jueves, 28 de mayo de 2020

-11- Serie de relatos "Obras de la pintura". LA INOCENCIA


Vista de un jardín, de Johan Krouthén

El doctor Ernst Boman apareció en la puerta del jardín vestido elegantemente. Se quedó allí inmóvil, con el sombrero en una mano y el bastón en la otra, contemplando la idílica escena que en otros tiempos no muy lejanos y en plena batalla, compuso su fantasía para ayudarle a sobrellevar su angustia, y que ahora se materializaba en el fondo de aquel pequeño reducto creado para el descanso. 

La pequeña Gudrum, sentada en el césped entre arriates floridos, perseguía absorta a los pequeños seres que poblaban aquel universo verde, supervisada por su madre, la joven señora Boman, de nombre Mechtild, que de cuando en cuando levantaba la vista del poemario que esa misma mañana le regalara su esposo. A la caída del sol, irían dando un corto paseo por el bulevar central, donde estaba el restaurante en el que el doctor había reservado una mesa para celebrar el vigésimo séptimo cumpleaños de su esposa. 


Boman acababa de regresar de Estocolmo pocos días antes. Actuó de ponente en un seminario de medicina castrense, durante el cual relató sus experiencias como médico voluntario de la Armada Británica durante el Asedio de Jartum.

La niña se puso en pie y trotó en dirección a su padre, quien se agachó abriéndole los brazos con una abierta sonrisa.

—Papá súbeme hamaca  —rogó en su media lengua.

El hombre soltó una carcajada y se calzó el sombrero para liberar una de sus manos. Condujo a la chiquilla hasta el fondo del jardín y alzándola en brazos la depositó con cuidado en la hamaca. Se sentó al lado y la columpió con suavidad. La contempló divertido, gateando en el centro de la tela, luchando contra el bamboleo entre risas y grititos entrecortados.

Aquellas horas de esparcimiento, en la dicha tranquila del refugio íntimo, con la alegría sincera de Gudrum y el amor incondicional de Mechtild, eran para su espíritu la mejor medicina para olvidar las amarguras pasadas. Tanto horror acumulado, tanta impotencia. Cuántas vidas rotas en su lozanía, cuánto hedor a muerte y a pólvora, cuánta sangre amasada en el barro. Luchó por un ideal hasta que todo dejó de tener sentido, y se arrepintió de haberse alistado. Hasta tal punto que necesitó mudarse de Londres para regresar a su Suecia natal. Con Mechtild, que quiso seguirlo siempre hasta el mismo infierno. ¿Volvería a tener sueños tranquilos alguna vez?

Miraba a su hija y recordaba su propio estado de inocencia, cuando era un chiquillo que se revolcaba como ella en el jardín de sus padres, cuando la vida era un marco feliz y el cielo estaba lleno de preguntas por responder. La curiosidad era un pastel para comer sin prisas y los días algo que dejar pasar sin miedos. Ojalá pudiera ralentizar el tiempo, regalárselo a aquel ángel en sus blancos juegos, en sus coloridos sueños armados de plumas. Ojalá pudiera él mismo recuperar su paraíso perdido, y el mañana fuera un mundo de juegos por descubrir.

Miraba a su hija, y se quedó prendido de sus ojillos límpidos, de su vocecita aguda y risueña, de la seda rosa de sus mejillas, de las manitas blancas como mariposas que reclamaban sin saberlo todos los besos perdidos del mundo.

Entonces alguien llamó a la puerta. La señora Boman interrumpió su lectura del decimoquinto poema, y rogó a Dios que aquella tarde nadie se pusiera tan enfermo como para que el doctor Boman acudiera de urgencia.

Pintura: Vista de un jardín, de Johan Krouthén


Mariaje López ©

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