La rabia es una emoción demonizada. Pero yo le debo mucho a la rabia, y en muchas encrucijadas, ha sido mi salvación. Cuando una mente ha sido educada en la sumisión, la rabia es el único salvavidas para no sucumbir, la línea roja que dice: hasta aquí y no más.
Por eso, cuando mi rabia asoma y soy recriminada, la enarbolo más alto y juro que nunca renunciaré a ella. La rabia es la defensora natural contra toda injusticia, porque solo ella posee la fuerza necesaria para plantar cara al injusto.

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