miércoles, 3 de junio de 2020

-13- Serie de relatos "Obras de la pintura". LAS VACACIONES SOÑADAS


(Sin título) Ilustración de Bernie Fuchs

Era el último día de las vacaciones. Laura y Pablo desayunaron tarde en la terraza de la habitación, entre aromas de café cubano y brisa salobre. El ponto ajustaba su contorno al cielo diáfano, como una falda cerúlea de lentejuelas que titilaban mecidas en el vasto paisaje. El calor no era excesivo todavía. 

Bajaron a la cala privada del Gran Hotel Emperador para nadar un poco y tostarse unos minutos al sol. Después hojearon un par de revistas a la sombra, degustando una cerveza helada y escuhando la respiración del mar hasta la hora del almuerzo.


Tras la comida se retiraron para dormir una plácida siesta, y al despertarse hicieron el amor. Pablo se mostró ardiente y delicado. En aquellos días se mostraba especialmente alegre, lo que llenaba de felicidad a Laura. el hombre fue el primero abandonar el lecho para ducharse. Luego se afeitó y empezó a vestirse, tarareando una melodía irreconocible. Ella le siguió. Cuando salió del baño envuelta en la toalla, él la tomó por la cintura y despacio, con suavidad, deslizó los dedos por su cuello y recorrió su boca minuciosamente con la punta de la lengua. 

—Termina de arreglarte tranquila —dijo una vez que se apartó—; yo te espero en la coctelería de la playa. ¿Pedimos lo mismo de ayer?
—Sí, por favor. Sabía delicioso.
—No tanto como tú —rubricó apartándole la toalla y mirándola de arriba abajo—. Me tienes loco, preciosa. Loco de amor. —La estrechó en sus brazos y la besó nuevamente. Se despidió con un guiño y salió de la habitación. 

Laura se puso su vestido preferido; de corte sobrio y entallado. La prenda le sentaba bien y el color naranja le transmitía vitalidad. Se cepilló la melena rubia platino, recién cortada y teñida para aquellas vacaciones, sustituyendo a su habitual pelo negro recogido en una coleta. A Pablo le fascinó aquel cambio de imagen. Volvió a mirarla como al principio, cuando empezaban a enamorarse. Estaban viviendo una segunda luna de miel. 

Decidió ponerse los tacones, aunque se le hundirían con toda seguridad en la arena, porque después del cóctel irían a cenar al Habana Blues. Cuando se reunió con Pablo adivinó en su gesto un signo de admiración. 

—Te ves deslumbrante, querida. 
—Gracias —respondió sonriente—. No podía desmerecer de ti. También estás guapísimo.

Pablo acepto el sincero piropo. Le ofreció un pitillo a su mujer y se encendió otro para él. El barman terminaba de prepararles el mismo cóctel de su invención que les diera a probar la tarde anterior. Todo se antojaba perfecto y Laura deseó que el tiempo se detuviese. No le apetecía en absoluto volver a la rutina madrileña. Todavía no. Solo quería disfrutar un poco más de todo aquello... y del renovado amor de Pablo.   

*** 

Se despertó con el paladar reseco. La hinchazón de nariz apenas la dejaba respirar. Tenía el cuerpo dolorido y magullado por la paliza del día anterior. Estaba sola en la casa. Fabio, su marido, se había marchado temprano a trabajar en la obra. Mejor así. Al menos el tiempo que él estaba fuera podía ser ella misma. O lo que quedaba de ella. Pero según avanzaba la tarde sus nervios se iban tensando, y el nudo en el estómago le quitaba el poco apetito. Cenaba sin ganas, y solo para que él no montara en cólera. 

Por un lado deseaba que la hora de la llegada se retrasase lo más posible, por otra parte sabía lo que las horas extra significaban: más alcohol en sangre y más violencia. Y ahora ya no temía solo por ella. Se palpó el vientre abultado, diana predilecta de sus ataques. Cualquier día le reventaba el útero de una mala patada. 

Llamaron a la puerta pasadas las doce. Habrá perdido las llaves otra vez. Un horror indomable le heló la sangre, apenas logró dar un paso. Golpes en la entrada. Será peor si no abro ya

¿Estaría soñando o de verdad era él quien la miraba desde el rellano?

—Laura... soy yo. Pablo. 

Ella no respondió. Los sonidos se demoraban en llegar a su garganta. Por supuesto que lo había reconocido, a pesar del tiempo, de las sienes plateadas, de los surcos en la frente y de aquella barba tan meticulosamente recortada. 

—He querido venir a decírtelo yo, Laura, porque estaba allí. Tu marido ha tenido un accidente. Murió en el acto. Sin sufrir.

Ella no dijo nada. No preguntó nada. Sin sufrir, pensó, y rompió a llorar. Pero sus lágrimas no eran por Fabio. Eran por Pablo. Por Pablo y por ella. Y por el hijo liberado de su posible asesino. 

—Tengo tantas cosas que contarte —logró decir al fin. 

Pablo le tendió la mano, sonriendo. 

—Vamos, te acompañaré.

Ella le devolvió la sonrisa.

—¿Para siempre?
—Sí. 

Pintura: (Sin título) Ilustración de Bernie Fuchs


Mariaje López ©

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