jueves, 10 de enero de 2019

Ruta de Beatricia en Alcalá: (III)



Foto: MiPaco


(1) "Llegaron a la puerta del taller museo de Toro Bravo, un pintor extravagante, muy prolífico y levantisco, un mesías autoproclamado servido de años e inusitadamente charlatán. Liena lo conocía de vista desde pequeña, siempre con la melena rondándole la cintura y barbas a lo Rasputín. “Toro Bravo, Toro Bravo: mucho pelo y poco rabo”, le cantaban los chavales, y a él eso le hacía gracia. El hombre se mantenía en forma a base de verduras, mejor crudas, y practicando el yoga y la meditación, dejando que su imaginación se precipitase en un vértigo de doscientas revoluciones por minuto. 

Una vez las autoridades municipales le ofrecieron exponer fuera de su taller abarrotado. Hablaron de crear un museo monográfico para su obra, y estuvo a punto de aceptar, pero se negó al cabo porque no le apetecía convertirse en un juguete ni que nadie tomara el control de sus obras. “Prefiero hacer lo que me dé la gana, aunque sea gratis”. Así se lo manifestó a una reportera que quiso plasmar en su artículo la parte más sincera y menos conocida del artista. En las entrevistas, por lo habitual, primaba la chanza: se buscaba carnaza y espectáculo, y Toro lo ofrecía a raudales. Si ellos se reían, tres veces más se divertía él. “Lo de pintar es una tapadera; tengo que hacer algo para no aburrirme porque la inmortalidad da para mucho”. Y no era una metáfora; lo decía en serio y además lo razonaba. Se quejaba de que Dalí le había perjudicado mucho autoproclamandose divino porque él, de sí, venía a decir lo mismo: “Ahora nadie me toma en serio y me creen tan chalado como ese”. Pese a su imagen de ermitaño, era esposo, padre de seis hijos y abuelo. Su familia, orgullosa, lo definía como un buen hombre: “Tiene sus cosas, ¿y qué?, para eso es un artista”. Y él, reconfortado, seguía entregando perlas memorables: “Dadme tontos eternos y no sabios muertos”. Amén.".
...

(2) "Liena meneó la cabeza, exhaló un suspiro y echó a andar hacia la plaza de los Santos Niños, luego cambió de idea y giró dos veces hacia la izquierda para sumergirse en el bullicio de la calle Mayor. La rubia desechó el cigarro y con gesto irritado se adentró en el taller de los prodigios, donde Toro Bravo disertaba veloz, en tanto que Roberto lanzaba de vez en cuando preguntas maliciosas. 

Había entrado allí con el único propósito de divertirse un rato, y poco o nada le interesaban los lienzos. Por el contrario, Daniel escuchaba con cierto estoicismo porque admiraba al artista, aunque no comulgara con su discurso. Le fascinaba su portentoso mundo lleno de color, rebosante de símbolos propios. Percibía en las obras las diferentes etapas, las obsesiones, la depuración de la técnica. Y le intrigaba el hombre: al menos en apariencia era libre y feliz, vivía como le daba la gana y, hasta donde él sabía, sin perjudicar a nadie. Aunque solo fuera por eso, el viejo ya contaba con su simpatía y respeto. Estaba convencido de que algún día, quizá cuando ya estuviera muerto ―aunque, según Toro, eso no iba a ocurrir―, su obra sería reconocida y valorada debidamente. Miró de pasada a la joven que entraba, sin interrumpir por ello su explicación sobre el proceso de la fabricación de soles que, por lo visto, conocía al dedillo. Dani se alarmó al verla entrar sola. 

―¿Liena? ―preguntó en voz baja. 

―Ha tenido que marcharse. 

La noche se disolvía para él como un azucarillo en caliente y perdía todo su interés. 

―¡Oh, qué lástima! ―exclamó Roberto. 

Era un comentario trivial, pero la decepción en su rostro revelaba más frustración de la que Maica hubiera considerado razonable. A Daniel tampoco le pasó desapercibido. 

Aprovecharon, para despedirse, una pausa discursiva de Toro 

―figura escasa en sus retahílas, ya que un perfecto control de la respiración le permitía despreciarlas―. 

―O es inmune a la asfixia o tiene la capacidad torácica de una ballena ―dijo Roberto nada más salir―. ¡No respira! ―–Al final va a resultar que sí es inmortal ―contestó Daniel.". 

Beatricia (Mariaje López) M.A.R. Editor

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