sábado, 14 de septiembre de 2019

Intro


Q Train’ – Nigel Van Wieck



Ya no hace falta cerrar los ojos para divisar abismos. Basta caminar despierto con los pies atados, para caer en el vértigo infinito de un segundo estancado. 

Apenas quedan líneas puras en el paisaje. Todo se contorsiona en un amasijo de alambres oxidados. 
Solo la luz vespertina calma las horas en un instante fugitivo del tiempo e infiernos ambulantes. 

Arrojo la mochila contra el ruido del caos, sumerjo los tobillos en el silencio del mundo. 
En las entrañas dormidas retumban los gritos de las hogueras, de los terremotos, de las balas abiertas en flor. 

La sed pide agua, y el corazón se acristala temeroso de su espejo. Se desdibujan las huellas en un lodo de súplicas inconexas, bajo el cielo contaminado de estrellas eléctricas. 

Ya no hace falta cerrar los ojos para divisar abismos, basta caminar despierto con los pies atados. 


Mariaje López©Tu escritora personal por Mariaje López se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial.

miércoles, 11 de septiembre de 2019

Lagartijas. (Una historia real)



Imagen: https://knowi.es/


Me gustaba el colegio, claro que sí, pero aquellos largos veranos de la infancia, con sus dilatados días que siempre me regalaban alguna nueva experiencia, me gustaban todavía más. 

Teníamos una casa de planta baja, con un patio grande ajardinado que casi la rodeaba. Mi madre lo tenía lleno de plantas y árboles —los tiestos se contaban por centenares—, y mi padre, albañil de profesión, cada vez lo iba dejando todo más bonito con sus retoques. Hizo un estanque en el jardín, y lo bastante grande para que pudiésemos darnos en él algún que otro chapuzón. 

—Ten cuidado con el sol, nena, no vayas a quemarte —me advertía mi madre, sabedora de que mi blanca piel se enrojecía con facilidad.

Una mañana, después de desayunar, me puse el bañador y fui como tantas otras veces a divertirme en el agua. Encontré en ella a una lagartija, luchando desesperadamente por mantenerse a flote. Compadecida del pobre bicho, lo saqué de allí, y lo dejé sobre el bordillo del estanque. No se movía, y pensé que se había ahogado. Le acaricié un ratito la panza, y al cabo, como por milagro, se reanimó y se marchó corriendo. 

Quedé muy contenta de haber salvado una vida, y se lo conté a mi madre. 

La mañana siguiente, cuando desperté, mis ojos todavía nublados por el sueño se toparon con la presencia de un insólito visitante que me observaba a solo un palmo de mi nariz. 

—¡Mamá, hay una lagartija en mi mesilla! —Grité con una mezcla de asombro y contento. Al poco mi madre asomaba por la puerta de mi dormitorio. 

—Eso es que ha venido a darte las gracias por haberle salvado la vida. 

Tomé el pequeño reptil en mis manos, y no opuso resistencia alguna; estuvimos un rato jugando y luego se marchó a proseguir con su vida de lagartija. 

Desde aquel día todas las lagartijas del jardín se mostraban tranquilas en mi presencia y se dejaban coger por mí. Mis padres se admiraban del asunto y me decían que era algo insólito. Lo era, en verdad. 

Mucho tiempo después, ya casada yo y con hijos, llevé a éstos a un campamento infantil. Al llegar, vimos a unos niños desconsolados porque se les habían escapado dos o tres lagartijas que tenían en un bote de cristal. Mi afán por consolarlos me llevó a cometer un acto inconsciente del que todavía hoy me arrepiento. Sabedora de que yo no tendría problemas para acercarme a los animalitos, se los devolví, pensando eso sí que no les harían ningún daño, y que tras estudiarlos, los devolverían a su entorno. Quiero creer que así fue. El caso es que, desde aquel momento ninguna lagartija se ha vuelto a fiar de mí. 

Estoy convencida de que existe en el reino animal un lenguaje del que ignoramos casi todo, por medio del cual en un momento dado las lagartijas me consideraron su amiga, y en otro dejaron de percibirme así. 

Me conmueve recordar su “gratitud” tanto como me apena haber perdido su confianza. La naturaleza es un misterio que nos sobrepasa, y que por mucho que estudiemos, nunca será descifrado al completo. Mientras tanto, sigo esperando que me concedan una nueva oportunidad… la Tierra es muy generosa, mucho más de lo que nosotros, los humanos, nos merecemos.


Mariaje López©Tu escritora personal por Mariaje López se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial.


















lunes, 9 de septiembre de 2019

En el bosque

Imagen: Pixabay



Caminas en el bosque solitario, vas descalzo. Te persigue tu dolor, vestido de blanco puro. Cansado de huir, te detienes, y le espetas a bocajarro:

—¿Hasta cuándo me perseguirás?

—Hasta que me comprendas y no huyas de mí.

—Dime otra cosa: ¿Cómo osas llevar un traje tan radiante siendo tu alma oscura?

—No te confundas —te responde con una dulce sonrisa—. El dolor es siempre puro en esencia, y en su vestidura la sabiduría resplandece.

—¿Y qué debo hacer para comprenderte?

—Escucharme, solo eso.

—Está bien, sentémonos junto al arroyo, bajo aquel árbol grande.

Tu dolor y tú conversáis largamente, en lo profundo del bosque. Cuando lo comprendes ya no te molesta su compañía. Sabes que algún día se irá, y que cuando lo haga, tú guardarás sus palabras para recordarlas siempre.


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domingo, 8 de septiembre de 2019

Aforismos sobre la verdad, la mentira, y su versión a medias









No hay nada que destruya tanto como una verdad a medias, porque olvidamos que es una medio mentira.

En una verdad a medias ésta nunca sobrevive, pues la sacrifica su melliza media mentira, hambrienta de notoriedad.

Es preferible despojarse de una media verdad; pues no deja de ser una verdad calzada con mentiras.

Una verdad desnuda asusta, pero una mentira vestida, a la larga enferma y aniquila.

Mirar la verdad completa sin añadir nada, aunque al principio abrume, es la mejor estrategia para alcanzar una paz real.

Es improbable dar en el blanco de una diana oculta entre la niebla; tanto como acertar en la solución de un problema solo comprendido a medias.

La mentira es un animal que puede adiestrarse, la realidad no se deja domar.


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sábado, 7 de septiembre de 2019

Añoranza



Imagen: Pixabay

Retazos de luz intermitente, a la búsqueda insaciable de las sensaciones perdidas de la infancia. Postales guardadas en la memoria, un ángulo de habitación, hojas de recortables dispersos sobre la alfombra, un jardín preñado de misterios y refugios. Imágenes que un día tras otro resbalan entre mis duermevelas, caricias leves que huyen presurosas. 

En su contemplación irradia la faz de mi inocencia, previa a toda profanación. Hoy lloro y agradezco aquellos paraísos con sabor de caramelo, reinos saqueados de los que fui expulsada.

Fueron días de asombro y maravilla, de música intensa brotando limpia de un corazón sin trabas. Que no me culpen por mi añoranza, que no me juzguen si me obsesiona el afán de recuperarlos.

Me consuela saber que todo sigue vivo en mí, aunque este escondido en las enaguas del tiempo. Y sigo navegando entre sus puntillas de almidón, para comprender aquello que explica mi latido victorioso en este mundo de extraños.

Sé que la llama está viva y que me aguarda brillando como un faro en la tempestad.

Cada vez estoy más cerca.


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viernes, 6 de septiembre de 2019

Algo de mí





Produce una sensación extraña escuchar que una parte de tu cuerpo va a ser tirada a la basura, pero eso mismo fue lo que me dijo el cirujano al mostrarme la radiografía de mi antebrazo tras dos visitas al quirófano.

—Cuando vi el estado del hueso comprendí que no había sido fractura, sino estallido del radio. No sabía qué hacer. Lo más fácil hubiera sido tirar toda esa infinidad de pequeños fragmentos. —Señaló con el bolígrafo una zona de la placa y prosiguió—: ¿Ve todos esos trocitos de hueso alineados? Están ensartados a la placa como las cuentas de un collar. Decidí coserlos con hilo de sutura.

No supe qué decir. El doctor me advirtió:

—Hay que tener un cuidado extremo, al menos hasta que suelde.

Tras darme unas recomendaciones precisas, me coloco la ortesis que remplazaría a la escayola durante los próximos cincuenta días… si todo iba bien.

Al abandonar el hospital, una frase, de entre todas las que me había dicho, resonaba en mi cabeza con la cadencia de un estribillo popular: “Solo podía hacer dos cosas con los fragmentos: coserlos o tirarlos”.

Pensé en las personas que han perdido uno o varios miembros. No extraña que su cerebro se niegue a admitir esa perdida y siga enviando y/o recibiendo señales del miembro ausente.

Desechar un segmento del cuerpo propio es una idea sorprendente, ajena a la idea de la integridad del Yo. No reparas en ello si no te pasa, pero llegado el caso deriva en conclusiones peregrinas, unas filosóficas: ¿volverás a ser el mismo?; y otras de lo más peregrino: ¿pitaras en el aeropuerto?, ¿tienes más probabilidades de ser atraído por un imán?

La cosa tiene la pequeña ventaja de que si la báscula incrementa su por lo general desagradable dato, siempre puedes culpar al implante de ferretería.


Mariaje López©Tu escritora personal por Mariaje López se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial.