jueves, 11 de julio de 2013

Siestas de Tebeo


- ¡Te he dicho cien veces que no quiero verte metida en las zanjas! -repetía mi madre mostrándome la suela de su alpargata.

Cuando mi voluntad se obstinaba en algo que  mi progenitora no estimaba conveniente, mis nalgas acababan probando la contundencia del susodicho calzado. Pero ¡quiá!, aquella era una tentación de lo más irresistible. 

Nos traían por fin el agua corriente, que muy pronto empezaría a surtir de los grifos de casa, dispensándonos del forzoso acarreo de los cubos que a diario llenábamos en la fuente de la esquina; punto crucial e ilustrativo de las últimas novedades vecinales. Hablo del antiguo Poblado de Canillas, y de principios de los sesenta. 

Las excavadoras habían convertido el barrio en un fantástico laberinto de trincheras, escenario de lo más realista para nuestros juegos de batallas, de espionaje a gran escala, y de todo tipo de gestas valerosas que nuestra imaginación infantil fuera capaz de recrear entre los recovecos y pasadizos. Cuando los obreros terminaban la jornada, la chiquillería tomaba las calles abiertas y recorría sus intestinos a la caza del enemigo. Eran guerras que empezaban después de la merienda y terminaban a la hora de la cena, con bandos reciclables que lo mismo le hacían a una torta que a un pan; sin complejos ni remordimientos; sin juramentos que no pudieran vencerse con un puñado de Sugus.

Para ir desde mi casa hasta la tienda de chuches, había que atravesar dos improvisados puentes de tablones. Tenía permiso para ir a comprar allí, si es que lograba reunir las suficientes perrillas para el tío Constante, tendero estrella para un tercio de la población local, entre la que me contaba. Era por cierto, tío de todos, y no porque tuviera sobrinos, que yo sepa, sino por apodo. Su tienda era pequeña pero estaba abarrotada de los productos más diversos y caprichosos, circunstancia que hacía de nuestros pequeños bolsillos lugares  inhóspitos para las monedas, que huían de ellos a toda prisa. Era el bazar de los deseos, la trampa de los antojos. Un lugar donde no te hubiera importado quedarte encerrada alguna noche con una buena linterna.  

El tío Constante rara vez sonreía, y su cara tostada y regordeta se fruncía en las sienes de manera perpetua. Para nosotros, poco exigentes en este aspecto, era como el mismísimo Alí Babá. En su cueva había cubiletes con toda clase de delicatessen: desde polvos de refresco que hacían espuma en la lengua, hasta castañas pilongas y garbanzos torrados que ponían a prueba la solidez de las dentaduras; desde los chicles de bola anisada y los Bazoka, hasta las monedas de chocolate infame que sabían a gloria. Y había otras muchas cosas: cintas de plástico fosforito para hacer llaveros, caretas, recortables, soldaditos de plomo, cromos, cochecillos de latón, calcomanías, juegos de cocina en miniatura... y hasta joyas del Kitsch español, como las bailaoras de flamenco para encima de la tele (había pocas en el barrio), y el clásico dúo de toro y toreador, negro el primero, vainilla el segundo, y casi siempre imitando los rasgos de Manuel Benítez El Cordobés. 

Pero lo mejor de todo cuanto almacenaba la tienda de los portentos eran los tebeos. No con ese olor característico que tienen los libros que aún no han sido abiertos, porque todos los tebeos que había en la tienda del tío Constante eran de segunda mano: para intercambiar. Llevábamos al viejo los ejemplares que ya habíamos leído, y previo pago de unas perras gordas o chicas, nos volvíamos a casa con otros tantos bajo el brazo.



TBO - nº 471 - 4/11/1966


Algunos, casi nuevecitos, daba gusto verlos con la portada reluciente y las esquinas enteras. Otros las tenían roídas y estaban más manoseados que el escote de La Pochola, dama ilustre del vecindario a juzgar por las generosas menciones que de ella se hacían en la fuente. Siempre quise conocerla personalmente, pues me parecía que era, con mucho, la persona más divertida del barrio. Pero cuando preguntaba por ella a mis padres siempre me respondían con evasivas.  En fin, esa es otra historia... volvamos a lo nuestro. 

Durante los meses de calor en que no había colegio, iba todas las mañanas a cambiar tebeos, cinco o seis por lo general, aunque a veces, si eran gruesos, cambiaba uno menos y me ahorraba la moneda para el día siguiente. Para eso nunca me faltaban ahorrillos, y fueron la mejor inversión de mi infancia. Luego, con la preciosa carga entre los brazos, desandaba el camino saboreando las primicias de la siesta. Yo nunca dormía. Para mi no era un tiempo de sueño, y sí de ensoñación. Después de comer me retiraba a mi cuarto, y allí, bajo la ventana que daba al patio, me tumbaba en la alfombra sobre la que había esparcido el TBO, el Tío Vivo, Astérix, El Capitán Trueno, Pumby, Sissí, Azucena, Sal y Pimienta, El Jabato, Pulgarcito...  y tantos otros. En esas horas centrales del día, cuando la luz caliente y pesada del verano aquietaba el mundo; yo leía, miraba, reía para mis adentros, inquietándome por el destino de los héroes, escrutando el encanto de las princesas, pasmándome con las ocurrencias del botones Sacarino, sorprendiéndome con la perversidad de la bruja Doña Urraca. Todavía no había llegado a España Mafalda, por la censura franquista, y no lo haría hasta los 70. Mientras tanto yo me instalaba en la Rue del Percebe nº 13, con cuidado de no enredarme en las telarañas del ático.

Creo firmemente que mi amor por la lectura, y ese gusto íntimo por recrear y compartir los paisajes soñados,  se forjó en aquellas inefables siestas de tebeos. Si me miro en un espejo el tiempo suficiente, aún puedo encontrar en alguna parte de mi rostro esa niña de largas trenzas, capaz de levantar un jardín del Edén en un tiesto de geráneos, bajo la sombra calada del parral.


Mariaje López

...bajo la sombra calada del parral...

Si lo deseas, puedes dejar un comentario.


20 comentarios:


  1. Me admira la facilidad que tienes para recrear en tiempo y en lugar tus historias, perfectamente reales!!!...

    ¡¡Bonitos y agradabilísimos recuerdos!!!

    Sol

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    1. Juraría que lo había comentado esta tarde, antes de hacerlo en Post, pero como no está lo hago de nuevo.

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    2. Gracias Sol. Seguro que recuerdas bien muchas de las golosinas, yo creo que las llamábamos así, en vez de chuches. Sí recuerdo las chufas, que había que poner en remojo, y hasta las algarrobas. ¡Qué cosas! En Capadoccia (Turquía) las venden en puestos callejeros. Un día que andaba con las tripas verbeneras me compré dos o tres, ¡ja ja já!

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    3. Efectivamente Mariaje.. había chufas (cacahuetes) y chufas de leche, las que se ponían en remojo y creo que son con esas las que hacen la horchata, no teníamos problemas de alimentación, para ingerir "fibra".. jejjejej.

      Recueradas el regaliz negro, agitándolo en una botella con agua.. ¡¡que rico el jarabe de regaliz!!

      Creo que eres bastante más joven que yo, pero tus vivencias son similares a las mías.

      Bssssssss

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    4. Si, con las chufas se hace la horchata. ¡Riquísima!
      Seguro que tenemos muchas cosas en común. Ü¡Un abrazo!

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  2. Anónimo12/7/13 9:55

    CURIOSO, cuando "yo", era niña, la tienda a la que nos acercabamos para las chuches y demás se llamaba PIRULO, aunque estaba en otro barrio, si podian ser los mismos años..............pero el parecido con el Tio Constante........... todavia me tiene perpleja........

    Hasta pronto, por favor sigue ASÍ, trasladandonos al mismo sitio pero en lugares distintos.......otra vez ........CURIOSO

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  3. Me encanta saber de Pirulo y sus resonancias. Seguiré, y espero que con buena fortuna. Gracias amiga.

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  4. ¡Vaya “jartón” de recuerdos! ¡Menudo flashback! Lo del agua corriente no lo viví – en Vigo, ciudad, obviamente ya la teníamos por entonces – y no imaginé que diera para crear un escenario bélico de tomo y lomo, con trincheras, espías y tanto derroche de valor entre la merienda y la cena, y pactos de Sugus de por medio. Casi me recordaste a Gila :-) Lo que me perdí por no vivir en un pueblo, sanísima envidia me has dado.
    Veo que estabas en el tercio de los privilegiados, supongo que se correspondía con el tercio infantil “pudiente”, que engordaban el capitalito del tío Constante, hecho a golpe de dulces y de los deseos más deseables en tan tierna edad. Bonito imperio para un tipo tan poco dulce; unas sonrisas hubiesen dibujado el escenario perfecto, aunque más dulzor debe producir un caramelo entregado con mano amarga. Bazoka, monedas de chocolate, caretas, cromos, calcomanías, trapicheo de tebeos (incunables)…y hasta polvos tan refrescantes como este delicioso relato veraniego. Y había para todos, por lo que leo, La Pochola endulzaba lo suyo (y lo ajeno).
    También se ve que eras muy apañadita para las perrillas, cómo se aprende a gestionar cuando hay que devorar tanta ilusión. Y cuando se es mujer. Como hay dúo torero por el medio te digo ¡olée!

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    1. Hola Tucho: A veces me siento como el de "Aquellos maravillosos años" :-))
      Pero me gusta. Ahora que lo dices, lo de las trincheras si que suena a Gila, ja ja ja. Pero no era un pueblo, sino un suburbio de Madrid. Junto al Cementerio de Canillas, al otro lado del descampado donde se montaron los decorados de las calles de Moscú para el rodaje de Doctor Zhivago, en 1965. Yo no llegué a verlos, ese año ingresé en el internado de los horrores y ya no supe nada del mundo en cuatro años. Fue como despertar de una hibernación.

      Lo de ser pudiente que vá, mi padre era albañil, y entonces no ganaban lo que ganaron después. Pero fui hija única durante ocho años, y siempre andaba mendigando centimitos para "mis gastos". Recuerdo que un cumpleaños, sería el sexto o así, me regalaron un monedero de zapato lleno de estas moneditas, que no serían más de treinta, y me consideraba millonaria. Nunca había tenido tantas juntas.

      Y en respuesta a tu olé, me dan ganas de dedicarte la corrida, pero me recataré por el cariz que puede tomar el lenguaje devenido en jerga. ;-)))

      Un abrazo torero.

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  5. Dios, Mariaje!! Qué recuerdos!!! Todo lo que cuentas forma parte también de mis experiencias, quizá con otros nombres y en otros lugares, pero no falta nada. Ni siquiera la fuente a la que íbamos a coger agua porque en casa aún no teníamos... Mis recuerdos se fraguan fundamentalmente en los veranos de Cacabelos, en las vacaciones añoradas y ansiadas a lo largo de todo el año y en el reencuentro con los amigos desperdigados por diversos rincones de la geografía patria. Mi fuente era la de "los tres caños", quien regentaba la tienda de golosinas era Milagros "la vinagre" (creo que no hace falta explicar por qué), y mis escenarios de batallas el huerto de mi tía Josefa, donde los cerezos eran testigos mudos tanto de esos cambios de bando a golpe de sugus (bendita inocencia) como de unos besos robados al calor del juego de la botella... Afortunadamente, año tras año sigo reviviendo esos momentos tan entrañables y que tanto me han aportado en la vida (y creando otros nuevos), y lo sigo haciendo con aquellos compañeros de fatigas con los que nos batiamos el cobre y después limábamos asperezas compartiendo un baño en las aguas heladas del Cúa. Raquel Oscar, Imanol, Susana, Rois... todos están ahí cada mes de agosto, como siempre. Gracias por permitirme una pausa en la ardua cotidianeidad del momento y por provocar una sonrisa recordando todas aquellas andanzas...

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    1. Pues justo acabo de responder a Tucho, así que enlazo contigo.
      Créeme que es una gran satisfacción si alguna vez logro llevar cápsulas de tiempo y sonrisas entrañables al ahora de otras personas, y más si con ello respiran entre preocupación y preocupación.

      Sugiero que mandes el enlace a los cinco que nombras, no por el post, sino por tu comentario, que es precioso y les llevará calorcito del tuyo al corazón.

      Un abrazo linda. Pedazo de amiga. Pedazo de mujer.

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  6. Tengo una idea mejor. Voy a mandarle a Rois la dirección de tu blog para que él también se recree en tu lectura. Es un amante de la belleza y aquí rebosa por los cuatro costados.

    Gracias por tus ánimos, me vienen genial. Te quiero mucho.

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  7. Una de las fuentes que abastecían de agua a los vecinos del barrio San Fernando estaba en la carretera de Canillas, en la acera de los impares frente al número 48. En la esquina estaba el Bar Mariscal, luego la tienda de comestibles y el estanco, luego un par de casitas, luego la pescadería, y luego la Farmacia de D. Carlos, que ponía las inyecciones a todo el barrio San Fernando. Eso sí, cuando jugaba el Real Madrid y perdía, no fueras a ponerte una inyección, porque te podía clavar toda la aguja, sobre todo si eras forofo del Atleti o Barsa. A parte de eso era un señor servicial, con horario amplio y siempre dispuesto cuando le daban avisos para que fuera a pinchar, y su mujer, que era la titular de la farmacia, toda una señora, muy cordial y sencilla. Buena gente que se dice ahora.
    Luego estaba la taberna de Goyito, la panadería de la Goya, la churrería, un solar, la frutería de la Sra. "Ino", y la tienda de comestibles de Román.
    Salaca.

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    1. Gracias Salaca. Me has recordado algunos locales que se habían despistado de mi memoria. Mi madre era amiga de Fino, la hermana de Goya, que siempre iba muy requete bien maquillada.

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  8. Siempre me gustaron los tebeos, los devoraba!! Qué grandes recuerdos...

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  9. Me encantaban los tebeos, los devoraba!. Gracias por traerme esos recuerdos...

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    1. Gracias a ti por leerlos. Un abrazo grande. <3

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  10. A un par de descampados de tus zanjas estaban las mías. Zanjas, terraplenes y cientos de hombres trabajando en lo que hoy es la M-30. Por allí corrían El Príncipe Valiente, El Guerrero del Antifaz, El Capitán Trueno, Jabato... y yo tras ellos! Sin entender por qué tenía que ir al colegio y ellos no.
    Todavía hoy me hago esa pregunta.
    Qué bonito post!
    Gracias!!!

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    1. Gracias Canalla. Gusto en recibirte aquí, en el barrio de mi infancia vecino al tuyo. Siempre queda algo de los momentos únicos.

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