jueves, 3 de octubre de 2019

La búsqueda


Imagen: Grigory Bruev
            
La búsqueda continúa. En verdad empiezo a creer que jamás tendrá final, quizá como consecuencia de no saber muy bien qué busco. Hasta que lo encuentre, mi existencia deambulará a la pata coja. 

Lo que busco está en el aire más puro de mi respiración. Está tan cerca que no lo veo. Y entretanto aquí estoy, en este pantano del que no acierto a salir, asfixiándome con sus vapores fétidos. El barro me llega casi hasta el corazón, y no acierto a ceñir la cuerda que me sacará de aquí. Cada minuto que pasa me hundo más y más. 

El cansancio y el sueño me vencen. Inclino la cabeza y el mundo se diluye en un borrón informe. 

Pasa el tiempo. Una venda de luz me despierta. El haz me quema los párpados y me obliga a desviar el rostro. Allí, entre los árboles, en la lejana umbría, palpita un relámpago. Es la llamarada que busco. 

Ahora ya sé a qué cuerda abrazarme. La anudo bajo mis axilas y empiezo a tirar. Mi esfuerzo al fin tiene sentido. Intuyo de repente la verdad: la meta no era esa luz. Ella solo es el faro que alumbra el camino, la estrella que marca el rumbo y da sentido a la búsqueda. 

Al fin he comprendido la paradoja: la meta no es un lugar, sino el camino mismo, y lo que parece la meta, es solo el relámpago que señala la dirección e ilumina la senda.


Mariaje López©Tu escritora personal por Mariaje López se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial.

miércoles, 2 de octubre de 2019

Galopando


            
Heroína./Foto: LVC


A Jaume lo encontraron sentado en la taza del váter de un servicio público estrecho y mugriento, con los ojos azules entornados bajo el penacho largo de su flequillo rubio. La mano derecha colgando flácida entre las rodillas, una jeringuilla sucia pinchada en la vena cubital de su antebrazo izquierdo. Fue el día de su vigésimo séptimo aniversario. 

Su familia nunca fue un buen ejemplo para él. Una madre enferma de Parkinson, lo que no la eximia de ser chismosa y manipuladora en grado sumo, un padre alcohólico, un hermano ladrón que daba palizas a su mujer, otro jugador y tramposo, y dos hermanas; la pequeña violada a los trece años por sus presuntos amigos, y la mayor enfermera de su madre, auxiliadora en los delirios paternos y criada de todos. 

Las drogas estaban al alcance de la mano, no del bolsillo. Para conseguirlas Jaume recurría a pequeños hurtos y atracos. A veces arramplaba con el monedero de la madre o con la cartera del padre. 

De pequeño había sido gordito, luego, la forzada delgadez aproximó sus rasgos a los de Robert Redford. Una de sus conquistas lo apodó Dorian Gray, “porque mirándote —le dijo—, nadie creería lo que se cuenta de ti”. 

Poco antes de la sobredosis acababa de cumplir un año de condena en la cárcel de Carabanchel. Allí el azul de sus pupilas se convirtió definitivamente en vidrio ahumado. La ligera sinuosidad de su nariz adquirió el filo de una guadaña, y sus carnosos labios se replegaron en una palidez estéril y agrietada. Quizá existía un camino de vuelta pero nunca lo encontró. Ni siquiera lo buscaba. ¿Volver a dónde? Solo quería huir hacia adelante. 

Nunca se supo si la heroína estaba demasiado pura o demasiado adulterada, o si la cantidad letal fue inyectada adrede. En su entierro hubo más suspiros de alivio que lágrimas de compasión. 


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martes, 1 de octubre de 2019

La momia de don Sinasún

Imagen: pinterest.com.mx


Cuando Inma, la viuda de Benito, iba a ser enterrada en la tumba familiar junto a su marido, fallecido cuarenta años atrás, descubrieron que el cadáver del hombre estaba incorrupto. Por tanto, ella no pudo ser enterrada allí, porque —informaron a los familiares—, “La legislación vigente impide que se toque, mueva o traslade un cadáver momificado”. Finalmente la esposa fue incinerada. 

Inma, que ni aun de joven resultó atractiva, se sintió muy emocionada cuando le salió aquel pretendiente que le leía versos. Estuvieron mucho tiempo de novios, hasta que un día, hablando del casamiento, el mozo le confesó que el novio no era él. Que él era solo el intermediario de un amigo suyo. 

—Es muy tímido y no se atreve a decirte nada. 

El Cyrano a la inversa no era otro que el tal Benito, que por entonces ya era viudo de su primera esposa y tenía una hija. Tras el estupor inicial, Inma accedió a casarse con él, en parte porque tanta timidez la llegó a conmover, y en parte porque sospechaba que de no aceptar, llevaba camino de quedarse para vestir santos. Pronto llegó a la conclusión de que quizá habría sido mejor destino que el que le esperaba junto a aquel novio en diferido, que no tardó en dar pruebas de su mezquindad. 

En el barrio donde vivían, al Benito de puertas para afuera le apodaban el Sinasún, contracción de “sin asuntos”, por su aspecto de persona apacible y bonachona, si bien insulsa en el trato y desmadejada en gestos y andares, aspectos en los que redundaba su forma de hablar, de balbucir más bien, mostrando más de lo deseable la punta de una lengua pastosa y una voz que lo hacía más ininteligible, aprisionada en la sonrisa torcida, y embadurnada de artificiosa camaradería. 

Solo una amiga íntima de Inma, depositaria de sus confidencias, sabía del carácter real de Benito, agrio y desprovisto de toda emoción. Entre aquellos desahogos Inma había confesado que su marido formó parte de un pelotón de fusilamiento durante la guerra civil, y que acabada la contienda, practicó la delación contra sus vecinos en repetidas ocasiones, casi todas infundadas, solo para vengarse de presuntas ofensas, reales o elucubradas. 

Seguramente, de haber ocurrido esto en la Edad Media, ahora tendríamos en los altares a San Sinasún, y se veneraría una vez al año su cuerpo incorrupto en la cripta de alguna iglesia. Hoy se sabe que este tipo de momificaciones naturales suceden con más frecuencia de la que se piensa. No obstante cabe preguntarse cuántos Sinasunes figuran entre los santos canonizados.


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domingo, 29 de septiembre de 2019

Extramundo



   
Imagen: Dreamstime
        

Desde el extramundo mira cuanto ha dejado tras de sí. Sin deseos ni miedos, sin euforia ni disgusto contempla cómo el mundo continúa su ritmo sin su presencia. El mundo, que tantas veces sintió a sus pies, latiendo bajo los escenarios de un sinfín de ciudades. Sobre esas tablas vivió media vida, le dieron lágrimas y risas a cambio de su pasión, de su sudor. Grande en un país que no perdona a los grandes, lastrado por la envidia, el más adefesio y letal de los pecados, aunque muchas otras personas lo amaron, mientras aquellas se dedicaban a emborronar su nombre. Legión de judas de titulares amarillos, llamados rosas, mejor o peor pagados. 

Tanta gente creyendo saberlo todo de él… nunca dejó de sorprenderle que unos completos desconocidos opinaran acerca de cómo debería vivir. Sobre todo esos pobres periodistas del corazón con el corazón podrido, cuyos nombres nadie recordará dentro de diez años, por muy celebrados que sean en los tiempos que corren por quienes les ríen las gracias. 

Él, por contra, viviría ya para siempre en la memoria del arte, y en miles de corazones a los que en algún momento conmovió, maravilló, hizo latir con más fuerza, engrandeció. Porque el verdadero arte engrandece siempre, tanto al artista como al espectador. Y él, eso nadie con criterio se atreve a discutirlo, ha sido un artista excepcional. Lo sabe sin envanecerse de ello. La vanidad no existe en el extramundo. 

Ya no importa lo demás. Solo quedan la gloria y la ternura de sus mejores gestos, y los gestos de las personas que amó, de las que le amaron. Quedan las flores y la gratitud. La paz de haber cumplido con su talento, y la de haber entregado al mundo lo más bello y valioso que poseía: su arte. 

(Homenaje a Camilo Sesto (Alcoy16 de septiembre de 1946-Madrid8 de septiembre de 2019)

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lunes, 16 de septiembre de 2019

Entrevista en La Galería, de Radio Euskadi



El pasado sábado, la gran Teresa Yusta y yo estuvimos charlando un rato sobre creatividad, en el programa La Galería, de Radio Euskadi. Aquí dejo el corte.




Manos


Imagen: Freepik

Acaricias mi mano en silencio, con tus manos surcadas de venas cabalgando en un desierto de arrugas agrietadas.

Acunas mi mano entre las tuyas, pegando un sello de melancolía en el gesto. Sientes hoy un poco más cerca la despedida, y aprietas esa otra mano que creció contigo y a tu amparo.

Una lágrima se escapa del castaño húmedo de tus ojos tristes. Le haces esa pregunta que tanto hiere a esa mano tan querida: ¿habrá una próxima vez?

Es duro dejar de ser para el ser que ha sido, y terrible despedirse de lo que más se ha amado.

Pero lo que de verdad se ama vive en el corazón mientras el corazón vive, y siempre hay un corazón que mantiene vivo el recuerdo.

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sábado, 14 de septiembre de 2019

Intro


Q Train’ – Nigel Van Wieck



Ya no hace falta cerrar los ojos para divisar abismos. Basta caminar despierto con los pies atados, para caer en el vértigo infinito de un segundo estancado. 

Apenas quedan líneas puras en el paisaje. Todo se contorsiona en un amasijo de alambres oxidados. 
Solo la luz vespertina calma las horas en un instante fugitivo del tiempo e infiernos ambulantes. 

Arrojo la mochila contra el ruido del caos, sumerjo los tobillos en el silencio del mundo. 
En las entrañas dormidas retumban los gritos de las hogueras, de los terremotos, de las balas abiertas en flor. 

La sed pide agua, y el corazón se acristala temeroso de su espejo. Se desdibujan las huellas en un lodo de súplicas inconexas, bajo el cielo contaminado de estrellas eléctricas. 

Ya no hace falta cerrar los ojos para divisar abismos, basta caminar despierto con los pies atados. 


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miércoles, 11 de septiembre de 2019

Lagartijas. (Una historia real)



Imagen: https://knowi.es/


Me gustaba el colegio, claro que sí, pero aquellos largos veranos de la infancia, con sus dilatados días que siempre me regalaban alguna nueva experiencia, me gustaban todavía más. 

Teníamos una casa de planta baja, con un patio grande ajardinado que casi la rodeaba. Mi madre lo tenía lleno de plantas y árboles —los tiestos se contaban por centenares—, y mi padre, albañil de profesión, cada vez lo iba dejando todo más bonito con sus retoques. Hizo un estanque en el jardín, y lo bastante grande para que pudiésemos darnos en él algún que otro chapuzón. 

—Ten cuidado con el sol, nena, no vayas a quemarte —me advertía mi madre, sabedora de que mi blanca piel se enrojecía con facilidad.

Una mañana, después de desayunar, me puse el bañador y fui como tantas otras veces a divertirme en el agua. Encontré en ella a una lagartija, luchando desesperadamente por mantenerse a flote. Compadecida del pobre bicho, lo saqué de allí, y lo dejé sobre el bordillo del estanque. No se movía, y pensé que se había ahogado. Le acaricié un ratito la panza, y al cabo, como por milagro, se reanimó y se marchó corriendo. 

Quedé muy contenta de haber salvado una vida, y se lo conté a mi madre. 

La mañana siguiente, cuando desperté, mis ojos todavía nublados por el sueño se toparon con la presencia de un insólito visitante que me observaba a solo un palmo de mi nariz. 

—¡Mamá, hay una lagartija en mi mesilla! —Grité con una mezcla de asombro y contento. Al poco mi madre asomaba por la puerta de mi dormitorio. 

—Eso es que ha venido a darte las gracias por haberle salvado la vida. 

Tomé el pequeño reptil en mis manos, y no opuso resistencia alguna; estuvimos un rato jugando y luego se marchó a proseguir con su vida de lagartija. 

Desde aquel día todas las lagartijas del jardín se mostraban tranquilas en mi presencia y se dejaban coger por mí. Mis padres se admiraban del asunto y me decían que era algo insólito. Lo era, en verdad. 

Mucho tiempo después, ya casada yo y con hijos, llevé a éstos a un campamento infantil. Al llegar, vimos a unos niños desconsolados porque se les habían escapado dos o tres lagartijas que tenían en un bote de cristal. Mi afán por consolarlos me llevó a cometer un acto inconsciente del que todavía hoy me arrepiento. Sabedora de que yo no tendría problemas para acercarme a los animalitos, se los devolví, pensando eso sí que no les harían ningún daño, y que tras estudiarlos, los devolverían a su entorno. Quiero creer que así fue. El caso es que, desde aquel momento ninguna lagartija se ha vuelto a fiar de mí. 

Estoy convencida de que existe en el reino animal un lenguaje del que ignoramos casi todo, por medio del cual en un momento dado las lagartijas me consideraron su amiga, y en otro dejaron de percibirme así. 

Me conmueve recordar su “gratitud” tanto como me apena haber perdido su confianza. La naturaleza es un misterio que nos sobrepasa, y que por mucho que estudiemos, nunca será descifrado al completo. Mientras tanto, sigo esperando que me concedan una nueva oportunidad… la Tierra es muy generosa, mucho más de lo que nosotros, los humanos, nos merecemos.


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lunes, 9 de septiembre de 2019

En el bosque

Imagen: Pixabay



Caminas en el bosque solitario, vas descalzo. Te persigue tu dolor, vestido de blanco puro. Cansado de huir, te detienes, y le espetas a bocajarro:

—¿Hasta cuándo me perseguirás?

—Hasta que me comprendas y no huyas de mí.

—Dime otra cosa: ¿Cómo osas llevar un traje tan radiante siendo tu alma oscura?

—No te confundas —te responde con una dulce sonrisa—. El dolor es siempre puro en esencia, y en su vestidura la sabiduría resplandece.

—¿Y qué debo hacer para comprenderte?

—Escucharme, solo eso.

—Está bien, sentémonos junto al arroyo, bajo aquel árbol grande.

Tu dolor y tú conversáis largamente, en lo profundo del bosque. Cuando lo comprendes ya no te molesta su compañía. Sabes que algún día se irá, y que cuando lo haga, tú guardarás sus palabras para recordarlas siempre.


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domingo, 8 de septiembre de 2019

Aforismos sobre la verdad, la mentira, y su versión a medias









No hay nada que destruya tanto como una verdad a medias, porque olvidamos que es una medio mentira.

En una verdad a medias ésta nunca sobrevive, pues la sacrifica su melliza media mentira, hambrienta de notoriedad.

Es preferible despojarse de una media verdad; pues no deja de ser una verdad calzada con mentiras.

Una verdad desnuda asusta, pero una mentira vestida, a la larga enferma y aniquila.

Mirar la verdad completa sin añadir nada, aunque al principio abrume, es la mejor estrategia para alcanzar una paz real.

Es improbable dar en el blanco de una diana oculta entre la niebla; tanto como acertar en la solución de un problema solo comprendido a medias.

La mentira es un animal que puede adiestrarse, la realidad no se deja domar.


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sábado, 7 de septiembre de 2019

Añoranza



Imagen: Pixabay

Retazos de luz intermitente, a la búsqueda insaciable de las sensaciones perdidas de la infancia. Postales guardadas en la memoria, un ángulo de habitación, hojas de recortables dispersos sobre la alfombra, un jardín preñado de misterios y refugios. Imágenes que un día tras otro resbalan entre mis duermevelas, caricias leves que huyen presurosas. 

En su contemplación irradia la faz de mi inocencia, previa a toda profanación. Hoy lloro y agradezco aquellos paraísos con sabor de caramelo, reinos saqueados de los que fui expulsada.

Fueron días de asombro y maravilla, de música intensa brotando limpia de un corazón sin trabas. Que no me culpen por mi añoranza, que no me juzguen si me obsesiona el afán de recuperarlos.

Me consuela saber que todo sigue vivo en mí, aunque este escondido en las enaguas del tiempo. Y sigo navegando entre sus puntillas de almidón, para comprender aquello que explica mi latido victorioso en este mundo de extraños.

Sé que la llama está viva y que me aguarda brillando como un faro en la tempestad.

Cada vez estoy más cerca.


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viernes, 6 de septiembre de 2019

Algo de mí





Produce una sensación extraña escuchar que una parte de tu cuerpo va a ser tirada a la basura, pero eso mismo fue lo que me dijo el cirujano al mostrarme la radiografía de mi antebrazo tras dos visitas al quirófano.

—Cuando vi el estado del hueso comprendí que no había sido fractura, sino estallido del radio. No sabía qué hacer. Lo más fácil hubiera sido tirar toda esa infinidad de pequeños fragmentos. —Señaló con el bolígrafo una zona de la placa y prosiguió—: ¿Ve todos esos trocitos de hueso alineados? Están ensartados a la placa como las cuentas de un collar. Decidí coserlos con hilo de sutura.

No supe qué decir. El doctor me advirtió:

—Hay que tener un cuidado extremo, al menos hasta que suelde.

Tras darme unas recomendaciones precisas, me coloco la ortesis que remplazaría a la escayola durante los próximos cincuenta días… si todo iba bien.

Al abandonar el hospital, una frase, de entre todas las que me había dicho, resonaba en mi cabeza con la cadencia de un estribillo popular: “Solo podía hacer dos cosas con los fragmentos: coserlos o tirarlos”.

Pensé en las personas que han perdido uno o varios miembros. No extraña que su cerebro se niegue a admitir esa perdida y siga enviando y/o recibiendo señales del miembro ausente.

Desechar un segmento del cuerpo propio es una idea sorprendente, ajena a la idea de la integridad del Yo. No reparas en ello si no te pasa, pero llegado el caso deriva en conclusiones peregrinas, unas filosóficas: ¿volverás a ser el mismo?; y otras de lo más peregrino: ¿pitaras en el aeropuerto?, ¿tienes más probabilidades de ser atraído por un imán?

La cosa tiene la pequeña ventaja de que si la báscula incrementa su por lo general desagradable dato, siempre puedes culpar al implante de ferretería.


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viernes, 30 de agosto de 2019

Un puente estrecho





Tenía que cruzar el puente. Mi vieja casa estaba al otro lado de la construcción estrecha y quebradiza, sobre cuyos tablones apenas podía caminar una persona agarrada a las cuerdas de las altas barandas laterales. Yo lo cruzaba sin miedo, afianzando el paso.

Aquel día, cosa inusual, vi que un hombre se acercaba desde el otro lado. Cuando estuvo a pocos metros frente a mí, aprecié sus grandes proporciones. Me saludó, mostrándome una amplia sonrisa. Yo respondí cortés al saludo, tras lo cual dije:

—Me temo que alguno de los dos tendrá de retroceder.

—Oh, no será necesario. – Repuso alegremente—. Apretándose un poco cabemos los dos.

Yo miré hacia el suelo de tablillas y hacia él, alternativamente, con expresión escéptica.

—Me parece que no; y temo que el suelo no resista tanto peso en un mismo punto.

—Puede estar segura de que resistirá. Adelante, ¡Probémoslo!

Sin demasiada convicción accedí. Al encontrarnos el puente crujió y se bamboleó un poco. Ambos quedamos trabados de costado, pero mi oponente no cejaba en su avance, arrastrándome consigo y obligándome a retroceder.

En ese punto me desperté.

Tras el sobresalto inicial, lo comprendí todo. El sueño, recadero de mi subconsciente, me hacía una advertencia: tenía que moverme, sacar mi vida del lugar en que se había estancado, hacer las maletas y partir.

Sí, pero eso no era todo. Antes tenía que cruzar el puente estrecho de las creencias limitantes y los prejuicios. Era verdad que empezaba a hacerlo, más mis dudas y mis temores indefinidos me obstaculizaban el tránsito, hasta el punto de hacerme retroceder y desistir.

Estaba siendo derrotada una vez más.

Resuelta a tomar en cuenta los mensajes del sueño, no tardé ni diez minutos en llenar una maleta con lo imprescindible y alejarme para siempre de la vieja casa.


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jueves, 29 de agosto de 2019

Perseguido






Antes de salir a la calle, espió, como cada día, tras los visillos. Nadie vigilaba el portal. Es decir, parecía que nadie vigilaba, porque él sabía que estaban ahí, esperándole. Le seguían a todas partes, ineludiblemente, desde hacía años. Cuando caminaba escuchaba los pasos a su espalda, y era obvio que le seguía más de una persona, y quizá más de dos. ¿Qué pretendían obtener de él con tanta insistencia? Sin embargo, aún no le habían abordado. 

Aquello no solo lo agobiaba sobremanera, sino que poco a poco había logrado enfermarlo. La ansiedad se le disparó de tal modo que casi le impedía comer, dormir, respirar. 

Quizá solo esperaban a que se volviese a plantarles cara para abalanzarse sobre él y aniquilarlo. Estaba seguro de que así era, porque a pesar de tanto tiempo persiguiéndole —casi desde que podía recordar—, no le habían atacado. Por eso se había determinado a volver jamás la cabeza. Todo lo que hacía era intentar despistarlos. 

Apenas salía de casa, y cuando lo hacía trataba de pasar desapercibido. Se buscaba entretenimientos que le ayudasen a olvidar su situación. Y su salud se resentía más y más. Necesitaba de un inhalador para respirar, y de bastón para caminar, porque sus piernas ya no resistían el peso de tanta angustia. 

Un día sucedió lo inevitable; su debilidad llegó a tal extremo que perdidas todas las fuerzas cayó de bruces en la acera. Dolorido, con la nariz rota, sintió que alguien se inclinaba hacia él para darle la vuelta. Lo dejó tendido sobre su espalda; era uno de sus perseguidores. A su lado le observaban los otros dos. Los reconoció a todos: eran sus fantasmas. 

En ese instante se disolvieron y tomaron una nueva forma, esta vez material. 

Desde entonces ellos caminaron a su lado, como compañeros de camino, y él, que había aprendido a mirar a sus fantasmas a la cara, ya no necesitó bastones ni ayudas químicas para respirar.  

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La muerte del pensamiento





Un hombre viejo sentado frente a una mesa inmensa, rectangular. Sobre la mesa las palabras amontonadas en gran número, son observadas en silencio por el hombre. Su mirada se ha detenido en una; alarga la mano, la engulle, eructa. La palabra no volverá a ser dicha, ni pensada. La entierra el olvido.

Pasa un día.

El hombre mira otra palabra, alarga la mano, la engulle, eructa. La palabra no volverá a pronunciarse, el olvido será su mortaja. 

Pasa otro día.

El hombre sigue engullendo palabras, una tras otra, día tras día. En la habitación de abajo, donde mora el pensamiento, cada vez hay más silencio. En el sótano la cháchara no cesa, envalentonada de su propia ignorancia, repitiendo siempre las mismas cuatro palabras que el engullidor vomitó.


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La Soberbia y la Ira





—Ni yo soy tan mala como dices, ni tú tan buena como te crees —espetó la Ira .
—Es verdad que ni yo me creo tan buena como presumo, como tú en el fondo no te crees tan justa como pretendes. Aplaca tu furia insensata —replicó la Soberbia.
—Yo aplacaré mi furia cuando tú ablandes tu corazón.

La humanidad sigue esperando cordura de la Ira y compasión de la Soberbia. Mientras tanto las guerras siguen y las personas son incapaces de entenderse.


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Ternura nonata





La ternura esperada,
la ternura malquerida,
la que no quiso ser,
la que fue vencida.

La ternura marchita,
la ternura desvalida,
la que murió sin nacer,
la que pereció en la criba.


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viernes, 2 de agosto de 2019

Cristal adentro


Foto: Mariaje López


Silencio tras el cristal adentro, fuera la luz decae, los pájaros se recogen en la arboleda, llegan los apagados trinos a mi refugio de sueños. Descansa la mirada en lo mirado, la paz en el hombro como un pájaro herido, leal a la llamada constante. 

En el fondo de todo ruido habita el silencio de la vida, el misterio vertiginoso de lo desconocido en el núcleo de lo evidente. Y en esa paz toco la grandeza de lo efímero, la vocación imposible de eternidad en el tiempo, el límite y la inmensidad de mi naturaleza vulnerable... y milagrosa. En este punto la verdad es una niña que juega sin inquietud con las mariposas.

martes, 23 de julio de 2019

Un burro de goma

Imagen: CNN


Margarito no mide más de un palmo y tiene roída la punta de la oreja izquierda. Su cuerpo de color vainilla es de goma semidura, gruesa, más en las patas que en el lomo, sobre el que lleva unas alforjas de color púrpura. 

La pequeña Ketxu nunca lo tiene muy lejos, es su compañero de juegos desde que ella empezó a corretear a solas por el patio enlosado. Margarito en la mesa, entre las macetas, en el alféizar, bajo las sábanas o sobre la almohada, pocas veces en el baúl, mezclado con el resto de juguetes, casi siempre en manos de la niña, vigilado y vigilante. Otros juguetes se rompían, más pronto que tarde, mientras por Margarito pasaban los años sin dejarle más huella que una pátina satinada en la superficie. 

jueves, 18 de julio de 2019

En segunda persona


Imagen PxHere


¿Estuvo siempre tan lejos?

Quieres pensar que no te engañaste cuando lo consideraste luz en la tarde cálida. Entonces lo le creíste capaz de lecturas pérfidas, de no haberte leído más que a medias y con las gafas viejas de dioptrías caducas. 

miércoles, 17 de julio de 2019

De Julia y la guillotina, de Jonathan Allen


Portada de Julia y la guillotina by Jonathan Allen 


Las primeras historias de fantasmas que recuerdo son las de Edgar Allan Poe, y las de Lovecraft, si bien el encuentro inicial no fue con los textos originales, sino con su versión en cómic. 

Mientras retuve creencias en otra vida, temí a los fantasmas. Cobraban forma entre las sombras de las habitaciones oscuras de mi adolescencia, alimentadas por los relatos clásicos y mi imaginación. Perdida la fe en el alma inmortal, cauterizó el temor a las visitas desde el más allá, lo cual no me impide seguir disfrutando de ese juego literario que conforma un género en sí mismo, y del cual la historia de la literatura se nutre con memorables obras. 

La pulsión del océano



Fotografía: TimHill


Dedicado a Amparo Álvarez Reguero (Alma), poeta canaria. 


Su alma era vieja, como de haber vivido varias vidas. Vieja de tiempos, no de aliento vital. Ya antes de nacer escuchaba el canto del mar en su seno profundo, entre los latidos dulces de los días sin luz. Luego, ya en el mundo, nunca dejó de oír la llamada urgente, los miles de millones de átomos parlantes en noches líquidas de incansable vaivén. Y nadaba mar adentro, envuelta en el murmullo eterno, rompiendo con él en gritos amantes, abiertos en comunión a la pulsión de la vida. 

domingo, 7 de julio de 2019

Que no me falte




Que no me falte el valor de mirar el último rincón de mis moradas, que el miedo no impida desplomarse a los harapos colgados de mis ojos, que no tenga misericordia para desnudar las mentiras con que acicalo mi espejo. 

No me ha de matar la verdad, me sentenciará la herida de su mordaza. 

sábado, 6 de julio de 2019

Buscadores de néctar



Cuando el estruendo se apaga, cantan los pájaros. En el aire caliente zumban los insectos buscadores de néctar, y las flores se abren en pétalos infinitos de canciones lentas. Los árboles cuentan historias de viejas raíces que el corazón escucha, y se asienta en el regazo de sus memorias blandas, deshilachando flecos de melancolía, invocando a los fantasmas de su felicidad perdida.

Mariaje López©Tu escritora personal por Mariaje López se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial.

viernes, 5 de julio de 2019

Quimeras


Imagen: Adobe Stock


A veces pienso que jamás un ser humano podrá comprender a otro en lo profundo. Es fácil comprender en la media distancia. En las lindes esa capacidad se emborrona. Cuando hay espacio suficiente las aristas del otro no te cortan, y a él no le lastiman las tuyas. Hay aristas en la incomprensión del otro, no podemos superar la sólida creencia de que son los demás quienes se equivocan. Esa creencia, ofendida, no transige. Necesita dañar para mantener su absurdo. 

Esa locura. 

Ese sinsentido. 

lunes, 1 de julio de 2019

El paso de los días completos


Imagen: Pixabay



Era la primera vez que salíamos juntos, pero no estábamos solos. En realidad yo era la extraña, pues aquella decena de personas eran todas amigas tuyas. Pero cuando alzaste la copa al inicio de la comida, me miraste únicamente a mí, en un gesto que me sorprendió por su matiz, y que hoy, quince años después, todavía no he olvidado. Lo que leí en tus ojos no sabría explicarlo, pero supe que una puerta hasta entonces solo entornada se abrió para dejarme paso. 

lunes, 17 de junio de 2019

Unas galletitas que hago yo: bolitas de chufa y chocolate anisado


Imagen: Mariaje López

RECETA DE LAS GALLETITAS DE CHUFA CON CHOCOLATE ANISADO.©

Precalentar el horno a 175°.

INGREDIENTES:
200gr de pulpa de leche de chufa
100gr de harina de castaña
10gr de levadura
6 cucharadas colmadas de panela
2 cucharadas de café cargaditas de canela
½ cucharadita de clavo molido
1 pizca de sal rosa
90 ml de aceite vegetal suave
90 ml de licor Tía María, (aunque yo las hago con Amaretto porque me gusta mucho ese sabor que deja, así que tú mismo)
Chocolate negro para fundir
Bolitas de colores para decorar

jueves, 13 de junio de 2019

Los afectos


Imagen: Silvecpropiedades

Adolfo admiraba a su compañero de oficina desde el primer instante en que lo vio. Su cuidado aspecto con un toque informal, sus bellas facciones, su voz y manera de decir las cosas. Había intentado despertar en él la misma admiración que le profesaba, siquiera un mínimo afecto. Pero aunque Mateo se mostraba correcto en el trato en todo momento, percibía con claridad que no conseguía ninguna de las dos cosas. La realidad era que Mateo no le encontraba lo bastante interesante como para profundizar en la relación, que mantenía dentro de lo estrictamente cordial. Quizá no podía engañarlo, quizá él había visto su lado oscuro y eso explicaba su rechazo. Adolfo sabía de sus imperfecciones, pero ¿quién no las tenía? ¿Y por qué Mateo no apreciaba su lado bueno? ¿Le había dado motivos para juzgarlo así? 

miércoles, 15 de mayo de 2019

La chica que miraba inclinado PARTE III y final


(Relato corto incluido en la antología Somos diferentes, M.A.R. Editor 2018)






Pasado el tiempo, al acabar nuestras respectivas carreras, Irune y yo nos casamos. Tuvimos un hijo y fuimos muy felices, a pesar de los problemas que todo vivir conlleva. Por desgracia, el tiempo corrió demasiado aprisa, y al poco de nacer Ismael, su madre y mi esposa falleció aquejada de un cáncer veloz. Y nos quedamos solos padre e hijo. ¡Cuánto la lloré, y la lloro todavía! Aunque pueden más ahora los recuerdos alegres. Irune nunca dejó de ser aquella mujer única y maravillosa de la que me enamoré en el instituto. 

*

Nuestro hijo heredó la belleza de su madre, su inteligencia y nobleza… y sí, también su mirar inclinado. Estudió medicina para ayudar a personas como Irune, enfermas de cáncer. 

Hoy ha venido a visitarme, como todos los miércoles. 

—Hola papá: ¿cómo te encuentras? —pregunta dándome un beso en la mejilla. Yo le respondo que bien, solo que un poco alicaído. 

—Es este calor —me responde aflojándose el nudo de la corbata—. Yo también estoy cansado, en parte por eso. 

—En mi caso, hijo, son los años. 

—Ambas cosas —sonríe—, los años y el calor. 

Le devuelvo la sonrisa. Él se sienta enfrente y se inclina hacia mí. 

—Te traigo buenas noticias —me anuncia. 

—Pues desembucha, no me hagas esperar más para saberlas. 

—Me han concedido una cuantiosa subvención para mis investigaciones oncológicas. Han publicado un artículo sobre ello en una prestigiosa revista médica internacional, y me han entrevistado en la radio. 

—¡Eso es fantástico! ¡Te felicito hijo, qué orgullosa estaría tu madre! Tanto o más que yo. ¡Tenemos que celebrarlo! 

—Sí, pero aún no he acabado. Hay algo más. 

—¿Más? 

—Vas a ser abuelo. 

La emoción me hace juntar las manos, entrelazar los dedos. 

—¡Abuelo! ¡Gracias Dios mío! Si supieras qué ilusión me hace. 

Sonreímos, llenos de felicidad. Al cabo de un rato de confidencias y planes de futuro, nos despedimos hasta el próximo miércoles. Le observo alejarse por el pasillo, abrir la puerta, y poco más tarde, desde la ventana, cruzar la verja. Me sorprendo a mí mismo hablando en voz alta: 

—Ahí lo tienes, Irune: tu niño. El que a veces mira inclinado, como tú. Ha salido más listo que tú, que ya es decir. Pero sé que a ti no te importa, que no te sientes celosa, sino muy orgullosa. Un médico eminente, Irune, un investigador de renombre. Y un corazón apasionado con lo que hace. Digno hijo tuyo, nuestro. ¿Sabes que en el colegio y en el instituto también se metían con él? Sí, claro que lo sabes. Sus compañeros le creían bobo porque torcía un ojo. Bobo, sí… ¡Sopas con honda les ha dado a todos! Si la gente supiera que los de mirar inclinado pueden ver más allá de lo que ve todo el mundo… El color y el grueso de las mentiras, por ejemplo. 


Te quiero Irune. Siempre te he querido. Nunca he conocido a nadie como tú. Tan bella por dentro y por fuera. Grande por el derecho y por el revés. Inmensa. Mirando inclinado a veces, siempre de frente. Por eso, siempre te he amado. Y siempre te amaré.



Mariaje López© Tu escritora personal por Mariaje López se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial.


           

La chica que miraba inclinado PARTE II


(Relato corto incluido en la antología Somos diferentes, M.A.R. Editor 2018)




Enamorarse es bonito, pero desarma. Eso, de distinta manera, lo descubrimos ambos aquella tarde. Yo conservaba mi nariz intacta, pero me sentía culpable. Irune me tenía por listo, pero ese día le demostré ser un necio. Ella por el contrario, sí que era inteligente: acumulaba dieces en los exámenes y comprendía las explicaciones a la primera. Sucedía con ella algo curioso, y era que al mirar así, como miraba ella, o sea, inclinado, podía ver muchas cosas que los demás no solemos ver. Por ejemplo: el color y el grosor de las mentiras. Tal cual. Y tenía un corazón a juego con su tamaño corporal, tan grande que se compadecía de todo aquel que lo pasaba mal. 

El día siguiente de nuestra conversación truncada, la busqué y le pedí perdón. Ella, escarmentada, no sabía si mirarme o hacerse la loca. Fue la primera vez que la vi indecisa, y un poco acomplejada por su estrabismo, pero también sería la última. Al fin levantó la cara y me observó. 

—Está bien, te perdono. Pero si te divierte tanto la cosa va a ser que eres medio tonto, y si eres tonto, aunque sea a medias, no puedes ser mi novio. Así no, lo siento. 

Y se marchó dando un respingo. Entonces el que se quedó bizco de los dos ojos y turulato, y atontao del todo y medio lelo, fui yo. Porque hubiera esperado cualquier cosa, incluso alguna lágrima por su parte; pero su reacción me cogió completamente desprevenido. Menuda reina. En aquel mismo instante, todavía descolocado, me enamoré de ella. Era diferente a cualquier persona que yo conociese, y mostraba tanta seguridad en sí misma, tanta confianza en su valía, que me fascinó. Desde aquel día la admiré profundamente. ¿Cómo iba a aceptar por novio a un imbécil? ¡Por supuesto que no! Tenía que demostrarle que a pesar de todo, yo no lo era. 

Una mañana de invierno se juntaron tres cobardes, tres; para empujarla y hacerla caer a un barrizal encharcado que se formaba en una esquina del patio. Después salieron corriendo entre risotadas, orgullosos como si acabaran de conquistar Oklahoma —pongamos por caso—. Ella quiso intentó perseguirlos, furiosa; pero no hacía más que resbalar y caerse una y otra vez en el fango escurridizo. Pataleaba y gritaba, amenazaba, gruñía, bufaba, se levantaba y no aún en pie, regresaba al suelo. 

—¡Ya os atraparé de uno en uno! ¡Gallinas! A ver qué machitos sois cuando os acorrale en una esquina. ¡Lo pagaréis; como me llamo Irune que lo pagaréis! 

Yo, que escuché las voces y lo presencié todo desde lejos, corrí a ayudarla, y viéndola tan empeñada en ir tras ellos, sin dejar de arrojar sapos y culebras por la boca. Tuve que emplear toda mi fuerza para sujetarla, y ni aun así me hacía con ella. Traté de convencerla de que no era buena idea enfrentarse con esos tres cenutrios a la vez, y de que habría otra manera de que recibiesen su merecido. 

—¡Mis cuentas las arreglo a mi modo! —Me espetó—, ¡y lo comprobarás enseguida! —añadió tiritando de rabia y frío. 

No pudiendo con ella, me planté delante con los brazos en jarra dispuesto a no dejarla ir, o al menos demorarla un poco más, lo suficiente para evitar un enfrentamiento en el que llevaba todas las de perder. Todo inútil, porque la moza era de piñón fijo. Me miró enojada sin pizca de estrabismo, y yo me pregunté si acaso podía controlarlo a su antojo. 

—¡Aparta! —me gritó, dándome un empujón que me hizo trastabillar. Juro que daba miedo, y más cubierta de barro como estaba, que parecía una luchadora tribal. Pero no quería que le dieran una paliza, o que le sucediera algo peor. Me armé de valor y le planté cara. 

—Si prefieres pelearte cuando puedes arreglarlo de otra manera —sentencié con firmeza—, va a ser que eres medio tonta; y si eres tonta, aunque sea a medias, no puedes ser mi novia. Lo siento. 

Aquello fue mano de santo. Me miró boquiabierta y aproveché el inciso para contraatacar. 

—Vamos, Irune, escucha lo que te propongo —dije suavizando el tono—. Iremos a contárselo al tutor. Yo como testigo. Una lucha cuerpo a cuerpo, solo empeorará las cosas. No te rebajes a su nivel; tú vales mucho más que todo eso. 

Como ella no daba muestras de conformidad con mis argumentos, me di por vencido y la media vuelta, con intención de alejarme; pero la vasca me agarró del brazo y me atrajo hacia sí con determinación. Pensé que, llegados a este punto, no me libraba de un guantazo ni San Judas Tadeo, por mucho que fuera el patrón de los imposibles. Entorné los párpados, para encajar el golpe con caballerosa dignidad, pero lo que sentí en el rostro no fue un sopapo, sino la calidez de sus labios rozando los míos. Abrí los ojos lentamente, sin poder creer lo que estaba pasando, y me cegó el brillo de los suyos, que me miraban alegres. Tenía la cara sucia y el cabello chorreando fango, como la ropa; y a pesar de todo seguía siendo bonita. La abracé, nos abrazamos. Caímos al charco riéndonos. Me volvió a besar, y yo la besé. Rebozados en tierra y agua, felices. 

—Me acabas de demostrar que eres el chico más listo del instituto. Y para corresponderte, seré la chica más pacífica que habrás conocido nunca. 

Y lo cumplió, porque era una mujer de honor, fiel a su palabra. Le ayudó mucho lo que sucedió después, ya que aprendió que usar la fuerza no siempre daba el resultado esperado, ni el mejor. El problema se resolvió por el cauce administrativo. A los tres acosadores se les abrió expediente y se les sancionó con una semana de expulsión, abierta a expulsión definitiva y multa si reincidían. Tuvieron que pedir perdón públicamente a su víctima. Todos los profesores en sus respectivas aulas aprovecharon el incidente para alertar de las consecuencias de determinados comportamientos. 

—En este centro —aseveró el director—, las acciones de este tipo no serán toleradas. Pero mejor sin duda es respetarse no por temor a la sanción, sino porque se es persona, y persona de bien. Y porque hacerlo así es una muestra de inteligencia. 

*

Mariaje López© Tu escritora personal por Mariaje López se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial.

La chica que miraba inclinado PARTE I


(Relato corto incluido en la antología Somos diferentes, M.A.R. Editor 2018)




Como todas las mañanas, acuden a levantarme, porque yo voluntariamente no quiero hacerlo. La enfermera que me cuida tiene acento cubano, y es muy dulce. Puedo conversar con ella de muchas cosas, aunque la mayor parte del tiempo no tengo ganas de hablar. Me deja en el cuarto de baño y se marcha a prepararme el desayuno. Todavía puedo asearme solo, aunque tuvimos que habilitar la ducha para ello. Como todas las mañanas, me miraré en el espejo, me afeitaré y me vestiré con lo primero que saque del armario. Tomaré el desayuno en la cocina, como todas las mañanas, y como todas las mañanas me sentaré en la butaca junto a la ventana, para recordar a Irune. Ejercitar así la memoria es mi prevención exclusiva contra el alzhéimer.

*

Se llamaba Irune, como he dicho, y acababa de cumplir quince años. Nacida en Santurce, llevaba desde los cinco viviendo en Madrid, y apenas le quedaba algo de ese acento característico de su tierra, que visitaba a menudo. Era guapa… mucho; alta y fuerte, chicarrona del norte, vamos. Derrochaba ingenio, y genio a secas también, para dicha y desdicha; y algo que la distinguía físicamente era una ligera bizquera en un ojo, la cual se le agudizaba cuando montaba en cólera, lo que sucedía con relativa frecuencia. Mucha culpa de eso se debía a las burlas de que era objeto a causa de su pequeño defecto. Ante ese escarnio ella no se achantaba, nada de eso. Cuando alguien la llamaba viroja, u ojo vago, o bizcocha, plantaba cara y sacaba los colores a quien fuera. 

—A veces miro inclinado; ¿y qué? A mí no me molesta, y al que le moleste que no mire. ¡Y que se ande con cuidado, no sea que le parta la boca!

Lo decía con tanto aplomo, clavando la mirada en el sujeto, con toda la mala leche de su mirar inclinado, que por lo general el ofensor de turno se acobardaba; y si alguno perseveraba se volvía calentito a casa. Tenía suerte Irune de ser tan grande y fornida, porque de haber sido más menuda no sé si le habría ido tan bien. 

Conmigo era otra cosa, porque yo le gustaba. De los otros, le importaba un comino lo que pensaran de ella y de sus ojos grandes y libres, con tal de que no se mofasen en su cara; pero a mí me miraba siempre de frente, porque de esa forma no bizqueaba, y permanecía así mucho rato, sin decirme nada. Hasta que un día me cogió por banda:

—Juanito; tú a mí me gustas. —me soltó de sopetón en el pasillo. Yo me quedé atónito, sin saber qué hacer, ni qué decir. Ella prosiguió: 

—No sé si yo te puedo gustar a ti, Juanito, por lo del ojo. Pero si te fijas bien, no soy bizca del todo, ni todo el tiempo; el problema solo se manifiesta intermitentemente. 

—¿Intermi… tente… mente?

—Quiero decir cuando miro inclinado. Por eso procuro mirar de frente todo el tiempo, para evitar peleas —concluyó resuelta.

—Ya… —Empezaba a reponerme del susto—. ¡No es cuestión de andar repartiendo tortas todo el día! —añadí sonriente.

Ya en el patio se sentó a mi lado, y según le hablaba noté que se iba embelesando cada vez más, por lo que en algún momento se le debió olvidar lo de mirar de frente, y el iris de su ojo derecho se puso a jugar al escondite con el izquierdo. Sin yo advertirlo, una sonrisa asomó a mis labios. Ella me imitó al principio, pero enseguida comprendió por qué me sonreía yo. 

Supe que no tenía excusa, y en un gesto automático me aparté, tratando de eludir el sopapón que, sin duda, se avecinaba. Entonces sus ojos se pusieron muy brillantes y en vez de propinarme el esperado guantazo, salió corriendo.

*


Mariaje López© Tu escritora personal por Mariaje López se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial.


jueves, 9 de mayo de 2019

Con Hilo de Luna, o cómo se lucha por un sueño






A Leticia Gómez Bosque le sobraban motivos para tirar la toalla. En ocasiones estuvo a punto de hacerlo, pero no lo hizo. Hasta tres intentos dotados con reservas ingentes de tiempo, ilusión, esfuerzo, dedicación. Fallaron las expectativas, pero sobre todo, fallaron las personas. Una y otra vez. Traiciones clamorosas, recursos malgastados... ¿Malgastados? No. A una luchadora de la talla de Leticia no se le pudren los fracasos en un saco roto. Ella remienda el saco y lo recicla. Todo servirá para alcanzar la meta final. 

Nunca antes había llegado tan lejos, ni tan concienzudamente, y a la tercera venció. Aunque el fruto tarde en madurar, madurará. No puede ser de otra forma cuando las cosas se hacen bien y la pasión acompaña. Y acompaña, doy fe. 

Es la pasión la que mueve la montaña de la fatalidad, y la hace a un lado. La pasión y la fe mueven montañas y cordilleras enteras. 

Un proyecto como Con Hilo de Luna necesita mucha cantidad de ambas cosas, además de amor al prójimo y una reserva de generosidad abundante. De eso Leticia Gómez Bosque tiene los graneros llenos, aunque a ella, nadie le ha regalado nada. Regalado no. Y si algo le dieron lo retornó con creces. Menuda es Leticia, oiga. 

Presta atención si me lees, a lo que ha puesto en pie. Observa si merece la pena y me darás la razón. Y no dudes que a quien quiera que llegue cualquiera de sus creaciones, le hará mucho bien. 

Date una vuelta por su mundo de texturas y colores, por su universo de ternura y talento. Llévate a casa mucho más de lo que a simple vista puedes ver. Llévate una historia de superación contagiosa que te reconcilie con el pesar de los días y te haga creer que la felicidad es posible cuando entregas al mundo lo mejor de ti. 

Web de Con hilo de luna: https://www.conhilodeluna.com/

Mariaje López 

jueves, 2 de mayo de 2019

Bailando



Imagen:http://www.casaquiquet.com 


Lo recuerdas. Sé que de esto guardas memoria.

Apagando la noche,

bailando canciones lentas a la luz de las velas,

dejándonos llevar,

rotando

despacio

sobre la música

y el olor a canela.



Mariaje López© Tu escritora personal por Mariaje López se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial.

Desengaño exorcizado


Imagen: http://goo.gl/Jypr8a


Cuando llegamos a la casa es la hora de cenar. Violeta ha esparcido sus regalos de Reyes por todo el salón. Le quedan restos del berrinche de la noche anterior, cuando su padre eligió esa hora mágica para desvelarle que su soñado rey mago no era otro que él. Mari Sol, la madre, apenas puede ocultar su indignación. 

Para desagraviar a ambas, improvisamos un teatrillo de guiñoles en el que a través de los personajes la niña va confirmando que sí, que los Reyes Magos existen, que son reales aunque no vengan de Oriente ni se trate de desconocidos. Que son las personas que más la quieren en este mundo. 

En aras de calmar a la madre y distraer a la niña, después de cenar damos un paseo por las calles mojadas, haciendo recuento de constelaciones. Nos hacemos fotos junto a la casa, alborotando la noche con nuestras voces risueñas. Los reyes magos de verdad han resultado mejores que los de cuento, sobre todo, porque son reales. 


Mariaje López© Tu escritora personal por Mariaje López se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial.