Busco, en el infinito azul, aquellas nubes que vigilaban mis juegos. Miro tan quieta que ni los pájaros me ven.
En las noches malditas soñaba con pétalos rojos, mariquitas y hormigas corriendo por mis dedos, en el edén robado, aquel trocito de patio que era mi mundo en miniatura.
En los años del expolio, tras las huellas de los monstruos, no añoraba otra luz que la de aquellos días, ni otro aire perfumado que el de los geranios.
Durante el saqueo anduve caminos sin destino cierto, con la visión perpetua de Ítaca y el corazón adormecido.
Desdoblo mis recuerdos como quien busca un tesoro perdido, joyas escondidas entre los pliegues de un lienzo renegrido. Incluso velado, su resplandor me alcanza. Basta para alumbrar toda una vida.
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