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| Foto: Mariaje López |
Repasando etapas pasadas, llego a una conclusión reconciliadora: todos, absolutamente, podemos ser héroes un día. Pocos, muy pocos, pueden ser héroes a diario.
Escucho el griterío del bosque incendiado; la seducción de la corriente hacia el pantano. Veo gente corriendo hacia ninguna parte y yo, corro con ellos.
No sé qué perseguimos, no sé si la carrera es claridad o desvarío. Me paro y apoyo las manos en mis rodillas; respiro. Miro alrededor buscando entender: respiro.
No quiero seguir esquivando balas hasta el callejón sitiado.
Solo quiero respirar y mirar a los mirlos bañándose en el patio.
Mariaje López
Tu escritora personal por Mariaje López se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial.
A ti,
Mariaje López
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En el amor dinámico no hay seguridad, ni puede haberla. Como decía Krishnamurti, dinamismo y seguridad son conceptos enfrentados.
Pero, si no hay seguridad, tampoco existe el desgaste de la costumbre. Hay depuración, y esto es algo muy distinto.
La mirada fresca hace imposible el aburrimiento: el otro siempre conserva una parte de apetecible misterio cuando se comprende que nada es estático ni constante. En el momento en que uno cree haber llegado al fondo de otros ojos, descubrir que el viaje continúa es el mejor regalo.
La destilación lenta augura una buena esencia, y en la savia de la poda rezuma la fuerza del amor.
Mariaje López
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Únicamente esto: tener a Ítaca como destino, para poder viajar hacia mi verdad, siendo quién soy en el viaje.
Y ya, sabiendo la meta, olvidarla.
Para poner el alma en el camino. Entonces mis pasos llegarán, sin directrices, sin mapas, sin prisa, a su destino.
Mariaje López
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Había vuelto después de mucho tiempo. No sabía exactamente por qué ese día, ni por qué la necesidad se le hizo tan urgente.
Se apoyó sobre la lápida tras la cual, en sendas urnas funerarias, reposaban las cenizas de sus seres queridos. Con delicadeza retiró los geranios marchitos de la vasija y colocó unos nuevos, aún húmedos del rocío. Aquella planta le hablaba de la infancia: del patio donde jugaba feliz, del sol sobre los mosaicos, del zumbido lejano de una avispa y del viento que, a veces, derribaba a sus soldados de plástico.
Pasó los dedos sobre las inscripciones, como si leyera en braille los nombres: primero el de él, luego el de ella. Debajo, las palabras grabadas junto a las fechas. La de él decía: “Se durmió en la orilla.” La de ella: “Se compadeció de todos.”
Salgo de casa con tiempo para visitar a mi hija. Cada momento que paso con ella es un regalo que no sé cuántas veces más me concederá la vida. Nadie puede responder a esa incógnita, y por eso intento no dejar escapar ni un segundo.
Camino hacia la estación y paso frente a un gimnasio de boxeo. Desde la calle se oyen los golpes, la música, las órdenes del entrenador. Imagino a los deportistas, empapados en sudor, descargando su adrenalina contra el saco.
El tren va lleno. Es sábado y muchos viajan hacia el centro para disfrutar del ocio madrileño. Mi trayecto es largo: de Colmenar Viejo a Sol y, desde allí, el metro hacia la antigua periferia carabanchelera, que ya casi ha dejado de serlo.
Me espera Verónica con su familia gatuna: Miranda, una adorable gata negra que reparte cariño sin distinción, y Charlie, una belleza atigrada que adora a su dueña. Ellos son su compañía fiel y la alegría más tierna de su día a día.
Los gatos, siempre los gatos. Mi familia les debe mucho.
¿Conoces a alguien que no haya cometido errores, errores graves, de esos que repercuten en otras personas? Si crees conocer a alguien así, entonces no lo conoces tanto como crees, pues tal persona no existe.
Por tanto, volviendo la mirada hacia nosotros, aquí nos tenemos, en este instante. Nos conviene, una vez admitida la culpa, asumir el pasado y ocuparnos de lo que somos hoy, y de lo que queremos ser mañana. Pues instalarnos en lo primero no le sirve a nadie, y menos a nosotros.
Hoy es un regalo, y mañana una promesa. Si tenemos esta dicha, ¿por qué no aprovecharla?
¿Por qué no hacer las paces con nuestra verdad, en especial aquella que más nos duele?
Si alguna vez fuimos sombra, y con total seguridad alguna vez lo fuimos, ya sabemos caminar por sus veredas.
Y atravesar la noche es el camino más recto para llegar al día.
La playa es una franja húmeda de gris infinito, repartiendo caricias blancas y espumas.
Una mujer se acerca. Su gesto es sosegado, docto, sin edad. Su mirada se asienta en mi memoria y me sumerge en el túnel de los siglos. Exhala el aroma de una flor curtida en el silencio de muchos días.
Mirándome en sus ojos hallo más belleza de la que pensaba. Fluyo en un silencio que me canta al oído sin quebrarse.
Y mientras escucho y miro lo inefable, siento que podría llorar toda la noche de pura dicha, pues me he acercado a la eternidad lo bastante para saber qué ocurre, cuando mis ojos me miran.