martes, 1 de octubre de 2019

La momia de don Sinasún

Imagen: pinterest.com.mx


Cuando Inma, la viuda de Benito, iba a ser enterrada en la tumba familiar junto a su marido, fallecido cuarenta años atrás, descubrieron que el cadáver del hombre estaba incorrupto. Por tanto, ella no pudo ser enterrada allí, porque —informaron a los familiares—, “La legislación vigente impide que se toque, mueva o traslade un cadáver momificado”. Finalmente la esposa fue incinerada. 

Inma, que ni aun de joven resultó atractiva, se sintió muy emocionada cuando le salió aquel pretendiente que le leía versos. Estuvieron mucho tiempo de novios, hasta que un día, hablando del casamiento, el mozo le confesó que el novio no era él. Que él era solo el intermediario de un amigo suyo. 

—Es muy tímido y no se atreve a decirte nada. 

El Cyrano a la inversa no era otro que el tal Benito, que por entonces ya era viudo de su primera esposa y tenía una hija. Tras el estupor inicial, Inma accedió a casarse con él, en parte porque tanta timidez la llegó a conmover, y en parte porque sospechaba que de no aceptar, llevaba camino de quedarse para vestir santos. Pronto llegó a la conclusión de que quizá habría sido mejor destino que el que le esperaba junto a aquel novio en diferido, que no tardó en dar pruebas de su mezquindad. 

En el barrio donde vivían, al Benito de puertas para afuera le apodaban el Sinasún, contracción de “sin asuntos”, por su aspecto de persona apacible y bonachona, si bien insulsa en el trato y desmadejada en gestos y andares, aspectos en los que redundaba su forma de hablar, de balbucir más bien, mostrando más de lo deseable la punta de una lengua pastosa y una voz que lo hacía más ininteligible, aprisionada en la sonrisa torcida, y embadurnada de artificiosa camaradería. 

Solo una amiga íntima de Inma, depositaria de sus confidencias, sabía del carácter real de Benito, agrio y desprovisto de toda emoción. Entre aquellos desahogos Inma había confesado que su marido formó parte de un pelotón de fusilamiento durante la guerra civil, y que acabada la contienda, practicó la delación contra sus vecinos en repetidas ocasiones, casi todas infundadas, solo para vengarse de presuntas ofensas, reales o elucubradas. 

Seguramente, de haber ocurrido esto en la Edad Media, ahora tendríamos en los altares a San Sinasún, y se veneraría una vez al año su cuerpo incorrupto en la cripta de alguna iglesia. Hoy se sabe que este tipo de momificaciones naturales suceden con más frecuencia de la que se piensa. No obstante cabe preguntarse cuántos Sinasunes figuran entre los santos canonizados.


Mariaje López©Tu escritora personal por Mariaje López se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial.

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