cercanía, su pasión electrizante y su coherencia, su magnetismo y luz propia, le convirtieron en una estrella. En los medios de comunicación estaban encantados con él, y algunos de sus colegas científicos no se lo perdonaron. La Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos le denegó el ingreso. Sagan no se lo esperaba y aquello le dolió. Lynn, su primera mujer, formaba parte del comité de evaluación, y le contó algunos detalles del proceso. Parece que en el rechazo hubo más envidia que consideraciones sobre sus logros. El año siguiente la misma institución le concedió su más alta condecoración: la Medalla de Bienestar Público. ¿Un acto de contrición?

No fue la única alta distinción que obtuvo en su vida. Si tuviera que reflejarlas aquí todas no acabaría este post hoy. Me dejo muchas cosas en el tintero, y te invito a profundizar. Carl siguió dando clases en la Universidad de Cornell hasta el año de su fallecimiento. Impartía entonces un curso de pensamiento crítico al que yo hubiera dado cualquier cosa por asistir. Era un librepensador que llevaba grabada a fuego la afirmación del matemático y astrónomo Laplace: "El peso de la evidencia de una afirmación extraordinaria debe ser proporcional a su rareza". O dicho de otro modo en Cosmos: Afirmaciones extraordinarias requieren evidencias extraordinarias. Tiene mucha miga, sobre todo en un mundo entregado a los gurús como el que habitamos hoy.

Si ya no me cayera bien por todo lo anterior, me bastaría para ello saber que asesoró a la agrupación Alumnos de Cornell por el trato ético hacia los animales. Y entre éstos incluía a los más diminutos, pues escribió: "Si hay vida en Marte, creo que no deberíamos hacer nada con éste, incluso si los marcianos fueran sólo microbios".

Ann Druyan cuenta los últimos días de Carl en el epílogo de su obra póstuma de una forma conmovedora: 

"Al día siguiente, en Seattle, una radiografía reveló que Carl padecía una neumonía de causa desconocida. Los repetidos análisis no lograron determinar si su origen era bacteriano, viral o fúngico. La inflamación de sus pulmones constituía tal vez una reacción tardía a la dosis letal e radiaciones que había recibido seis meses antes como preparación para el último trasplante de médula ósea. Unas grandes dosis de esteroides sólo consiguieron aumentar sus sufrimientos y no hicieron ningún bien a sus pulmones. Los médicos empezaron a prepararme para lo peor [...] Cuando Carl vio a Sasha, pareció operarse en su condición un cambio milagroso. «Bella, bella Sasha —exclamó—. No sólo eres bella, sino también maravillosa.» Le dijo que si conseguía sobrevivir sería en parte por la fuerza que le brindaba su presencia. Durante unas cuantas horas los monitores del hospital registraron lo que parecía un cambio completo. Mis esperanzas aumentaron, pero en el fondo no podía dejar de advertir que los médicos no compartían mi entusiasmo. Vieron aquella momentánea recuperación como lo que era, «veranillo de otoño», la breve pausa del organismo antes de su pugna final.
—Esto es un velatorio —me dijo serenamente Carl—. Voy a morir.

—No —protesté—. Lo superarás como ya hiciste antes, cuando parecía que no quedaban esperanzas.

Se volvió hacia mí con el mismo gesto que yo había contemplado incontables veces en las discusiones y escaramuzas de nuestros 20 años de escribir juntos y de amor apasionado. Con una mezcla de buen humor y escepticismo, pero, como siempre, sin vestigio de autocompasión, repuso escuetamente:

—Bueno, veremos quién tiene razón ahora.

Sam, de cinco años ya, fue a ver a su padre por última vez. Aunque Carl luchaba por respirar y le costaba hablar, consiguió sobreponerse para no asustar al menor de sus hijos.

—Te quiero, Sam —fue todo lo que logró musitar.

—Yo también te quiero, papá —dijo Sam con tono solemne.

Desmintiendo las fantasías de los integristas, no hubo conversión en el lecho de muerte, ni en el último minuto se refugió en la visión consoladora de un cielo o de otra vida. Para Carl, sólo importaba lo cierto, no aquello que sólo sirviera para sentirnos mejor. Incluso en el momento en que puede perdonarse a cualquiera que se aparte de la realidad de la situación, Carl se mostró firme. Cuando nos miramos fijamente a los ojos, fue con la convicción compartida de que nuestra maravillosa vida en común acababa para siempre. [...] Estoy rodeada de cajas llenas de cartas procedentes de todo el planeta. Son de personas que lloran la pérdida de Carl. Muchas le atribuyen su inspiración. Algunas afirman que el ejemplo de Carl las indujo a trabajar por la ciencia y la razón contra las fuerzas de la superstición y el integrismo. Esos pensamientos me consuelan y alivian mi angustia. Me permiten sentir, sin recurrir a lo sobrenatural, que Carl aún vive".



Sólo me resta decir que para mí también es cierta esa afirmación, ya que su legado anida con persistencia en mi memoria. Y sé que como yo, muchas personas en todo el mundo, científicos o no, sienten lo mismo. Su sola presencia, aunque sea de forma virtual, es inspiradora y reconfortante. Aunque sé que no puede oírme le doy las gracias desde lo más profundo de mi corazón, por haberme transmitido, como una parte de su gran herencia, su curiosidad; ya que tantas veces ha sido ella la que me ha impulsado para seguir adelante. 


GRACIAS, CARL.



 
Por iniciativa del Center for Inquiry, cada 9 de noviembre varias organizaciones humanistas en pro de la investigación científica promueven la celebración del Día de Carl Sagan.


Mariaje López.

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6 comentarios:

  1. Mariaje, decididamente te voy a encargar a tí las biografías (incluida la mía, cuando pueda pagarla, para que me la adornes), solo traes gente placentera que trasciende la vulgaridad. Conocía a Sagan, pero no en profundidad, o sea, que me lo has descubierto. Esta semana vi un documental (Docufilia) en el que hacían referencia a la placa enviada en el Voyager y mostraban el dibujo y la música enviada al exterior a modo de tarjeta de presentación para quien o qué contactara con ella. Me impactó el video del punto azul, la profunda reflexión bajo una crítica tal real, ¡qué mierda somos! Por cierto, imagino que lo sabrás, la música es de Brian Eno (An Ending, o ascent), es un tema que pongo muchas veces cuando escribo, pero el producto acaba reflejando tristeza, me pone la piel de gallina. Siempre va identificando espacios naturales, viajes espaciales, pero por si no la conoces te dejo un enlace https://www.youtube.com/watch?v=aKw5mbcE7VY Hay una versión larga que dura una hora, la tal para "viajar" mentalmente https://www.youtube.com/watch?v=alo3KFRfLvE Un abrazo

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    1. Tucho no conocía el tema que me dices. Lo he escuchado y me lo guardo. Parte del post siguiente lo he escrito con ese fondo musical. Pero la escucharé con más atención en una de mis meditaciones. Muchas gracias, por la música y el comentario. Tu biografía tiene miga, por cierto, y me parece que le cuadra tu estilo a la perfección, ja ja. Me la imagino por los trocillos de ella que ya has contado.

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  2. Lo transmites con tanta pasión que me acabo de enamorar de Carl! Gracias por descubrírnoslo!!

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    1. Era una persona digna de admiración sin duda, e inspira cariño a quien se acerca a su figura. Crece más a medida que te adentras, su obra es ingente, da para escribir durante meses. Gracias Arancha, me alegra que hayas descubierto más cosas sobre él.

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  3. No sabía casi nada de Sagal. Aquella época debió pillarme más interesado en los viajes por este mundo. Leer sobre esas vidas llenas de pasión, me alimenta. Me tomo unos días y hago CONTACT con tu segundo post

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    1. Yo tampoco sabía casi nada, aparte de su intervención en COSMOS, hasta hace unos pocos años. Su vida me impactó y llevaba tiempo queriendo compartir lo que había averiguado. Le tengo mucho cariño a esta pareja de artículos en los que hablo de él y de su trabajo.
      Un abrazo, artista.

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