sábado, 19 de enero de 2019

Ruta de Beatricia en Alcalá: (XII)



Foto: MiPaco

"A veces Liena rozaba con los dedos las columnas más antiguas, y sentía como si le susurrasen historias al oído. Le encantaba salir a pasear los domingos por la mañana, porque nunca sabía lo que iba a encontrarse. Un día podían estar los soportales inundados de caballetes; otro, tomados por estatuas vivientes; otro, por artesanos. Era frecuente ver algún grupo de cómicos vestidos de época ilustrando las rutas teatralizadas. Por San Antón llenaba la calle una fila de mascotas con sus amos, desde la Casa Tapón hasta el Hospitalillo, templo donde recibían los animales la bendición del santo. Caballos, mulas, borricos, algún gato serenísimo provisto de arnés y otros menos pacientes en su trasportín, canes de toda raza y sin ella, periquitos, loros, cotorras, tortugas, alguna que otra iguana, peces en sus peceras, hámsteres en sus jaulas y conejos variados con susto en el cuerpo. Tampoco se libraba el santo de algún ofidio, ni el cura, que daba la bendición con más cautela que ganas. Los costaleros ensayaban las vísperas de procesión con los pasos desnudos, y los cargaban de sacos para emular el peso de las imágenes. Y cuando no se terciaban estas cosas, era teatro de calle, música en las plazas, mercado barroco, títeres, rally de coches antiguos, juerga rociera o manifestaciones a favor de las cigüeñas y en contra del obispo. Todo ello servido de tenderetes, puestos de libros, de sellos, de monedas, terrazas de bar y pedigüeños. 

Añádase la debida proporción de maniáticos que toda ilustre ciudad alberga: el Iluminado, que se tiró un día por el balcón al creerse ingrávido; el Jesucristo, que se lanzaba a los viandantes con su mirada azul intimidatoria y les disparaba con voz de cañón: “¡Me das una moneda!”; el Incógnito, siempre escondido tras el filo de algún periódico, para de esta guisa recorrer las calles y las iglesias vigilando a hurtadillas lo que se terciase. Estaba también la Yonqui, que desde el alba al anochecer recorría los bares mendigando un trago, y se encaraba con el indiscreto que osase mirarla dos veces, aunque tenía buen corazón; y la Profetisa, que insultaba a los curas en las procesiones; sin olvidar al Santoni, que se tapaba el cráneo con un zorongo pirata y andaba como Frankenstein. O al Mátrix, vestido siempre de Neo, ya hiciera frío o calor. Y el sin par Platanito, toreador de coches y feo como él solo. A ese, como no podía ser menos, se lo llevó por delante un Volkswagen Passat de segunda mano.".

Beatricia (Mariaje López) M.A.R. Editor

viernes, 18 de enero de 2019

Ruta de Beatricia en Alcalá: (XI)


Foto: MiPaco

"Con las manos crispadas sobre la mesa y la barbilla hundida en el pecho, llorando en silencio y sin aspavientos, le parecía la persona más desgraciada del mundo. Compadeció a su madre como nunca lo había hecho. 

―Cambiaré. 

―¿Quieres ayuda? 

―Eres lo único que me queda. Haré lo que quieras. 

―Lo que quiero es que hagas un viaje. 

―¿Un viaje? 

La miró confusa. Una propuesta de esa clase era lo último que esperaba oír. 
...

Una semana después, a finales de julio, una atractiva mujer de mediana edad irrumpía en la plaza del Palacio Arzobispal tirando de una pequeña maleta. Siempre le había gustado aquella plaza, era recoleta a pesar de su tamaño, y a ciertas horas, cuando estaba poco frecuentada, desprendía murmullos luminosos de otro tiempo, de esos lugares fugaces que solo viven en el recuerdo. Sumergió la mano en la quieta fuente, y su reflejo tembló hasta borrarse. En el agua apareció un borrón negro y anaranjado. Levantó la vista. 

―¿Es usted Merilio? 

―¿Con mi aspecto podría no serlo? 

―En absoluto. 

―Permítame ―dijo el caballero haciéndose con la maleta y ofreciendo gentil su otro brazo. 

―Si me concede el honor. 

Marcela se felicitó en secreto, no esperaba un guía tan guapo y cortés. Él mostró una sonrisa amigable que ella acomodó a sus expectativas. “Tendré que averiguar si es soltero”."


Beatricia (Mariaje López) M.A.R. Editor

jueves, 17 de enero de 2019

Ruta de Beatricia en Alcalá: (X)


Foto: MiPaco

"Esa noche Maica tampoco pudo conciliar el sueño, pensando en las llamadas que tendría que hacer por la mañana para notificar un imprevisto y necesario viaje sin causar por ello demasiada alarma. Esquivó a los curiosos prometiéndoles contar todo a la vuelta, y utilizó la excusa de las prisas, por suerte, un argumento socialmente protegido, y por tanto, inapelable. 

El día señalado acudió a la plaza de las Bernardas y se sentó cerca de la puerta de la iglesia. Era la hora de la siesta y el calor apretaba, pero corría el aire y a la sombra se estaba bien. A las cuatro y cuarto se presentó un hombre con barba, bien parecido y de mediana edad. Llevaba puesto un sombrero de color naranja. 

―Merilio, supongo. ―Él sonrió.

―Supones bien.

―Yo soy Maica.

―Será un placer acompañarte.

―Espero que no cambies de opinión. ―Rio―. Soy bastante insoportable.

―Eso tiene arreglo. ¿Estás decidida?

―Tengo poco que perder y mucho que ganar.

Tomaron el callejón de San Bernardo, en el que se cruzaron con dos viandantes que tildaron al caballero de estrambótico. Y aun de haber sabido quién era, no habrían cambiado de opinión. 

Dos minutos después, una mujer y el Amor desaparecieron bajo el Arco de San Bernardo sin dejar rastro. Nadie lo advirtió.".


Beatricia (Mariaje López) M.A.R. Editor

miércoles, 16 de enero de 2019

Ruta de Beatricia en Alcalá: (IX)


Foto: MiPaco

"Anduvieron unos metros junto al Hospitalillo, hasta pasada la puerta de la iglesia. 

―¿De verdad no quieres que te acompañe? ―insistió Dani―. Si tu madre es como dices, y no dudo de tu palabra, se cortará un poco si hay un extraño. 

―Eso crees, pero es porque no la conoces. Y entre capear el temporal yo sola o morirme de vergüenza, opto por lo primero. 

―Más sabe el loco en su casa que el cuerdo en la ajena. 

Llámame si lo necesitas. 

―No te preocupes. Si de verdad lo necesito, lo haré. 

Ella fue la primera en arrancar el paso hacia la calle Libreros. Él se quedó mirándola unos instantes, y enseguida cambió de acera para meterse por el Corral de la Sinagoga. Tenía la sensación de haber faltado de la ciudad muchísimo tiempo. 

Algo similar le ocurría a Liena. Desde la calle Bedel escuchó el violín, y reconoció la pieza enseguida: era un tango de Carlos Gardel. El músico estaba en la plaza de San Diego, de cara a la fachada de la universidad, una de las estampas más bellas de la ciudad. Para ella contemplar ese monumento, su preferido, era la confirmación oficial de que estaba otra vez en casa. Una mujer de pelo gris se paró delante del violinista, y con una voz ronca de acento argentino empezó a cantar: 

Vivir... 
con el alma aferrada
 a un dulce recuerdo 
que lloro otra vez. 

Tengo miedo del encuentro
 con el pasado que vuelve
 a enfrentarse con mi vida. 
Tengo miedo de las noches
 que pobladas de recuerdos
 encadenen mi soñar. 

Pero el viajero que huye
 tarde o temprano
 detiene su andar... 

No podía ser una casualidad, y si lo era… no podía retratar mejor el momento. En los ojos del violinista percibió un brillo que no vio otras veces. ¿Qué le habría pasado? Aquella pequeña anécdota le infundió ánimos; tal vez hallaría también en casa algo distinto. Le dejó diez euros en la funda del instrumento y él le ofreció una sonrisa impregnada de nicotina.".

Beatricia (Mariaje López) M.A.R. Editor

martes, 15 de enero de 2019

Ruta de Beatricia en Alcalá: (VIII)


Foto: MiPaco

"No había nadie en la sala del comedor. La cruzaron dejando atrás la cocina y se unieron al grupo de turistas en la botica, donde Rodrigo de Cervantes, cirujano sin título, bien pudo haber atendido a sus pacientes. Como en el resto de las habitaciones, se exponían allí muebles de los siglos xvi y xvii: una mesa de curas, un sillón de madera provisto de una extensión articulada, una alacena llena de tarros, utillaje de cirugía y sangraderas. 

Cuando los turistas subieron a la primera planta, ellos se quedaron rezagados en el estrado de damas, dependencia exclusiva para mujeres habitual en la época. En ella, sobre una tarima forrada de cojines y alfombras, se rezaba, cantaba y cosía. Había libros y escritorio, e instrumentos musicales. Además la sala estaba cerca de la puerta de salida, por lo que desde allí, cruzando la esquina del patio, estarían en la calle antes de dar tiempo a nadie para reaccionar. 

―La ocasión la pintan calva ―aseveró Dani. 

Una vez salvado el patio, el vestíbulo y el pequeño jardín anterior, respiraron hondo. La calle Mayor lidiaba con su normal trasiego matutino, y Don Quijote con su fiel Sancho escoltaban la puerta de la casa sentados en el banco de piedra; en su eterna arenga, el hidalgo; y el escudero, en su hambre eterna.".

Beatricia (Mariaje López) M.A.R. Editor

lunes, 14 de enero de 2019

Ruta de Beatricia en Alcalá: (VII)



Foto: MiPaco

"Lo primero que pensaron al abrir los ojos fue que algo había salido mal. 

―¿Dani? ―inquirió ella tanteando el brazo que rodeaba sus hombros. 

―Estoy bien. ¿Y tú? 

―Bien, pero no veo nada. 

―Estamos a oscuras, y vete a saber dónde. 

Tenían una pared a su espalda, y buscando a tientas tocaron un interruptor de luz que accionaron. Estaban en un sótano sin ventanas. Frente a ellos había una doble hilera de bancos, ocho en total, y un aparato de proyección orientado hacia el fondo. 

―No tengo ni pajolera idea de qué es esto ―dijo el chico mirando la bóveda de cañón. 

Liena asentía callada mientras inspeccionaba el lugar. 

―En la bodega de la Casa de Cervantes ―dijo con absoluta certeza. Dani la miró boquiabierto. 

―¿En serio? ―Ella apretó los labios y asintió. Él soltó una palabrota y rumió algo―. El caso es que yo estuve en el museo pocos días antes de… bueno, de la Noche en Blanco; pero el sótano estaba cerrado y no pude verlo. 

―Nada más lo abren cuando hay proyecciones. 

―Por el silencio parece que no hay nadie. 

―Tiene que haber vigilancia. 

―Nos tomarán por ladrones. 

―Iré a ver, espera aquí. 

La chica inspeccionó la escalera en forma de U. El segundo tramo era el más largo y se alineaba con el muro que servía de pantalla. Subió procurando no hacer ruido, pero no encontró a nadie allí. Accedió al patio sorteando el cordón que prohibía el paso. El brillo del amanecer horadaba los resquicios de la lona que tapaba la cubierta de cristal y embebía los adoquines y el brocal del pozo en su pátina blanquecina. Escuchó ruidos y bajó las escaleras lo más deprisa que pudo sin armar jaleo. 

―Sí que hay gente, creo que una persona. 

―¡Qué putada! ¿Y ahora cómo salimos de esta? 

―¿Y qué sé yo? Me lo preguntas como si fuera mi casa. 

―Me pareció que conocías esto. 

―Está cerrado y hay al menos un vigilante, así que ya me contarás. ―Se quedó un momento pensativa―. No tenemos otra; hay que esperar aquí abajo hasta que abran. En cuanto oigamos jaleo de turistas nos mezclamos y escurrimos el bulto. 

―¿Y si hay cámaras?… A lo mejor nos están grabando. 

―Pues no debe estar nadie mirándolas, porque, si no, ya estarían aquí. 

Oyeron el ruido de una cisterna. Dani chistó y aguantaron la respiración. 

―¡Apaga la luz, corre! ―instó Liena, acurrucándose en una esquina bajo la escalera. 

―Es muy raro que no nos haya visto por la cámara. O tendría que haber saltado alguna alarma. 

―Quizá no haya cámaras en el sótano, o tal vez Merilio nos ha protegido de algún modo. Él tenía que saber dónde nos mandaba. 

―En ese caso no entiendo por qué nos lo ha complicado tanto 

―repuso Dani. 

―No van a creernos. Lo sabes, ¿verdad? 

―No, ni de coña. ―Dani meneó la cabeza con desespero―. Nadie nos creerá. Y además no me extrañaría nada que ya nos estén buscando. ¿Cuánto tiempo llevamos fuera?

―Perdí la cuenta. ―No mentía, al leer los mensajes en la Casa del Amor ya constató que el tiempo no funcionaba igual en ambos mundos.".

Beatricia (Mariaje López) M.A.R. Editor

domingo, 13 de enero de 2019

Ruta de Beatricia en Alcalá: (VI)



Foto: MiPaco

"Antes que teatro universitario, La Galera fue capilla de la antigua cárcel de mujeres, en la época en que llamaban así a este tipo de establecimientos. Tenía un aforo aproximado para cien personas y una cúpula semicircular que se alzaba sobre el presbiterio. La capilla colindaba con la zona penitenciaria, a la que se podía acceder por un portón metálico acerrojado. El paso estaba restringido debido al estado ruinoso del edificio carcelario y pese a que la sección inmediata a la antigua capilla se mantenía aceptablemente en pie. 

Los actores, que impostaban la voz y evolucionaban en el escenario, suscitaban a menudo risas entre el público. A mitad de espectáculo tuvo ganas de ir al baño. No vio a nadie en el vestíbulo y tampoco en los servicios. Al volver se demoró inspeccionando el recinto; era la primera vez que entraba y, sabedora de su antigua función, sentía curiosidad. 

Se topó con la puerta de la cárcel, una gruesa plancha de hierro gris con tres cerrojos alineados: uno arriba, otro abajo y, el más grande, cuyo perno medía tres palmos, en el centro. Experimentó una emoción repentina, un fuerte impulso de descorrerlo y mirar. El pestillo estaba engrasado y cedió con suavidad. Con el pulso acelerado espió el pasillo, que seguía desierto, y antes de que la vieran se deslizó en la penumbra entornando el batiente tras de sí. 

Al principio veía con dificultad. Se encontró en un pasillo ruinoso con tres pisos de celdas a ambos lados. Por el fondo se filtraba algo de luz: era la salida a un patio, ya sin reja. Puertas macizas sellaban los habitáculos; algunos estaban abiertos y relativamente limpios, y en las paredes todavía era posible leer las palabras que las antiguas reclusas habían escrito. Algunos calabozos tenían ventanuco, pero la mayoría carecía de esa nimia abertura. En el panel izquierdo de cada reducto sobresalía un altillo de obra para acoplar un jergón. En una de las celdas inferiores había uno liviano e informe, y parecía relleno de paja. Consideró por un instante la eventualidad de pasar allí la noche, pero enseguida lo descartó como una idea descabellada; era evidente que semejante antro no invitaba al descanso. Era capaz de recrear con detalle a las desdichadas autoras de las pintadas, y hasta le parecía escuchar sus conversaciones. Un escalofrío le recorrió la espalda al imaginar la vida entre aquellos muros, un día tras otro, mes tras mes… Quizá algunas reclusas, o muchas, habrían muerto allí. Barajó las posibles circunstancias que marcaron su fatal destino. De pronto la atmósfera se enrareció, en las piedras reverberaban susurros atormentados de otros siglos, el aire se volvió pesado, el espacio, agobiante. 

Desde el patio de butacas llegaron apagados los aplausos. Era la ovación final. Tenía que volver antes de que algún empleado viera el cerrojo descorrido. Como mínimo le caería un buen rapapolvo. Con todo, eso era mejor que, achacando el incidente a un descuido, el susodicho lo reparase, dejándola encerrada. No le apetecía dar explicaciones, pero mucho menos quedarse atrapada en un lugar tan siniestro; la sola idea ya era perturbadora. Se dispuso a abandonar la galería de inmediato, preguntándose por qué diablos se habría metido allí; no le convenía llamar la atención. En realidad sabía muy bien por qué lo hizo: por lo mismo de siempre, su curiosidad. Era el impulso más determinante en su vida; en la expectativa del descubrimiento su alma vibraba de emoción y el mundo adquiría sentido; la curiosidad la hacía sentirse viva, única; era el estímulo para seguir adelante cuando todo lo demás fallaba. 

Tropezó con algo al salir. Enseguida vio que no era algo, sino alguien lo que cortaba el paso. La densa plancha metálica y los aplausos amortiguaron su grito. De la penumbra emergió la silueta de un hombre encapotado. Llevaba un sombrero parecido al que usaban los pilgrims de Nueva Inglaterra. El intruso apoyó el dedo índice en sus labios y Liena palideció.".

Beatricia (Mariaje López) M.A.R. Editor

sábado, 12 de enero de 2019

Ruta de Beatricia en Alcalá: (V)


Foto: MiPaco

"Al menos no tendría que vagar por calles solitarias ni esperar el autobús en el intercambiador durante horas de roerse el coco. Todo Alcalá parecía estar fuera de sus casas, y muchos locales de ocio no bajarían el cierre hasta la mañana, si lo hacían. Los ojos amarillentos de las farolas alumbraban la ciudad vieja, el antiguo barrio comercial judío ―con sus vetustas columnas desgastadas― y el pavimento romano vuelto a extender sobre el cemento que ya antes cubría el original. Allí se rompían tacones y la lluvia encontraba espacios para encharcarse. Dolía el adiós a las calles de su infancia, a las nubes rosas del atardecer que besaban los tejados, a la carraca de las cigüeñas en los campanarios, a los soleados paseos junto al río, a tantos momentos que no se repetirían en mucho tiempo. Quemaba, más que dolía, interrumpir su historia en aquel lugar del mundo que tanto la había enseñado a amar. No podía pensar en la ciudad sin recordar a su padre, como tampoco podía representarse a su padre sin evocar Alcalá. 

Sin haberlo decidido, acabó en la plaza del Palacio, donde tenía lugar una exhibición de artes marciales. Reparó en un cartel que enumeraba todas las actuaciones previstas: en La Galera se representaba una obra interpretada por un grupo local; la función empezaba a las 23:00. Bajó la calle Santiago para salir a Libreros. 

En la confluencia con la plaza Mayor, un hombre de unos 40 años tocaba el violín. Liena se paraba a escucharlo muchas veces, preguntándose cómo era posible que un artista así tocara en una esquina por un poco de calderilla. Algunas cicatrices en su rostro sugerían una vida tormentosa. Los ojos grandes, semicerrados, abrían al final de cada pieza su mirada opaca, sin esperanza, una mirada acostumbrada al vértigo permanente. En sus facciones convivían la bondad y el cansancio. La extrañó verlo allí, no solía tocar por las noches, para protegerse él mismo y a su violín remendado, la más preciada de sus escasas posesiones. La música se mezclaba entre los viandantes, luchaba con el griterío, se encaramaba a los balcones y se perdía en las veletas. Allí arriba con los ojos cerrados el violinista dominaba el mundo. Eran pocos los que sabían distinguir el talento. Ella le dejaba cinco euros en el estuche del instrumento y él sonreía dando las gracias e inclinando la cabeza. Liena deseaba que existiera un reino de ángeles, donde por fin encontraran la felicidad los que nunca se habían tropezado con ella.". 

Beatricia (Mariaje López) M.A.R. Editor

viernes, 11 de enero de 2019

Ruta de Beatricia en Alcalá: (IV)


Foto: MiPaco

"Llegaron enseguida al Pepe Pasión, cruzando la plaza. Sobre la fachada de la Iglesia Magistral se proyectaban textos del Quijote en caracteres barrocos. Maica se sintió aliviada al comprobar que el local estaba abarrotado y ello haría difícil la conversación, dándole margen para elaborar una excusa convincente. Por nada del mundo deseaba que ellos supieran el motivo del altercado, eso la dejaría en evidencia. 

En la pantalla, el grupo Dinarama, con una Alaska galáctica de cráneo medio rapado, interpretaba su gran éxito Ni tú ni nadie, lo que hacía muy complicado mantener los pies anclados al suelo, aunque el resto del cuerpo solo pudiera oscilar rítmicamente varado en la apretura. Dani se ofreció a traer bebidas, y le encargaron dos cervezas. En cuanto se alejó, Roberto, obligado por el ruido casi a gritar, no esperó más para interrogar a Maica. 

―Bueno, ahora dime qué ha pasado. 

Ella lo miró inexpresiva; advirtió su impaciencia, pero aún no sabía qué contar. Tartamudeó algo que él juzgó inverosímil. Las aclaraciones lo empeoraron y en el intercambio de frases confirmó que su galán estaba interesado en su amiga. Eso la enfureció, y Roberto amenazó con irse. 

Los camareros iban de un lado a otro de la barra con presteza, mientras Dani aguardaba que le sirvieran las bebidas que había pedido. En cuanto se tomara la cerveza se despediría con alguna excusa. “Al fin y al cabo, estos preferirán no llevarme de cesta”. Tenía claro que su presencia solo fue requerida para acompañar a Liena. Además, si la tal seguía pululando por ahí, con un poco de suerte hasta podría encontrarla. Regresó con las bebidas, esquivando a los danzantes con la soltura propia de un barman. Encontró a Maica sola. 

―¿Se ha ido? ―Ella fingió despreocupación y se encogió de hombros. 

―Tocamos a cerveza y media ―contestó, arrebatándole uno de los vasos. 

―Bueno… ¿y qué hacemos? 

Notó que ella lo miraba de otro modo, como si lo estuviera acechando tras un escaparate; su aparente indolencia no lo engañaba, captó su desesperación. No fue capaz de dejarla así. Se imaginó a la chica de los ojos verdes caminando sola entre la gente, y esbozó una mueca resignada. Su vecina acabó la cerveza y le cambió el vaso vacío por el otro lleno destinado a Roberto, insinuándose, mareando las caderas al bailar, pegándose a su cuerpo. 

―Da igual… ―dijo rozándole el cuello con los labios―. Ellos se lo pierden… Lo pasaremos mejor nosotros solos.". 

Beatricia (Mariaje López) M.A.R. Editor

jueves, 10 de enero de 2019

Ruta de Beatricia en Alcalá: (III)



Foto: MiPaco


(1) "Llegaron a la puerta del taller museo de Toro Bravo, un pintor extravagante, muy prolífico y levantisco, un mesías autoproclamado servido de años e inusitadamente charlatán. Liena lo conocía de vista desde pequeña, siempre con la melena rondándole la cintura y barbas a lo Rasputín. “Toro Bravo, Toro Bravo: mucho pelo y poco rabo”, le cantaban los chavales, y a él eso le hacía gracia. El hombre se mantenía en forma a base de verduras, mejor crudas, y practicando el yoga y la meditación, dejando que su imaginación se precipitase en un vértigo de doscientas revoluciones por minuto. 

Una vez las autoridades municipales le ofrecieron exponer fuera de su taller abarrotado. Hablaron de crear un museo monográfico para su obra, y estuvo a punto de aceptar, pero se negó al cabo porque no le apetecía convertirse en un juguete ni que nadie tomara el control de sus obras. “Prefiero hacer lo que me dé la gana, aunque sea gratis”. Así se lo manifestó a una reportera que quiso plasmar en su artículo la parte más sincera y menos conocida del artista. En las entrevistas, por lo habitual, primaba la chanza: se buscaba carnaza y espectáculo, y Toro lo ofrecía a raudales. Si ellos se reían, tres veces más se divertía él. “Lo de pintar es una tapadera; tengo que hacer algo para no aburrirme porque la inmortalidad da para mucho”. Y no era una metáfora; lo decía en serio y además lo razonaba. Se quejaba de que Dalí le había perjudicado mucho autoproclamandose divino porque él, de sí, venía a decir lo mismo: “Ahora nadie me toma en serio y me creen tan chalado como ese”. Pese a su imagen de ermitaño, era esposo, padre de seis hijos y abuelo. Su familia, orgullosa, lo definía como un buen hombre: “Tiene sus cosas, ¿y qué?, para eso es un artista”. Y él, reconfortado, seguía entregando perlas memorables: “Dadme tontos eternos y no sabios muertos”. Amén.".
...

(2) "Liena meneó la cabeza, exhaló un suspiro y echó a andar hacia la plaza de los Santos Niños, luego cambió de idea y giró dos veces hacia la izquierda para sumergirse en el bullicio de la calle Mayor. La rubia desechó el cigarro y con gesto irritado se adentró en el taller de los prodigios, donde Toro Bravo disertaba veloz, en tanto que Roberto lanzaba de vez en cuando preguntas maliciosas. 

Había entrado allí con el único propósito de divertirse un rato, y poco o nada le interesaban los lienzos. Por el contrario, Daniel escuchaba con cierto estoicismo porque admiraba al artista, aunque no comulgara con su discurso. Le fascinaba su portentoso mundo lleno de color, rebosante de símbolos propios. Percibía en las obras las diferentes etapas, las obsesiones, la depuración de la técnica. Y le intrigaba el hombre: al menos en apariencia era libre y feliz, vivía como le daba la gana y, hasta donde él sabía, sin perjudicar a nadie. Aunque solo fuera por eso, el viejo ya contaba con su simpatía y respeto. Estaba convencido de que algún día, quizá cuando ya estuviera muerto ―aunque, según Toro, eso no iba a ocurrir―, su obra sería reconocida y valorada debidamente. Miró de pasada a la joven que entraba, sin interrumpir por ello su explicación sobre el proceso de la fabricación de soles que, por lo visto, conocía al dedillo. Dani se alarmó al verla entrar sola. 

―¿Liena? ―preguntó en voz baja. 

―Ha tenido que marcharse. 

La noche se disolvía para él como un azucarillo en caliente y perdía todo su interés. 

―¡Oh, qué lástima! ―exclamó Roberto. 

Era un comentario trivial, pero la decepción en su rostro revelaba más frustración de la que Maica hubiera considerado razonable. A Daniel tampoco le pasó desapercibido. 

Aprovecharon, para despedirse, una pausa discursiva de Toro 

―figura escasa en sus retahílas, ya que un perfecto control de la respiración le permitía despreciarlas―. 

―O es inmune a la asfixia o tiene la capacidad torácica de una ballena ―dijo Roberto nada más salir―. ¡No respira! ―–Al final va a resultar que sí es inmortal ―contestó Daniel.". 

Beatricia (Mariaje López) M.A.R. Editor

miércoles, 9 de enero de 2019

Ruta de Beatricia en Alcalá: (II)


Foto: MiPaco

"La fuente de la puerta de Aguadores estaba iluminada. Desde la esquina del convento de las carmelitas se oían los tamboriles anunciando el performance multitudinario de las 19:00 en la plaza Mayor. El cohete que preludiaba el comienzo del acto sorprendió a Liena en el callejón de Santa María, a espaldas de la capilla del Oidor, desde donde alcanzaba a ver la plaza. Todo quedó en silencio; solo las cigüeñas en lo alto de las espadañas se negaban a callar. Como todos los demás, la joven se quedó inmóvil: la mano izquierda en el bolsillo de la cazadora, la derecha suspendida en el aire, alzada levemente la barbilla, el semblante serio, la mirada estática y perdida entre la muchedumbre. Una perfecta efigie polícroma en el balanceo de un paso. 

La plaza de Cervantes es un lugar tranquilo a ciertas horas; con más frecuencia, bullicioso; un punto de encuentro entre parque y ágora. En el centro hay una estatua del autor del Quijote, fundida en bronce y plantada en el corazón de la ciudad hace más de un siglo, y, a su izquierda, cruzando la calle, está el Corral de Zapateros, un teatro tan viejo o más que el Globo de Londres, y que esa noche abría hasta la madrugada. A sus puertas, una larga fila de curiosos esperaba su turno para la visita en gran diversidad de poses tan glaciales como requería el evento. Hasta los niños, bien aleccionados, participaban del juego. Liena se fijó en uno que miraba al cielo subido en los hombros de un hombre joven. “El puñetero ni respira, ¡qué gracioso!”. La propuesta de los organizadores era batir el récord de París: un mes antes, los parisinos congelaron una plaza durante un minuto; así pues los alcalaínos paralizarían toda la ciudad vieja durante dos. Un hombre pululaba entre la gente murmurando algo, desconcertado. El segundo petardo señaló el término de la apuesta, y el mar de estatuas recobró su alma y su estrépito.".

Beatricia (Mariaje López) M.A.R. Editor

martes, 8 de enero de 2019

Ruta de Beatricia en Alcalá: (I)


Foto: MiPaco



"La melena rubia de Maica destacaba en un pequeño grupo junto al Quiosco de Música. No esperaba verla acompañada aquella noche, por eso la presencia de los dos chicos la sorprendió. Su amiga era dos años mayor que ella, pero también más inmadura. En la manera de comportarse, Liena parecía muchas veces la mayor. Sobrellevaba con paciencia sus locuras, divertidas por lo general, aunque de vez en cuando se pasaba de rosca; y quedar con gente aquella noche, y sin advertírselo, le pareció de mal gusto. Desde la distancia reconoció enseguida a uno de ellos, el otro estaba de espaldas. El primero servía copas en La Tertulia, y se daba la circunstancia de que era el vecino de arriba de Maica. Ella ocupaba un estudio por cuenta de sus padres, y él, una buhardilla pagada con su sueldo de camarero en los fines de semana. Su familia ―argumentaba el joven― ya hacía bastante con costear sus estudios. Daniel era correcto y poco hablador, gustaba a la clientela del bar y su jefe estaba contento con él. En la Universidad Politécnica, donde estudiaba, no lograba pasar inadvertido, pese a su carácter discreto. De facciones algo duras, sus modales en cambio eran dulces y gentiles. Cuando sonreía ― gesto que solía prodigar mientras escuchaba― lo hacía mirando a los ojos y luciendo una perfecta dentadura. Su sonrisa adquiría un matiz inquieto cuando Liena entraba en La Tertulia al lado de Maica. Aquellos ojos rasgados de mirada triste lo cautivaron desde el primer día, y la atracción iba en aumento, pero ella no daba ninguna muestra de interés por él.".

Beatricia (Mariaje López) M.A.R. Editor

El enigma Blancanieves





Microrrelato que leí en el programa de RNE Sexto Continente, dirigido y presentado por Miguel Ángel de Rus.



El pequeño Alan abandonó el cine fascinado con aquella Blancanieves de Walt Disney. Desde entonces, cada vez que le daba el primer mordisco a su manzana de antes de dormir, pensaba en la bella. 

Alan se hizo mayor, fue un genio de las matemáticas, padre de la informática, y gracias a su ingenio para descifrar la máquina Enigma de los nazis, se salvaron más de catorce millones de vidas. 

Cuando años más tarde la policía descubrió su cadáver, envenenado con cianuro, sobre la cama, y vieron la manzana mordida en la mesilla, no lo dudaron: Alan Turing se había suicidado. Incluso sus amigos lo tomaron como un último acto poético dedicado al personaje que le había hechizado en su infancia. 

A nadie pareció extrañar, ni se consideró seriamente que en la libreta que estaba junto a la manzana el científico se hubiera tomado la molestia de escribir una lista con todo lo que tenía que hacer el fin de semana.

Mariaje López  © Tu  escritora personal por Mariaje  López se encuentra bajo una Licencia  Creative Commons Atribución-NoComercial.

viernes, 4 de enero de 2019

Su temblor


Foto: Getty Images

Su temblor y su fragilidad... que ahora solo son suyos, y que después serán mi temblor y mi fragilidad. Su cuerpo que apenas se sostiene puesto en pie, vencidas sus resistencias por el afán de un abrazo. Sus pupilas veladas por la erosión amarga de viejas lágrimas, y la sonrisa prófuga retornada a tiempo del armisticio maldito. Maldito sí,  porque nunca debió ser preciso. La mirada que cierra la puerta de los días negros, que regresa como el hijo pródigo a la faz de su juventud. Y los recuerdos marchitándose, todos menos uno al que se aferra con el penúltimo hálito de su existencia: el rostro siempre anhelado del hijo que la abraza.

Mariaje López © Tu  escritora personal por Mariaje  López se encuentra bajo una Licencia  Creative Commons Atribución-NoComercial.

miércoles, 2 de enero de 2019

El último censor


Microrrelato que leí en el programa de RNE Sexto Continente, dirigido y presentado por Miguel Ángel de Rus.



El último censor fue despedido sin contemplaciones bajo un atronador aplauso general de la cúpula legislativa. Tras largos años de laborioso afán, lo habían conseguido: ya podían declarar erradicada la censura institucional. Individuos así ya no eran necesarios cuando eran los ciudadanos, por iniciativa propia, los que ejercían la censura sobre sus coetáneos, ufanos de ser demócratas ejemplares. 

Lo que no lograron aprender, más por idiocia adquirida que por falta de maestros adecuados, fue que su gran logro tenía en realidad un par de definiciones muy trilladas: autocensura y pensamiento único. Su gran logro, en realidad su derrota inadvertida, era haberse convertido a la esclavitud más indigna mediante su tiranía con los demás.

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