miércoles, 21 de febrero de 2018

No vale la pena.



Foto: Mariaje López





















No vale la pena querer abrir caminos
de lágrimas en un desierto de sal.
Ni bracear exhausta en los vertederos,
ni agonizar bailando en el infierno.

No vale la pena acumular hojas rotas,
ni dibujar risas en el lodazal,
ni coser las alas de las mariposas muertas,
ni sacrificar la paz en el intento. 

No vale la pena que me parta,
no vale la pena que me rompa,
no vale la pena que te busque.

Si tú no quieres buscarme,
si tú no quieres partirte,
si tú no quieres romperte.

Si tú cierras los caminos,
si no levantas las hojas,
si no regalas las risas, 
ni bailas en el infierno
ni buscas entre la sal.

Para dejar de partirnos,
para dejar de rompernos,
para cosechar las risas,
para recobrar las alas,
para bailar los caminos
y enamorar al silencio.



Mariaje López © Tu  escritora personal por Mariaje  López se encuentra bajo una Licencia  Creative Commons Atribución-NoComercial.


miércoles, 14 de febrero de 2018

Si todo fuera valle


Pintura de Robert Volcker

En la amplitud del valle mi corazón se ensancha, vuela, se esclarece. Galopa el aire sobre el paisaje, por la vereda huidiza de un cielo inquieto. En la marea de tus ojos verdes me detengo.

Si fuera la vida siempre este valle, si fuera todo mirar, y mirarte... confundir tus ojos con las praderas tiernas, mezclarte con el rojo vivo y el azul ingrávido, enredarte en el blanco sediento de mi falda.

¡Si todo fuera valle, verdor y besos!


Mariaje López © Tu  escritora personal por Mariaje  López se encuentra bajo una Licencia  Creative Commons Atribución-NoComercial.

viernes, 9 de febrero de 2018

Nostalgias


Pintura de Catherine Abel


La inconsistencia terca de la fugaz vida,
la fortaleza implacable de la muerte,
mi suerte
constantemente herida, bendecida a ratos,
y a ratos malquerida.

El esplendor brumoso de los felices días, 
la eterna brevedad del instante inmóvil
e inerte,
sombra fría en mi costado penitente
llama que antiguamente ardía. 



Mariaje López © Tu  escritora personal por Mariaje  López se encuentra bajo una Licencia  Creative Commons Atribución-NoComercial.







miércoles, 7 de febrero de 2018

El filo de la montaña





Parado en el filo de la montaña. 
A tu izquierda la ladera umbría, el aire gris helado. 
No atisbas signos de vida. 
A tu derecha brillan las praderas húmedas 
como una alfombra esmeralda bañada en sol. 
Las reses pacen tranquilas. 
Parado en el filo de la montaña, 
sin moverte del sitio, sin nadie que estorbe.
tú eliges dónde mirar. 


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lunes, 5 de febrero de 2018

Los ojos del gato




Sara había llegado a detestar a su padre, un hombre huraño y terco. Nadie soportaba mucho tiempo su compañía, ni él soportaba la de nadie, salvo la de su gato, un animal grande y negro, con los ojos más azules que el mismo océano. 

Ella estaba convencida de que el felino era la reencarnación de algún santo, por el cariño y la complacencia que le demostraba en todo momento, aunque justo es decirlo, el viejo le trataba bien. 

Aquel gato era muy viejo y enfermó gravemente, los veterinarios no pudieron hacer nada por él. El hombre no fue capaz de matarlo, ni de dar consentimiento para que lo ayudasen a morir. Sara estuvo acompañando su agonía, tumbada en el suelo frente al mar de aquellos ojos hipnóticos. 

—Tenías que haberle puesto la inyección, y no estaría pasando por todo esto. Eres un viejo cabezota.

El padre no dijo nada, estaba demasiado asustado y se sentía culpable por no haber tenido la entereza de evitarle a su peludo amigo tanto sufrimiento. 

Dos horas interminables estuvo Sara en el suelo, sus ojos fijos en los del gato, los del gato fijos en ella. Sintió como el perdón la inundaba, como le llegaba en oleadas todo el amor que aquel animal sentía por el viejo, mientras la vida se le escapaba. 

Cuando al fin expiró, Sara miró al hombre tras la cortina de lágrimas. Estaba viendo a su padre con los ojos del gato. 


Mariaje López © Tu  escritora personal por Mariaje  López se encuentra bajo una Licencia  Creative Commons Atribución-NoComercial.

jueves, 1 de febrero de 2018

La autora de Las Meninas




Se despide estos días, en el Teatro Valle-Inclán y después de prórroga, la obra de Ernesto Caballero  La autora de Las Meninas, uno de los grandes éxitos de la cartelera madrileña. 

Con una escenografía aparentemente sencilla y altamente eficaz de Paco Azorín, asistimos al desarrollo de una original distopía, en la que se nos describe una Europa en recesión, año 2037, con evidentes ecos warholianos. Los ricos diálogos satirizan las imposturas del arte y la vanidad del artista, pero también llama a la consideración que merece el arte genuino. Velázquez puede ser ahora un clásico, pero en su tiempo fue vanguardista y transgresor. Me atrevo a decir que lo sigue siendo, sobre todo para el artista moderno que bebe hoy de la misma prodigiosa fuente, esa que conjuga la inspiración con una atenta mirada, la necesidad creativa con la valentía de abrirle cauces. El arte genuino tiene profundas razones para ser como es. A la copia que se arroga el mérito del original solo le atrae la popularidad. El valor de lo auténtico se subvierte en la estulticia de lo puramente imitativo. Es la superficialidad más nefasta, la carcoma que mina el arte y con él la expresión más elevada que el ser humano puede obtener de sí mismo.

La cristalización, aterradora por verosímil, de esta amenaza, es el espejo de nuestros miedos colectivos, de nuestros presentimientos, en el que nos miramos esperando exorcizar los demonios que nos acorralan. Más el espejo nos devuelve la imagen de nuestra locura megalómana, la enajenación cautiva del populismo. Algo o todo de esa modernidad líquida de la que habla Bauman, y la pérdida del alma mística de lo auténtico. El populismo como antídoto pseudoético, la equiparación de lo ínfimo con lo excelso, de lo sublime con lo vulgar; la amalgama insidiosa de lo correcto con lo conveniente, conceptos que no siempre coinciden. Y por ende, esa justificación de lo intolerable con argumentos pueriles que se aceptan sin apenas crítica. Todo ello servido como mejor sienta, guarnecido de humor. 

El trío de actores que interpreta esta obra, nos la hace creíble con una inquietante naturalidad. La catalana Mireia Aixalá encarna a una directora del Museo del Prado indeseable, resultando no solo convincente, sino evocación prototípica de sujetos que perdiéndose en su poder —poder prestado—, nos pierden. 

Me impresionó la actuación de Francisco Reyes, carismático en su papel de vigilante ¿o diablo? Todo un descubrimiento para mí, este actor con cierto aire a lo Matthew McConaughey en sus últimas y más brillantes actuaciones.

Lo de Carmen Machi es sobrenatural. No hay cámara ni pantalla que llegue a hacer justicia a lo que es esta mujer en escena. ¡Qué recital interpretativo! ¡Qué perfección! 

En el curso de dos horas Machi transita todos los registros imaginables, modulando en cada instante el caudal de voz y el gesto preciso. Machi es algo más que impecable; es un prodigio. Toda ella rezuma arte: no hay mirada, ni sonrisa, ni acento, ni giro, ni silencio, ni grito, ni un solo gesto que sobre, ni que falte. Todo es lo exactamente preciso, lo adecuado, lo que más aporta. Sabiduría de tablas inmensa, oficio y maravilla que impide apartar los ojos. Mantener ese nivel de perfección durante dos horas seguidas, sin salir de la escena ni un segundo, es lo que se llama en el contexto —y aquí donde la protagonista es una monja, contexto por partida doble—, actuar en estado de gracia. 

La autora de Las Meninas, por todas estas razones, es una de esas veladas teatrales que uno jamás olvida. 


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martes, 30 de enero de 2018

Justicia en tres actos: Acto III (La madre) 2ª parte y final


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JUSTICIA EN TRES ACTOS

Acto III (La madre) 2ª parte y final




—Déjame pasar al baño un momento —rogué con un guiño voluptuoso. 

Entorné la puerta dejando sólo una fina rendija abierta, lo justo para excitar su imaginación, y me quité toda la ropa. Saqué una hoja de afeitar de la cajetilla, la despojé de su envoltorio y guardé el resto en un bolsillo. Afortunadamente tengo un par de glúteos entre los que puede esconderse fácilmente una cuchilla. Bendito culo. Un cobijo arriesgado pero eficaz. Hice un gurruño con mis prendas y lo sujeté entre ambas manos como si fuera un balón. 

—Adelante —le invité con voz melosa.

lunes, 29 de enero de 2018

Justicia en tres actos: Acto III (La madre ) 1ª parte


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JUSTICIA EN TRES ACTOS

Acto III (La madre) 1ª parte


No me atrevo a comulgar con un pecado mortal sobre la conciencia. Necesito confesarme, pero en una iglesia donde no me conozcan. He dicho a mi hija que pasaré el día en Madrid, y así será, pero no con una amiga. Iré a Medinaceli: por sus confesionarios pasan multitud de fieles y es raro que los conozcan a todos. Aun así he tomado precauciones camuflando mi pelo rubio con un gorro, y maquillándome en el aseo del tren desvirtuando mis rasgos: de algo ha de servirme mi oficio, además de para embellecer a las estrellas mediáticas. No es estrictamente necesario que me disfrace, pues el secreto de confesión me ampara; pero por si las moscas conviene dejar pistas falsas.

domingo, 28 de enero de 2018

Justicia en tres actos: Acto II (La hija)


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JUSTICIA EN TRES ACTOS

Acto II (La hija)

Tengo la regla y encima he amanecido con un dolor de cabeza horrible. Mi madre dice que he dormido de un tirón, no como las otras noches, que siempre me despierto varias veces. Mientras desayuno pongo la tele, y menudo sorpresón: han encontrado al cura ese del Tribunal Eclesiástico, el que se encargó de defender su causa de nulidad matrimonial, desangrado en la bañera. Aparentemente se trata de un suicidio. Por lo visto estaba siendo investigado por abusos sexuales reiterados a una menor, fue hace más de diez años. La víctima no lo denunció hasta ahora y asegura que ha recibido amenazas disuasorias. ¡Vaya con el curita! No puedo decir que me sorprenda mucho, el tipo me caía fatal. Venía por aquí más de la cuenta, incluso ya resuelta favorablemente la sentencia de nulidad. Yo creo que andaba detrás de mi madre el viejo. Claro, que no me extraña… ¡es tan guapa! 

sábado, 27 de enero de 2018

Justicia en tres actos: Acto I (El sacerdote)

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JUSTICIA EN TRES ACTOS

Acto I (El sacerdote)

Ahora puedo contar lo que pasó, y hasta desmenuzar sus pensamientos, ya que a día de hoy nada se me oculta.

Diré que hace dos noches María administró a su hija adolescente un somnífero en la cena. Luego esperó a que se durmiera, y ya de madrugada, intranquila, sacó una bolsa negra del fondo del armario y revisó su contenido: una peluca castaña de corte masculino, una discreta barba postiza, la copia de la llave de mi casa -extrajo la original del bolsillo de mi abrigo, colgado en el perchero de la sacristía mientras yo celebraba la misa vespertina-, un paquetito de cuchillas de afeitar y unos guantes de vinilo. Diré también que ocultó su larga melena rubia bajo la peluca, y cubrió su bello rostro con la barba, tras lo cual abandonó la casa de madrugada, en medio del mayor sigilo. Se cruzó por el camino con dos noctámbulos a los que ningún despertador perturbaría en la mañana, y que la tomaron por un igual. Invirtió catorce largos minutos en caminar deprisa hasta el portal de mi casa. Una vez allí, seleccionó en su móvil mi número de teléfono.