lunes, 11 de diciembre de 2017

Nadar en el barro



Imagen: Yeison Gualdrón



Asomarse a la maravilla que somos al nacer, encontrar el hilo de la pureza nativa, ese frágil equipaje con el que llegamos al mundo, el milagro evolutivo que somos... tocar esa grandeza es imposible aterrizados en la edad adulta, si no se parte del conocimiento de nuestra miseria. 

Para querernos es preciso admitir que no somos como nos gustaría ser, ni mucho menos perfectos, como al nacer, para desde esa certeza avanzar sinceramente hacia algo mejor. Únicamente en la aceptación de lo que somos, sin tunear las sombras, podremos ofrecer al mundo y ofrecernos en primera persona lo mejor de nosotros. 

Esta será sin duda la mayor conquista de cada día, convivir con esa parte reprimida de nosotros que no nos gusta, deseando mejorarla de forma honesta, sin traicionarla ni querer ignorarla, enterrarla viva —tan viva—, a veinte metros bajo el suelo. Es preciso mirarla de frente, y hasta de perfil, para aprenderse su anatomía al milímetro, para saber cómo respira. Hemos de hacerlo si lo que esperamos es llegar a amarnos como necesitamos. Es preciso hacerlo para consolar ese anhelo de sentido, para suturar el caos en nuestras vidas y no acabar siendo también el caos en los otros. 

Para tocar las estrellas de la pureza nativa, o lo que de ella quede, primero hay que aprender a nadar en el barro. 


Mariaje López
Licencia Creative Commons Tu  escritora personal por Mariaje  López se encuentra bajo una Licencia  Creative Commons Atribución-NoComercial-

domingo, 26 de noviembre de 2017

La tristeza de que te llamen valiente


Hace unos días conté en la red la agresión machista que hace varios años sufrí en el portal de mi casa alcalaína a las once de la noche, cuando regresaba de ver una obra de teatro en Madrid. La violación propiamente dicha no llegó a consumarse por la llegada providencial de un hombre que paseaba cerca con sus dos grandes canes. Ninguno de mis vecinos acudió en mi ayuda, pese a que grité mi nombre entre pedidos de auxilio.

Lo conté porque alguien —lamentablemente mujer—, había comentado en redes, a propósito del juicio de La manada: "Yo chillaría, era un portal". Pero no es esta infamia de una mujer contra la víctima, y de paso contra todas las de su género, el asunto de este artículo.

A raíz de mi declaración, fueron varias las mujeres que se solidarizaron y me dijeron que era muy valiente al contarlo. ¿Sabes, tú que me visitas, lo que se siente cuando te llaman valiente por contar algo así? Son reacciones encontradas: por un lado gratitud por esa mano en el hombro de quien probablemente haya sufrido también abusos, como el 98% de las mujeres, de cualquier tipo. Son tantas las maneras de vulnerar la dignidad y el derecho de una mujer, sutiles o burdas, aparentemente inofensivas o abiertamente delictivas, que no hace falta ser un lince para deducirlo. El apoyo de mis iguales féminas es por ello doblemente conmovedor y merece afecto.

El problema está, precisamente, en que sea necesaria la valentía para dar cuenta de una agresión machista. No hace falta ser valiente para denunciar ninguna otra cosa que no esté relacionada con el cuerpo de la mujer. Basta con reclamar justicia. Eso nunca es suficiente cuando se trata de una violación, o de cualquier otro maltrato infligido a una mujer por el mero hecho de serlo. Así que es muy triste que todavía haya que hacer acopio de valor para denunciarlo. Eso por sí solo retrata la sociedad en la que esa circunstancia se produce. 

Tristeza de que el valor lo deba tener la víctima, valor de confesarse víctima, valor de plantar cara al injusto prejuicio, prejuicio infame. Rabia de que tener senos y vagina sirva de excusa perfecta para poner en tela de juicio mi integridad ética, y de que de ésta, sea cual fuere, se deduzca mi condición de víctima-culpable. Ese oxímoron repulsivo.

No tendríamos que ser valientes cuando solo esperamos justicia. 


Mariaje López

lunes, 6 de noviembre de 2017

La Mentira y la Verdad se fueron




La Mentira y la Verdad, cayeron en manos de los hombres y las prostituyeron. Tuvieron hijos con ellas y en sus orgías, las mezclaron del tal modo que ya no las distinguían. 

La Mentira y la Verdad, extenuadas, acordaron huir lejos de la ciudad de los hombres. Y los dejaron languidecer solos, en el vacío de su enajenado grito. 

***


Mariaje López

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sábado, 28 de octubre de 2017

La luz del silencio






Vivimos inmersos en el ruido. Ruido, ruido, ruido. 
Ruido fuera, ruido dentro. Siempre ruido... 
Y el ruido nos ensordece, dificulta las relaciones, encarece la comunicación. También la que ha de producirse con nuestro interior. 

Hay sordos y mudos que logran comunicar más y mejor que quienes hablamos y oímos, muchas veces sin llegar a decir nada, casi siempre sin escuchar.

Cuando era jovencita soñaba con encontrar el amor total; un compañero con el que pudiera comunicarme plenamente a todos los niveles. La comunicación era para mí, y sigue siéndolo, lo más importante. Comunicar y comunicarme con lo arcano de mi ser. Parece algo natural, mas ni es tan fácil, ni tan frecuente.

Ignoraba hasta qué altura hemos levantado murallas, cuando el otro está a un toque de clic, el grosor de las barricadas que la ausencia de empatía puede interponer. 

Los silencios anímicos no buscados, como la soledad impuesta, son duros estados del ser que lo oprimen y aniquilan. En ellos raramente penetra un rayo de luz. Por eso, solamente una sincera y profunda comunicación puede iluminar el silencio.

Es la luz del silencio la que habla, cuando todo lo demás calla. La única que vence al ruido.

Y La luz del silencio es el título de una obra de Salvador Robles Miras, basada en su realidad familiar. Un relato intimista y veraz narrado con hondura, cariño, y una profunda admiración hacia los protagonistas. Encontramos en él una sabrosa y equilibrada mezcla de grandeza y sencillez. La misma combinación de grandeza y sencillez que encontramos en los hechos que narra: el día a día de un hombre de cuarenta años, al que una enfermedad incapacitante deja atado a una cama desde los diecinueve años, y de por vida. Una vida rota que son dos, porque con él y a su cama se amarra la vida la madre, con la que solo puede comunicarse a través de la mirada. Ahí reside la la luz; la luz del silencio, en los ojos del hijo hablando a la madre, y en los ojos de la madre escuchando al hijo. 

Mucho silencio, pero también mucha, muchísima luz.

Un homenaje que desgrana Salvador en cuatro capítulos, cuatro ventanas al último tramo de vida de un hombre que no desea vivir, y que sin embargo, ama la VIDA con mayúsculas. A través de su mirada accedemos a su mundo horizontal, y en sus palabras pensadas leemos la letanía de su sentir desesperado: “Si tan solo pudiera”… nos repite una y otra vez.

Si tan solo pudiera expresarme de palabra… si tan solo pudiera regular el volumen de la radio y cambiar el dial… Si al menos pudiera mover las manos… Si pudiera eso… creo que lo aceptaría todo mejor.

Miguel, que así se llama el protagonista, analiza desde su inmovilidad la vida y la muerte, la enfermedad, el circo mediático que le llega por las ondas, la falacia social; nos invita a la reflexión, y después, en un ejercicio de lucidez, tras la crítica, se pregunta si en condiciones normales él no actuaría de la misma forma que aquellos a los que juzga. Y es que, paradójicamente, la movilidad nos convierte en más proclives a la inconsciencia y el automatismo. La autonomía, increíblemente inconsciente, nos hace mecánicos. La consciencia y la sabiduría necesitan quietud para prosperar.

He reconocido en esta novela el germen de temáticas desarrolladas posteriormente por el autor. Así, el periodismo, la política y el deporte, son la base para la reciente trilogía de género policíaco protagonizada por el sagaz inspector Telmo Corrales: La exclusiva del asesino, Troya en las urnas y El delantero centro se niega a jugar, respectivamente. También se habla de refilón sobre terrorismo,  tema que abordaría Salvador después más ampliamente en su maravillosa novela Contra el cielo, alegato conmovedor y valiente, escrito en Bilbao en la época en la que en el País Vasco E.T.A. todavía esgrimía sus pistolas calientes, con las que trataban de imponerse secuestrando personas y libertades.

Mariaje López

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lunes, 9 de octubre de 2017

El Potlach




El consumo no siempre va unido al prestigio, en cambio el prestigio acostumbra a ir del brazo del consumo. Eso lo sabe todo el mundo. Lo curioso es comprobar hasta dónde se puede llegar para conseguir ese ascendiente. 

El Potlach es una ceremonia que hasta el siglo XX todavía se celebraba entre algunos pueblos amerindios del Pacífico Norte de Estados Unidos y Canadá. Consistía en que el jefe de una tribu invitaba a otra a un festín donde se la obsequiaba con preciados objetos y alimentos, a fin de demostrar que su estatus era el más alto. Se obtenía así prestigio a cambio de regalos. Como suele ocurrir, las escaladas de cualquier tipo acaban rayando en la locura. En muchas de estas celebraciones se llegaron a quemar esos bienes —que no siempre sobraban precisamente, sino todo lo contrario—, e incluso ardían las cabañas donde tenían lugar esos banquetes. Tal vez habría que enfrentarse después a padecer hambre, pero todo se sacrificaba en aras de la apariencia, del prestigio. 

Tomando como punto de partida esta tradición, y trasladándola a la sociedad moderna de consumo, Coral Igualador ha escrito el guión teatral de El Potlach; abriéndonos las puertas de una escuela para jóvenes ejecutivos, futuros empresarios, cuyas pautas de aprendizaje no están tan alejadas de la realidad como pudiera creerse. El método es simple pero eficaz: se toman ejemplos de situaciones cotidianas y se les aplican las correspondientes dosis de los valores "adecuados". Y así, de forma sistemática, quedarán implantados en el ideario del futuro triunfador. Con solamente una condición: el cursillista deberá estar dispuesto a todo; cualquier cosa en aras de obtener prestigio. Prestigio retroalimentado por el consumo, y así en una rueda creciente girando sin fin. 

La puesta en escena es sencilla pero efectiva; sorprendente por ejemplo, el resultado escenográfico que puede lograrse con unas cuantas perchas en movimiento. Los actores, seis en total, llevan a cabo un trabajo impecable, bordando tanto los momentos de tensión dramática como los de comedia, con Yeyo Bayeyo al piano y la chamdra, marcando los tiempos y temperaturas de la acción, y ayudándola a avanzar con las melodías apropiadas. Eso sin abandonar su faceta de actor. Casi al final, asoma un guiño orweliano que me hizo recordar aquella consigna musical de la granja rebelde: "Cuatro patas bueno, dos patas mejor". Discutible consigna, por cierto, yo me entiendo. 

En definitiva un rato que se pasa volando, sabroso y divertido, con el sello comprometido de El Experimento Producciones, compañía con un plantel envidiable de actores y actrices, dirigidos por la prolífica escritora y también actriz, Coral Igualador. Vayan a ver El Potlach; no se arrepentirán. 

Mariaje López.

Autora y dirección: Coral Igualador
Intérpretes: Susana Álvarez, Fernando Bodega, Marta Fuenar, Luis Turpín, Fran Valcarce, Yeyo Bayeyo
Música en directo: Yeyo Bayeyo
Compañía: El Experimento Producciones

Fecha: el Domingo 15 de octubre de 2017
Horario: a las 20:30h
Lugar: Teatro La Usina - c/ Palos de la Frontera, 4 -Embajadores- (Madrid)
Reservas: 
91 468 47 54 / 670 580 570
teatro@lausina.es
Para más información:




domingo, 8 de octubre de 2017

BLADE RUNNER 2049.



Corría una tarde de 1982 cuando yo merendaba plácidamente frente al televisor, y vi un tráiler donde aparecía una ciudad que me recordaba a la Metrópolis de Fritz Lang, con anuncios de plasmas gigantes, inusuales en la época, y coches voladores transitando una ciudad futurista y decadente. De inmediato suscitó mi atención. Y fui a verla.

Cuando salí del cine, sabía que lo que había visto y oído permanecería en mi memoria mucho tiempo. Blade Runner, aquella historia de cine negro retrofuturista, precursora junto con Alien del ciberpunk en el séptimo arte, me cautivó. Una estética sorprendente para la época, arriesgada, y tan cuidada que nunca pasará de moda, una música de Vangelis maravillosa, una pregunta fundamental: ¿qué nos convierte en humanos? Y, ¿es eso garantía de que somos el mejor producto posible? Blade Runner es cine negro, futurista, distópico, ecologista, filosófico... Blade Runner es poesía, belleza y tragedia, esperanza y desesperanza en permanente duelo, advertencia, y hasta súplica. Blade Runner es una obra maestra incombustible e incontestable. 

Nadie se atrevió —hasta que llegó Denis Villeneuve— en treinta y cinco años, a abordar una secuela, sabedor cualquier pretendiente, de que el público afecto a la original exigiría que una secuela estuviera a la altura de este mito del celuloide. ¿Lo consigue Blade Runner 2049? Sí y no, en mi particular y humilde entender de simple espectadora. 

Sí, en cuanto a la parte visual y técnica: la película tiene un diseño repleto de belleza y cuidado, la fotografía y la ambientación son maravillosas.

El argumento es sencillo, como lo era en la original, pero carece de la profundidad y riqueza de matices que tiene la cinta de 1982. Aquí los personajes son planos; al menos a mí me han dejado bastante fría, sin llegar a tocarme la fibra, aunque lo intentan con unas lágrimas que no me convencen. La música de Jöhann Jöhannsson, Hans Zimmer y Benjamín Wallfisch, me saca a veces de la historia y en alguna ocasión me hace sospechar que quiere cubrir carencias interpretativas. El ritmo de Blade Runner era más bien lento; entonces todavía se valoraban las películas por otras cosas, en lugar de mayoritariamente por la cantidad de acción. En la secuela se tiene eso en cuenta y aunque no carece de escenas trepidantes, también concede tiempos a la pausa dramática, no siempre bien gestionadas. En dos ocasiones tuve tiempo y ocasión de salir de la trama, recordar algún asunto privado y volver a entrar.

No obstante he de decir que no traiciona, aun en su manifiesta superficialidad, el espíritu de la obra a la que alude, y que es una buena película de ciencia ficción, digna de ser vista y disfrutada —eso sí, llévense un aperitivo porque el metraje es largo—. Mi recomendación es que vayan a verla si les gusta la ciencia ficción, contemplarán escenas de alto impacto que se grabarán en su retina. De eso, a dar la talla como sucesora de Blade Runner, hay un precipicio.

Solo es mi opinión. 



Mariaje López.

Tu escritora personal por Mariaje López se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial.

lunes, 31 de julio de 2017

Te seguiré queriendo




Cuando esta piel, tersa aún, languidezca, y deje de beber el agua que su necesidad reclama... 
Cuando estos ojos, espejos que todavía brillan, se apaguen en el destierro de su cegadora llama... 
Cuando esta boca, que incesante arropa la desnudez de tus labios, se agite interrogante y temblorosamente pálida... 
Cuando estos pies, todavía ligeros, trastabillen y equivoquen el lento paso... 
Cuando estas manos, sembradoras de versos, no encuentren ya palabras que arrojar al surco, ni cosechas con que engalanar tu cuerpo... 
Y cuando este corazón, que galopa tierra y vientos, encuentre al fin un remanso donde descansar quieto... 
Entonces... todavía entonces... yo te seguiré queriendo. 


Mariaje López.

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lunes, 17 de julio de 2017

Los puentes caídos




Uno puede querer rectificar a veces, para volver a lo de antes, para recuperar lo perdido. Mas lo que se perdió, perdido está.

Con perseverancia en la nueva construcción se levantarán otros puentes, para llegar a orillas quizá mejores. Pero nunca podrán ser los mismos puentes que se derrumbaron.

No importa, mejor así. Abracémonos al esplendor de lo diferente, de aquello que con amor nos esforzamos en construir. Y quizá nos sorprenda el otro lado, ahora lejano.


Mariaje López.

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miércoles, 28 de junio de 2017

Oración a la Paz


Tristeza infinita por una vida perdida. Por varias. Por tanto sufrimiento y dolor. A veces llanto amargo, desesperado. A veces silencio profundo como la muerte. Llanto por la pérdida anticipada, antes del final definitivo. Llanto por lo que no supimos comprender de esa pérdida.

Pero estamos aquí y no podemos desandar lo andado ni cambiar las cosas que no dependen solo de nosotros. No entendemos nada, pensamos que la vida es un despropósito, como los humanos; y queremos abandonar, rendirnos.