y dejar que el lodo se asiente, manso,
en el cauce del río.
Guardarlo en el corazón:
para respirar,
para vivir,
para que no mueran en mi realidad.
Quedarme con sus risas,
con sus ternuras,
con los pequeños gestos que nos reconfortaron,
con las miradas que lo decían todo.
Extraer el oro,
una y otra vez,
en la lentitud alquímica del recuerdo.
Mariaje López
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