lunes, 21 de enero de 2013

Concierto para cuarteto de flauta y pavo real



           
El concierto estaba llegando a su final. Flanders Recorder Quartet interpretaba el Allegro del Otoño de Vivaldien el último de los Paseos Musicales de aquel año, dentro del Festival de Música Antigua, que el Ayuntamiento de Aranjuez y la Comunidad de Madrid organizan en primavera. Se trata de unos paseos guiados por los distintos jardines, en los que se recuerda su historia y se describe su perfil botánico. 

Mi pareja y yo estábamos en el Jardín del Príncipe junto a una veintena de personas, disfrutando del concierto que cerraba la temporada en la Fuente de Apolo. El divino lucía un tanto mustio, con el estanque vacío por obras y restitución de arquetas. Semidesnudo, semisentado, con el carcaj sobre un muslo, el pelo almidonao y la lira apoyá en la cadera, recordaba más a Celia Gámez que a un ilustre del Olimpo. Bien podía habérsele ahorrado el escarnio, que rincones aptos no parece que falten en los jardines. Ni los dioses se libran de la indelicadeza.


La tarde había hecho estanco. Después de lloviznar toda la mañana, el agua dio esquinazo a los paraguas definitivamente. Al otro lado del escenario, frente a nosotros, un señor barbado de la primera fila daba muestras de estar perdiendo su guerra contra el sueño. Tristrases y cabezazos a babor, estribor y alguno que otro de popa, con signos de azoramiento incluidos, forzando al límite su apariencia de oyente interesado. Fracaso cantado. Sentí una vaga conmiseración: en  trances del estilo he naufragado varias veces. Al minuto roncaba ya cabalmente. 

En esas estábamos, cuando apareció en lontananza un deslumbrante pavo real. En los jardines hay muchos que campan a su albedrío, y aquel, atraído por la dulce cadencia de las flautas, resolvió averiguar algo más, y cerciorado ya de que el grupo carecía de vocalista, se prestó a lance con toda el alma, arrancándose a graznido crudo - llamarlo cantar sería retórica- desde lejos, mientras se acercaba con la prestancia y el gesto de un divo operístico. Y es que la música emociona hondamente a los cristatus macho.

El señor de barbas, ya inmerso en el paraíso R.E.M. tuvo un amargo  y súbito despertar. Puedo dar cuenta de ello, pues hice de ello un seguimiento escrupuloso. 

El ornito adonis alcanzó los aledaños de la fuente y las cumbres del estrellato al mismo tiempo, avanzando desde detrás del escenario. Su voz penetrante, áspera y trompetera, se unió a las flautas a decibelio pelado. Henchido de emoción y entusiasmo, el pavo Farinelli interpretó su aria, más cerca del castrato por las plumas que por la glotis.



Cristatus en plena actuación


Para entonces los músicos, que habían mantenido el tipo con notable estoicismo, no tuvieron más opción que interrumpir el concierto, ante las incontenibles risas del público y el estruendo pavoroso  -nunca mejor dicho-, del vocalista intruso. 

Afortunadamente la cosa no tuvo mayores consecuencias. El pequeño melómano se quedó por las inmediaciones hasta el final del concierto, ya algo más calmado, y cerrado el pico se convirtió en un espectador más. 

Guardo en la memoria aquella tarde hermosa, y con ella, esta simpática anécdota, por lo demás muy tierna. Aunque es probable que los Flanders Recorder  no opinen lo mismo. 




Mariaje López. 

Si lo deseas, puedes dejar un comentario.



2 comentarios:

  1. Simpática y deliciosamente contada, que no faltaron al evento ni Apolos de piedra, ni encarnizadas luchas entre Morfeo y el decoro, ni un espontáneo y solidario vocalista. No sé si esos Flanders se replantearán ahora ser un “quinteto”.

    ResponderEliminar
  2. Pues eso depende de su sentido del humor y grado de afecto que sientan por el reino animal. Lo que sí apostaría es que no lo han olvidado.
    Gracias Antonio. Gusto en verte por aquí.

    ResponderEliminar