miércoles, 11 de septiembre de 2019

Lagartijas. (Una historia real)



Imagen: https://knowi.es/


Me gustaba el colegio, claro que sí, pero aquellos largos veranos de la infancia, con sus dilatados días que siempre me regalaban alguna nueva experiencia, me gustaban todavía más. 

Teníamos una casa de planta baja, con un patio grande ajardinado que casi la rodeaba. Mi madre lo tenía lleno de plantas y árboles —los tiestos se contaban por centenares—, y mi padre, albañil de profesión, cada vez lo iba dejando todo más bonito con sus retoques. Hizo un estanque en el jardín, y lo bastante grande para que pudiésemos darnos en él algún que otro chapuzón. 

—Ten cuidado con el sol, nena, no vayas a quemarte —me advertía mi madre, sabedora de que mi blanca piel se enrojecía con facilidad.

Una mañana, después de desayunar, me puse el bañador y fui como tantas otras veces a divertirme en el agua. Encontré en ella a una lagartija, luchando desesperadamente por mantenerse a flote. Compadecida del pobre bicho, lo saqué de allí, y lo dejé sobre el bordillo del estanque. No se movía, y pensé que se había ahogado. Le acaricié un ratito la panza, y al cabo, como por milagro, se reanimó y se marchó corriendo. 

Quedé muy contenta de haber salvado una vida, y se lo conté a mi madre. 

La mañana siguiente, cuando desperté, mis ojos todavía nublados por el sueño se toparon con la presencia de un insólito visitante que me observaba a solo un palmo de mi nariz. 

—¡Mamá, hay una lagartija en mi mesilla! —Grité con una mezcla de asombro y contento. Al poco mi madre asomaba por la puerta de mi dormitorio. 

—Eso es que ha venido a darte las gracias por haberle salvado la vida. 

Tomé el pequeño reptil en mis manos, y no opuso resistencia alguna; estuvimos un rato jugando y luego se marchó a proseguir con su vida de lagartija. 

Desde aquel día todas las lagartijas del jardín se mostraban tranquilas en mi presencia y se dejaban coger por mí. Mis padres se admiraban del asunto y me decían que era algo insólito. Lo era, en verdad. 

Mucho tiempo después, ya casada yo y con hijos, llevé a éstos a un campamento infantil. Al llegar, vimos a unos niños desconsolados porque se les habían escapado dos o tres lagartijas que tenían en un bote de cristal. Mi afán por consolarlos me llevó a cometer un acto inconsciente del que todavía hoy me arrepiento. Sabedora de que yo no tendría problemas para acercarme a los animalitos, se los devolví, pensando eso sí que no les harían ningún daño, y que tras estudiarlos, los devolverían a su entorno. Quiero creer que así fue. El caso es que, desde aquel momento ninguna lagartija se ha vuelto a fiar de mí. 

Estoy convencida de que existe en el reino animal un lenguaje del que ignoramos casi todo, por medio del cual en un momento dado las lagartijas me consideraron su amiga, y en otro dejaron de percibirme así. 

Me conmueve recordar su “gratitud” tanto como me apena haber perdido su confianza. La naturaleza es un misterio que nos sobrepasa, y que por mucho que estudiemos, nunca será descifrado al completo. Mientras tanto, sigo esperando que me concedan una nueva oportunidad… la Tierra es muy generosa, mucho más de lo que nosotros, los humanos, nos merecemos.


Mariaje López©Tu escritora personal por Mariaje López se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial.


















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