jueves, 18 de julio de 2019

En segunda persona


Imagen PxHere


¿Estuvo siempre tan lejos?

Quieres pensar que no te engañaste cuando lo consideraste luz en la tarde cálida. Entonces lo le creíste capaz de lecturas pérfidas, de no haberte leído más que a medias y con las gafas viejas de dioptrías caducas. 

No sabes por qué se agranda la distancia, qué distorsiona las palabras por el camino ni cuánto se ensancha el horizonte inalcanzable de sus besos. 

Sabes que el amor se alimenta de la humildad que escasea en las cumbres de la indiferencia fingida, o del desaire explícito. 

Te queman los días azules y crepitan en el fuego cuando la tarde cae sobre las astillas y los aplaca, hasta sumirlos en el gris de sus cenizas mojadas. 

La añoranza de lo que fue mata, tienes que dejarla atrás cuanto antes. Urge vislumbrar nuevos puertos de futuras Ítacas, navegar con el sol a la espalda a pulmón abierto. Urge recuperar el arco iris para pintar las alas de las risas y vestir el corazón raído con la luz virgen del nuevo instante. 


Mariaje López©Tu escritora personal por Mariaje López se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial.


miércoles, 17 de julio de 2019

De Julia y la guillotina, de Jonathan Allen


Portada de Julia y la guillotina by Jonathan Allen 


Las primeras historias de fantasmas que recuerdo son las de Edgar Allan Poe, y las de Lovecraft, si bien el encuentro inicial no fue con los textos originales, sino con su versión en cómic. 

Mientras retuve creencias en otra vida, temí a los fantasmas. Cobraban forma entre las sombras de las habitaciones oscuras de mi adolescencia, alimentadas por los relatos clásicos y mi imaginación. Perdida la fe en el alma inmortal, cauterizó el temor a las visitas desde el más allá, lo cual no me impide seguir disfrutando de ese juego literario que conforma un género en sí mismo, y del cual la historia de la literatura se nutre con memorables obras. 

Julia y la guillotina es una historia de fantasmas, una novela corta de Jonathan Allen, escritor nacido en Las Palmas de Gran Canaria, con ascendencia inglesa y una desarrollada y múltiple acción cultural en su haber, y varios libros publicados por añadidura. 

Lo primero que observo en la presente obra es que si bien se trata un cuento fantasmal, no es de terror, o al menos del terror al que últimamente estamos acostumbrados. Recuerda más bien ese estilo refinado y decadente en el que el fantasma cumple una función social o educativa más que amenazadora o letal. Así el fantasma de Julieta, antepasada y prima de la protagonista, actúa como remedio terapéutico más que como detonante de consecuencias trágicas. La relación entre los dos mundos, y las dos épocas —la actual, y como podrá deducirse del título, la del Reinado del Terror en la Francia de Robespierre—, se produce con pasmosa naturalidad. Tanta que casi podría enlazar con el realismo mágico de Latinoamérica. 

Conecta también con una concepción personal del objeto sacramental, como expliqué en mi artículo Los sacramentos de la vida, en este mismo blog. En este caso el objeto sacramental es el vestido que llevaba puesto Julieta el día que la condujeron al cadalso. La prenda es exordio y exorcismo a un tiempo, para que cada cosa regrese a su lugar. Pero no será en vano, quedará el poso que nutrirá la experiencia y cambiará su perspectiva. 

En algunos pasajes esta nouvelle es muy visual. En otros exige una observación intelectual que se eleva sobre la sociedad moderna y sus derivas. Un par o tres de estos párrafos me han anclado a la página, no solo por su verdad, sino por la sensibilidad con que están escritos. Se percibe en ellos una suerte de rabia apaciguada, una resignada tristeza que a veces se subleva. 

Quizá a quienes están acostumbrados al terror contemporáneo, de puro y duro resorte y hemoglobina a raudales, esta delicada historia se le quede corta, pero agradará a los sibaritas literarios, quienes sabrán apreciar sus entrant y sus délicieux desserts al margen del plato principal. 


Mariaje López©Tu escritora personal por Mariaje López se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial.



La pulsión del océano



Fotografía: TimHill


Dedicado a Amparo Álvarez Reguero (Alma), poeta canaria. 


Su alma era vieja, como de haber vivido varias vidas. Vieja de tiempos, no de aliento vital. Ya antes de nacer escuchaba el canto del mar en su seno profundo, entre los latidos dulces de los días sin luz. Luego, ya en el mundo, nunca dejó de oír la llamada urgente, los miles de millones de átomos parlantes en noches líquidas de incansable vaivén. Y nadaba mar adentro, envuelta en el murmullo eterno, rompiendo con él en gritos amantes, abiertos en comunión a la pulsión de la vida. 

domingo, 7 de julio de 2019

Que no me falte




Que no me falte el valor de mirar el último rincón de mis moradas, que el miedo no impida desplomarse a los harapos colgados de mis ojos, que no tenga misericordia para desnudar las mentiras con que acicalo mi espejo. 

No me ha de matar la verdad, me sentenciará la herida de su mordaza. 

sábado, 6 de julio de 2019

Buscadores de néctar



Cuando el estruendo se apaga, cantan los pájaros. En el aire caliente zumban los insectos buscadores de néctar, y las flores se abren en pétalos infinitos de canciones lentas. Los árboles cuentan historias de viejas raíces que el corazón escucha, y se asienta en el regazo de sus memorias blandas, deshilachando flecos de melancolía, invocando a los fantasmas de su felicidad perdida.

Mariaje López©Tu escritora personal por Mariaje López se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial.

viernes, 5 de julio de 2019

Quimeras


Imagen: Adobe Stock


A veces pienso que jamás un ser humano podrá comprender a otro en lo profundo. Es fácil comprender en la media distancia. En las lindes esa capacidad se emborrona. Cuando hay espacio suficiente las aristas del otro no te cortan, y a él no le lastiman las tuyas. Hay aristas en la incomprensión del otro, no podemos superar la sólida creencia de que son los demás quienes se equivocan. Esa creencia, ofendida, no transige. Necesita dañar para mantener su absurdo. 

Esa locura. 

Ese sinsentido. 

lunes, 1 de julio de 2019

El paso de los días completos


Imagen: Pixabay



Era la primera vez que salíamos juntos, pero no estábamos solos. En realidad yo era la extraña, pues aquella decena de personas eran todas amigas tuyas. Pero cuando alzaste la copa al inicio de la comida, me miraste únicamente a mí, en un gesto que me sorprendió por su matiz, y que hoy, quince años después, todavía no he olvidado. Lo que leí en tus ojos no sabría explicarlo, pero supe que una puerta hasta entonces solo entornada se abrió para dejarme paso. 

lunes, 17 de junio de 2019

Unas galletitas que hago yo: bolitas de chufa y chocolate anisado


Imagen: Mariaje López

RECETA DE LAS GALLETITAS DE CHUFA CON CHOCOLATE ANISADO.©

Precalentar el horno a 175°.

INGREDIENTES:
200gr de pulpa de leche de chufa
100gr de harina de castaña
10gr de levadura
6 cucharadas colmadas de panela
2 cucharadas de café cargaditas de canela
½ cucharadita de clavo molido
1 pizca de sal rosa
90 ml de aceite vegetal suave
90 ml de licor Tía María, (aunque yo las hago con Amaretto porque me gusta mucho ese sabor que deja, así que tú mismo)
Chocolate negro para fundir
Bolitas de colores para decorar

jueves, 13 de junio de 2019

Los afectos


Imagen: Silvecpropiedades

Adolfo admiraba a su compañero de oficina desde el primer instante en que lo vio. Su cuidado aspecto con un toque informal, sus bellas facciones, su voz y manera de decir las cosas. Había intentado despertar en él la misma admiración que le profesaba, siquiera un mínimo afecto. Pero aunque Mateo se mostraba correcto en el trato en todo momento, percibía con claridad que no conseguía ninguna de las dos cosas. La realidad era que Mateo no le encontraba lo bastante interesante como para profundizar en la relación, que mantenía dentro de lo estrictamente cordial. Quizá no podía engañarlo, quizá él había visto su lado oscuro y eso explicaba su rechazo. Adolfo sabía de sus imperfecciones, pero ¿quién no las tenía? ¿Y por qué Mateo no apreciaba su lado bueno? ¿Le había dado motivos para juzgarlo así? 

miércoles, 15 de mayo de 2019

La chica que miraba inclinado PARTE III y final


(Relato corto incluido en la antología Somos diferentes, M.A.R. Editor 2018)






Pasado el tiempo, al acabar nuestras respectivas carreras, Irune y yo nos casamos. Tuvimos un hijo y fuimos muy felices, a pesar de los problemas que todo vivir conlleva. Por desgracia, el tiempo corrió demasiado aprisa, y al poco de nacer Ismael, su madre y mi esposa falleció aquejada de un cáncer veloz. Y nos quedamos solos padre e hijo. ¡Cuánto la lloré, y la lloro todavía! Aunque pueden más ahora los recuerdos alegres. Irune nunca dejó de ser aquella mujer única y maravillosa de la que me enamoré en el instituto. 

*

Nuestro hijo heredó la belleza de su madre, su inteligencia y nobleza… y sí, también su mirar inclinado. Estudió medicina para ayudar a personas como Irune, enfermas de cáncer. 

Hoy ha venido a visitarme, como todos los miércoles. 

—Hola papá: ¿cómo te encuentras? —pregunta dándome un beso en la mejilla. Yo le respondo que bien, solo que un poco alicaído. 

—Es este calor —me responde aflojándose el nudo de la corbata—. Yo también estoy cansado, en parte por eso. 

—En mi caso, hijo, son los años. 

—Ambas cosas —sonríe—, los años y el calor. 

Le devuelvo la sonrisa. Él se sienta enfrente y se inclina hacia mí. 

—Te traigo buenas noticias —me anuncia. 

—Pues desembucha, no me hagas esperar más para saberlas. 

—Me han concedido una cuantiosa subvención para mis investigaciones oncológicas. Han publicado un artículo sobre ello en una prestigiosa revista médica internacional, y me han entrevistado en la radio. 

—¡Eso es fantástico! ¡Te felicito hijo, qué orgullosa estaría tu madre! Tanto o más que yo. ¡Tenemos que celebrarlo! 

—Sí, pero aún no he acabado. Hay algo más. 

—¿Más? 

—Vas a ser abuelo. 

La emoción me hace juntar las manos, entrelazar los dedos. 

—¡Abuelo! ¡Gracias Dios mío! Si supieras qué ilusión me hace. 

Sonreímos, llenos de felicidad. Al cabo de un rato de confidencias y planes de futuro, nos despedimos hasta el próximo miércoles. Le observo alejarse por el pasillo, abrir la puerta, y poco más tarde, desde la ventana, cruzar la verja. Me sorprendo a mí mismo hablando en voz alta: 

—Ahí lo tienes, Irune: tu niño. El que a veces mira inclinado, como tú. Ha salido más listo que tú, que ya es decir. Pero sé que a ti no te importa, que no te sientes celosa, sino muy orgullosa. Un médico eminente, Irune, un investigador de renombre. Y un corazón apasionado con lo que hace. Digno hijo tuyo, nuestro. ¿Sabes que en el colegio y en el instituto también se metían con él? Sí, claro que lo sabes. Sus compañeros le creían bobo porque torcía un ojo. Bobo, sí… ¡Sopas con honda les ha dado a todos! Si la gente supiera que los de mirar inclinado pueden ver más allá de lo que ve todo el mundo… El color y el grueso de las mentiras, por ejemplo. 


Te quiero Irune. Siempre te he querido. Nunca he conocido a nadie como tú. Tan bella por dentro y por fuera. Grande por el derecho y por el revés. Inmensa. Mirando inclinado a veces, siempre de frente. Por eso, siempre te he amado. Y siempre te amaré.



Mariaje López© Tu escritora personal por Mariaje López se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial.


           

La chica que miraba inclinado PARTE II


(Relato corto incluido en la antología Somos diferentes, M.A.R. Editor 2018)




Enamorarse es bonito, pero desarma. Eso, de distinta manera, lo descubrimos ambos aquella tarde. Yo conservaba mi nariz intacta, pero me sentía culpable. Irune me tenía por listo, pero ese día le demostré ser un necio. Ella por el contrario, sí que era inteligente: acumulaba dieces en los exámenes y comprendía las explicaciones a la primera. Sucedía con ella algo curioso, y era que al mirar así, como miraba ella, o sea, inclinado, podía ver muchas cosas que los demás no solemos ver. Por ejemplo: el color y el grosor de las mentiras. Tal cual. Y tenía un corazón a juego con su tamaño corporal, tan grande que se compadecía de todo aquel que lo pasaba mal. 

El día siguiente de nuestra conversación truncada, la busqué y le pedí perdón. Ella, escarmentada, no sabía si mirarme o hacerse la loca. Fue la primera vez que la vi indecisa, y un poco acomplejada por su estrabismo, pero también sería la última. Al fin levantó la cara y me observó. 

—Está bien, te perdono. Pero si te divierte tanto la cosa va a ser que eres medio tonto, y si eres tonto, aunque sea a medias, no puedes ser mi novio. Así no, lo siento. 

Y se marchó dando un respingo. Entonces el que se quedó bizco de los dos ojos y turulato, y atontao del todo y medio lelo, fui yo. Porque hubiera esperado cualquier cosa, incluso alguna lágrima por su parte; pero su reacción me cogió completamente desprevenido. Menuda reina. En aquel mismo instante, todavía descolocado, me enamoré de ella. Era diferente a cualquier persona que yo conociese, y mostraba tanta seguridad en sí misma, tanta confianza en su valía, que me fascinó. Desde aquel día la admiré profundamente. ¿Cómo iba a aceptar por novio a un imbécil? ¡Por supuesto que no! Tenía que demostrarle que a pesar de todo, yo no lo era. 

Una mañana de invierno se juntaron tres cobardes, tres; para empujarla y hacerla caer a un barrizal encharcado que se formaba en una esquina del patio. Después salieron corriendo entre risotadas, orgullosos como si acabaran de conquistar Oklahoma —pongamos por caso—. Ella quiso intentó perseguirlos, furiosa; pero no hacía más que resbalar y caerse una y otra vez en el fango escurridizo. Pataleaba y gritaba, amenazaba, gruñía, bufaba, se levantaba y no aún en pie, regresaba al suelo. 

—¡Ya os atraparé de uno en uno! ¡Gallinas! A ver qué machitos sois cuando os acorrale en una esquina. ¡Lo pagaréis; como me llamo Irune que lo pagaréis! 

Yo, que escuché las voces y lo presencié todo desde lejos, corrí a ayudarla, y viéndola tan empeñada en ir tras ellos, sin dejar de arrojar sapos y culebras por la boca. Tuve que emplear toda mi fuerza para sujetarla, y ni aun así me hacía con ella. Traté de convencerla de que no era buena idea enfrentarse con esos tres cenutrios a la vez, y de que habría otra manera de que recibiesen su merecido. 

—¡Mis cuentas las arreglo a mi modo! —Me espetó—, ¡y lo comprobarás enseguida! —añadió tiritando de rabia y frío. 

No pudiendo con ella, me planté delante con los brazos en jarra dispuesto a no dejarla ir, o al menos demorarla un poco más, lo suficiente para evitar un enfrentamiento en el que llevaba todas las de perder. Todo inútil, porque la moza era de piñón fijo. Me miró enojada sin pizca de estrabismo, y yo me pregunté si acaso podía controlarlo a su antojo. 

—¡Aparta! —me gritó, dándome un empujón que me hizo trastabillar. Juro que daba miedo, y más cubierta de barro como estaba, que parecía una luchadora tribal. Pero no quería que le dieran una paliza, o que le sucediera algo peor. Me armé de valor y le planté cara. 

—Si prefieres pelearte cuando puedes arreglarlo de otra manera —sentencié con firmeza—, va a ser que eres medio tonta; y si eres tonta, aunque sea a medias, no puedes ser mi novia. Lo siento. 

Aquello fue mano de santo. Me miró boquiabierta y aproveché el inciso para contraatacar. 

—Vamos, Irune, escucha lo que te propongo —dije suavizando el tono—. Iremos a contárselo al tutor. Yo como testigo. Una lucha cuerpo a cuerpo, solo empeorará las cosas. No te rebajes a su nivel; tú vales mucho más que todo eso. 

Como ella no daba muestras de conformidad con mis argumentos, me di por vencido y la media vuelta, con intención de alejarme; pero la vasca me agarró del brazo y me atrajo hacia sí con determinación. Pensé que, llegados a este punto, no me libraba de un guantazo ni San Judas Tadeo, por mucho que fuera el patrón de los imposibles. Entorné los párpados, para encajar el golpe con caballerosa dignidad, pero lo que sentí en el rostro no fue un sopapo, sino la calidez de sus labios rozando los míos. Abrí los ojos lentamente, sin poder creer lo que estaba pasando, y me cegó el brillo de los suyos, que me miraban alegres. Tenía la cara sucia y el cabello chorreando fango, como la ropa; y a pesar de todo seguía siendo bonita. La abracé, nos abrazamos. Caímos al charco riéndonos. Me volvió a besar, y yo la besé. Rebozados en tierra y agua, felices. 

—Me acabas de demostrar que eres el chico más listo del instituto. Y para corresponderte, seré la chica más pacífica que habrás conocido nunca. 

Y lo cumplió, porque era una mujer de honor, fiel a su palabra. Le ayudó mucho lo que sucedió después, ya que aprendió que usar la fuerza no siempre daba el resultado esperado, ni el mejor. El problema se resolvió por el cauce administrativo. A los tres acosadores se les abrió expediente y se les sancionó con una semana de expulsión, abierta a expulsión definitiva y multa si reincidían. Tuvieron que pedir perdón públicamente a su víctima. Todos los profesores en sus respectivas aulas aprovecharon el incidente para alertar de las consecuencias de determinados comportamientos. 

—En este centro —aseveró el director—, las acciones de este tipo no serán toleradas. Pero mejor sin duda es respetarse no por temor a la sanción, sino porque se es persona, y persona de bien. Y porque hacerlo así es una muestra de inteligencia. 

*

Mariaje López© Tu escritora personal por Mariaje López se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial.

La chica que miraba inclinado PARTE I


(Relato corto incluido en la antología Somos diferentes, M.A.R. Editor 2018)




Como todas las mañanas, acuden a levantarme, porque yo voluntariamente no quiero hacerlo. La enfermera que me cuida tiene acento cubano, y es muy dulce. Puedo conversar con ella de muchas cosas, aunque la mayor parte del tiempo no tengo ganas de hablar. Me deja en el cuarto de baño y se marcha a prepararme el desayuno. Todavía puedo asearme solo, aunque tuvimos que habilitar la ducha para ello. Como todas las mañanas, me miraré en el espejo, me afeitaré y me vestiré con lo primero que saque del armario. Tomaré el desayuno en la cocina, como todas las mañanas, y como todas las mañanas me sentaré en la butaca junto a la ventana, para recordar a Irune. Ejercitar así la memoria es mi prevención exclusiva contra el alzhéimer.

*

Se llamaba Irune, como he dicho, y acababa de cumplir quince años. Nacida en Santurce, llevaba desde los cinco viviendo en Madrid, y apenas le quedaba algo de ese acento característico de su tierra, que visitaba a menudo. Era guapa… mucho; alta y fuerte, chicarrona del norte, vamos. Derrochaba ingenio, y genio a secas también, para dicha y desdicha; y algo que la distinguía físicamente era una ligera bizquera en un ojo, la cual se le agudizaba cuando montaba en cólera, lo que sucedía con relativa frecuencia. Mucha culpa de eso se debía a las burlas de que era objeto a causa de su pequeño defecto. Ante ese escarnio ella no se achantaba, nada de eso. Cuando alguien la llamaba viroja, u ojo vago, o bizcocha, plantaba cara y sacaba los colores a quien fuera. 

—A veces miro inclinado; ¿y qué? A mí no me molesta, y al que le moleste que no mire. ¡Y que se ande con cuidado, no sea que le parta la boca!

Lo decía con tanto aplomo, clavando la mirada en el sujeto, con toda la mala leche de su mirar inclinado, que por lo general el ofensor de turno se acobardaba; y si alguno perseveraba se volvía calentito a casa. Tenía suerte Irune de ser tan grande y fornida, porque de haber sido más menuda no sé si le habría ido tan bien. 

Conmigo era otra cosa, porque yo le gustaba. De los otros, le importaba un comino lo que pensaran de ella y de sus ojos grandes y libres, con tal de que no se mofasen en su cara; pero a mí me miraba siempre de frente, porque de esa forma no bizqueaba, y permanecía así mucho rato, sin decirme nada. Hasta que un día me cogió por banda:

—Juanito; tú a mí me gustas. —me soltó de sopetón en el pasillo. Yo me quedé atónito, sin saber qué hacer, ni qué decir. Ella prosiguió: 

—No sé si yo te puedo gustar a ti, Juanito, por lo del ojo. Pero si te fijas bien, no soy bizca del todo, ni todo el tiempo; el problema solo se manifiesta intermitentemente. 

—¿Intermi… tente… mente?

—Quiero decir cuando miro inclinado. Por eso procuro mirar de frente todo el tiempo, para evitar peleas —concluyó resuelta.

—Ya… —Empezaba a reponerme del susto—. ¡No es cuestión de andar repartiendo tortas todo el día! —añadí sonriente.

Ya en el patio se sentó a mi lado, y según le hablaba noté que se iba embelesando cada vez más, por lo que en algún momento se le debió olvidar lo de mirar de frente, y el iris de su ojo derecho se puso a jugar al escondite con el izquierdo. Sin yo advertirlo, una sonrisa asomó a mis labios. Ella me imitó al principio, pero enseguida comprendió por qué me sonreía yo. 

Supe que no tenía excusa, y en un gesto automático me aparté, tratando de eludir el sopapón que, sin duda, se avecinaba. Entonces sus ojos se pusieron muy brillantes y en vez de propinarme el esperado guantazo, salió corriendo.

*


Mariaje López© Tu escritora personal por Mariaje López se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial.


jueves, 9 de mayo de 2019

Con Hilo de Luna, o cómo se lucha por un sueño






A Leticia Gómez Bosque le sobraban motivos para tirar la toalla. En ocasiones estuvo a punto de hacerlo, pero no lo hizo. Hasta tres intentos dotados con reservas ingentes de tiempo, ilusión, esfuerzo, dedicación. Fallaron las expectativas, pero sobre todo, fallaron las personas. Una y otra vez. Traiciones clamorosas, recursos malgastados... ¿Malgastados? No. A una luchadora de la talla de Leticia no se le pudren los fracasos en un saco roto. Ella remienda el saco y lo recicla. Todo servirá para alcanzar la meta final. 

Nunca antes había llegado tan lejos, ni tan concienzudamente, y a la tercera venció. Aunque el fruto tarde en madurar, madurará. No puede ser de otra forma cuando las cosas se hacen bien y la pasión acompaña. Y acompaña, doy fe. 

Es la pasión la que mueve la montaña de la fatalidad, y la hace a un lado. La pasión y la fe mueven montañas y cordilleras enteras. 

Un proyecto como Con Hilo de Luna necesita mucha cantidad de ambas cosas, además de amor al prójimo y una reserva de generosidad abundante. De eso Leticia Gómez Bosque tiene los graneros llenos, aunque a ella, nadie le ha regalado nada. Regalado no. Y si algo le dieron lo retornó con creces. Menuda es Leticia, oiga. 

Presta atención si me lees, a lo que ha puesto en pie. Observa si merece la pena y me darás la razón. Y no dudes que a quien quiera que llegue cualquiera de sus creaciones, le hará mucho bien. 

Date una vuelta por su mundo de texturas y colores, por su universo de ternura y talento. Llévate a casa mucho más de lo que a simple vista puedes ver. Llévate una historia de superación contagiosa que te reconcilie con el pesar de los días y te haga creer que la felicidad es posible cuando entregas al mundo lo mejor de ti. 

Web de Con hilo de luna: https://www.conhilodeluna.com/

Mariaje López