viernes, 30 de agosto de 2019

Un puente estrecho





Tenía que cruzar el puente. Mi vieja casa estaba al otro lado de la construcción estrecha y quebradiza, sobre cuyos tablones apenas podía caminar una persona agarrada a las cuerdas de las altas barandas laterales. Yo lo cruzaba sin miedo, afianzando el paso.

Aquel día, cosa inusual, vi que un hombre se acercaba desde el otro lado. Cuando estuvo a pocos metros frente a mí, aprecié sus grandes proporciones. Me saludó, mostrándome una amplia sonrisa. Yo respondí cortés al saludo, tras lo cual dije:

—Me temo que alguno de los dos tendrá de retroceder.

—Oh, no será necesario. – Repuso alegremente—. Apretándose un poco cabemos los dos.

Yo miré hacia el suelo de tablillas y hacia él, alternativamente, con expresión escéptica.

—Me parece que no; y temo que el suelo no resista tanto peso en un mismo punto.

—Puede estar segura de que resistirá. Adelante, ¡Probémoslo!

Sin demasiada convicción accedí. Al encontrarnos el puente crujió y se bamboleó un poco. Ambos quedamos trabados de costado, pero mi oponente no cejaba en su avance, arrastrándome consigo y obligándome a retroceder.

En ese punto me desperté.

Tras el sobresalto inicial, lo comprendí todo. El sueño, recadero de mi subconsciente, me hacía una advertencia: tenía que moverme, sacar mi vida del lugar en que se había estancado, hacer las maletas y partir.

Sí, pero eso no era todo. Antes tenía que cruzar el puente estrecho de las creencias limitantes y los prejuicios. Era verdad que empezaba a hacerlo, más mis dudas y mis temores indefinidos me obstaculizaban el tránsito, hasta el punto de hacerme retroceder y desistir.

Estaba siendo derrotada una vez más.

Resuelta a tomar en cuenta los mensajes del sueño, no tardé ni diez minutos en llenar una maleta con lo imprescindible y alejarme para siempre de la vieja casa.


Mariaje López©Tu escritora personal por Mariaje López se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial.

jueves, 29 de agosto de 2019

Perseguido






Antes de salir a la calle, espió, como cada día, tras los visillos. Nadie vigilaba el portal. Es decir, parecía que nadie vigilaba, porque él sabía que estaban ahí, esperándole. Le seguían a todas partes, ineludiblemente, desde hacía años. Cuando caminaba escuchaba los pasos a su espalda, y era obvio que le seguía más de una persona, y quizá más de dos. ¿Qué pretendían obtener de él con tanta insistencia? Sin embargo, aún no le habían abordado. 

Aquello no solo lo agobiaba sobremanera, sino que poco a poco había logrado enfermarlo. La ansiedad se le disparó de tal modo que casi le impedía comer, dormir, respirar. 

Quizá solo esperaban a que se volviese a plantarles cara para abalanzarse sobre él y aniquilarlo. Estaba seguro de que así era, porque a pesar de tanto tiempo persiguiéndole —casi desde que podía recordar—, no le habían atacado. Por eso se había determinado a volver jamás la cabeza. Todo lo que hacía era intentar despistarlos. 

Apenas salía de casa, y cuando lo hacía trataba de pasar desapercibido. Se buscaba entretenimientos que le ayudasen a olvidar su situación. Y su salud se resentía más y más. Necesitaba de un inhalador para respirar, y de bastón para caminar, porque sus piernas ya no resistían el peso de tanta angustia. 

Un día sucedió lo inevitable; su debilidad llegó a tal extremo que perdidas todas las fuerzas cayó de bruces en la acera. Dolorido, con la nariz rota, sintió que alguien se inclinaba hacia él para darle la vuelta. Lo dejó tendido sobre su espalda; era uno de sus perseguidores. A su lado le observaban los otros dos. Los reconoció a todos: eran sus fantasmas. 

En ese instante se disolvieron y tomaron una nueva forma, esta vez material. 

Desde entonces ellos caminaron a su lado, como compañeros de camino, y él, que había aprendido a mirar a sus fantasmas a la cara, ya no necesitó bastones ni ayudas químicas para respirar.  

Mariaje López©Tu escritora personal por Mariaje López se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial.

La muerte del pensamiento





Un hombre viejo sentado frente a una mesa inmensa, rectangular. Sobre la mesa las palabras amontonadas en gran número, son observadas en silencio por el hombre. Su mirada se ha detenido en una; alarga la mano, la engulle, eructa. La palabra no volverá a ser dicha, ni pensada. La entierra el olvido.

Pasa un día.

El hombre mira otra palabra, alarga la mano, la engulle, eructa. La palabra no volverá a pronunciarse, el olvido será su mortaja. 

Pasa otro día.

El hombre sigue engullendo palabras, una tras otra, día tras día. En la habitación de abajo, donde mora el pensamiento, cada vez hay más silencio. En el sótano la cháchara no cesa, envalentonada de su propia ignorancia, repitiendo siempre las mismas cuatro palabras que el engullidor vomitó.


Mariaje López©Tu escritora personal por Mariaje López se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial.

La Soberbia y la Ira





—Ni yo soy tan mala como dices, ni tú tan buena como te crees —espetó la Ira .
—Es verdad que ni yo me creo tan buena como presumo, como tú en el fondo no te crees tan justa como pretendes. Aplaca tu furia insensata —replicó la Soberbia.
—Yo aplacaré mi furia cuando tú ablandes tu corazón.

La humanidad sigue esperando cordura de la Ira y compasión de la Soberbia. Mientras tanto las guerras siguen y las personas son incapaces de entenderse.


Mariaje López©Tu escritora personal por Mariaje López se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial.

Ternura nonata





La ternura esperada,
la ternura malquerida,
la que no quiso ser,
la que fue vencida.

La ternura marchita,
la ternura desvalida,
la que murió sin nacer,
la que pereció en la criba.


Mariaje López©Tu escritora personal por Mariaje López se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial.

viernes, 2 de agosto de 2019

Cristal adentro


Foto: Mariaje López


Silencio tras el cristal adentro, fuera la luz decae, los pájaros se recogen en la arboleda, llegan los apagados trinos a mi refugio de sueños. Descansa la mirada en lo mirado, la paz en el hombro como un pájaro herido, leal a la llamada constante. 

En el fondo de todo ruido habita el silencio de la vida, el misterio vertiginoso de lo desconocido en el núcleo de lo evidente. Y en esa paz toco la grandeza de lo efímero, la vocación imposible de eternidad en el tiempo, el límite y la inmensidad de mi naturaleza vulnerable... y milagrosa. En este punto la verdad es una niña que juega sin inquietud con las mariposas.