lunes, 13 de mayo de 2013

Doce Meses de Cocina

Estaba a punto de casarme, y en la cocina no había ido más lejos de mondar patatas, deshebrar judías verdes y cocer huevos; fritos por mí nunca se habían visto en la casa. De la cocina se encargaba mi abuela materna, que admitía poco rato a intrusos en sus dominios, especialmente si eran inútiles, categoría que al parecer, me había asignado desde la infancia.

Ya mi futuro cónyuge me había preguntado a qué esperaba para aprender, y en vez de mandarle a freir espárragos, orden muy apropiada para el caso (menos mal que no lo hice, me habría perdido a Verónica), le respondí la verdad: que yo era persona non grata en mi casa, particularmente en la cocina. En estas me llegó el ejemplar correspondiente de la revista Selecciones, a la que estaba suscrita, y me encontré con este anuncio:




Dicen que la casualidad no existe, y aun si no era el destino quien me lo enviaba, al menos había sido oportuno, ya que nada más casarme iría a vivir a Figueras, y allí tendría que vérmelas a solas con los pucheros por primera vez, así que lo compré. Selecciones me ofrecía la posibilidad de pagarlo en cinco plazos de 325 pesetas, y lo podría tener una semana a prueba en casa. Si no me satisfacía, la devolución se haría sin cargos. Eran otros tiempos.

Así obtuve mi primer libro de cocina; un maestro que todavía me acompaña; aunque treinta y seis años juntos le han dejado cicatrices de trinchera: el lomo remendado cuatro veces; archipiélagos de manchas en varias hojas accidentalmente adquiridas; y el extremo de la cinta marcadora roja, tan relamido que ya apenas logra cumplir su función. Pero ahí sigue, con la dignidad de un viejo guerrero luciendo sus insignias.




¿Te sorprenderá mucho si te digo que después de Las Mil y Una Noches, este libro es el que más me ha hecho soñar? He tenido y tengo, otros tratados de cocina, y muy buenos, pero la gran aventura la hicimos juntos éste y yo. Sus páginas me abrieron nuevos mundos, todo un catálogo de sensaciones: olores, sabores, colores, rituales y hasta epopeyas.

El libro no sólo me enseñaba sus recetas, además me explicaba el origen de muchas de ellas, sus pequeñas historias, y la procedencia de sus nombres. Como por ejemplo el de uno de los platos estrella de la cocina turca; el Imán Bayildi, nombre del santón del islamismo que, según cuenta la leyenda, se desvaneció de placer cuando lo probó. Me salió bastante bien, y lo juzgué digno de su fama, aunque los piñones y la canela también harían lo suyo.

Déjame ahora abrirte el libro. Te describiré brevemente sus secciones. Savarín escribió en el prólogo que su primer acierto había sido "dirigir la cocina adaptándola al mercado". No fue el único. Veamos:

EL ARTE DE SABER COMPRAR: Unas cuarenta páginas para ayudarte en lo que enuncia.





RECETAS PARA DOCE MESES: Más de 250 páginas, el grueso del libro, que se distribuye como sigue:

Cada mes viene encabezado por su índice de recetas, acompañado de una pieza del refranero español referido conjuntamente al mes en curso y a la comida propia de la estación. A esto sigue una relación de los productos de temporada, con los que se elaboran todas las recetas del mes. Se distribuyen por apartados: así tenemos Sopas y primeros, pescado, carne, volatería y caza, arroz y pasta, verduras y ensaladas, postres y dulces. Termina el mes con una sección de platos rápidos.






LAS TÉCNICAS BÁSICAS: 50 páginas con los fundamentos del arte culinario.

También se dedican espacios a los vinos, el equipo de cocina y la congelación. No era despreciable para mí el glosario de términos que precedía al índice general, pues algunos me resultaban bastante desconocidos.



Recuerdo bien el protocolo que yo seguía. Lo reproduzco últimamente con menos frecuencia, aunque pienso en retomarlo. Cuando empezaba a experimentar con mi manual de las delicias, elegía cuidadosamente la receta de turno, y elaboraba la lista de ingredientes, también por apartados. Recorría luego las tiendas hasta encontrar ese producto esquivo que faltaba, pues en aquellos años y por los barrios en que me desenvolvía, aún no primaban los estantes interminables saturados de mercancía. Las pequeñas tiendas de comestibles, en mi niñez llamadas de ultramarinos, no daban opción a perder demasiado tiempo eligiendo.

Una vez realizada la compra, me instalaba en la cocina, con mi libro abierto en un atril situado lo más lejos posible de los fogones. Esto era decir muy poco, dado el reducido espacio de la habitación. No pude evitarle alguna que otra metralla a mi leal camarada. Si había vino en casa me servía una copita, para celebrar a sorbos el avance de la receta, que por lo común remataba dignamente. 



Cuando estrenaba plato, me gustaba mejorar el aspecto de la mesa. La cubría con un mantel bien planchado, y componía un centro con flores y velas. Usaba las copas de cristal fino y los platos de mi modesto ajuar, que todavía perdura. Solía quemar algunas esencias a tono con las viandas; unas veces de limón o bergamota, de canela, o de romero. Me disponía para una degustación pausada,  reverente con el placer de la buena mesa y la experiencia de los sentidos.

Las páginas de este libro -y me refiero aquí expresamente al ejemplar que tengo la suerte de alojar en mi biblioteca-, exceden la practicidad de una buena guía de cocina. Guardan recuerdos, imágenes que renuevan el tránsito por un universo ilimitado de posibilidades. Doce Meses de Cocina, si el azar lo permite, continuará envejeciendo a mi lado sin agotar sus propuestas, pues he llevado a la práctica un tercio escaso de ellas; y cuando ya me haya despedido de todo, hablará de mí a los que me conocieron y disfrutaron conmigo de sus secretos. 



Mariaje López.

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viernes, 3 de mayo de 2013

Selecciones del Reader's Digest

Tendría yo 17 años cuando a mi tío Pepe se le ocurrió regalarme una suscripción anual a la revista de bolsillo Selecciones del Reader's Digest. Aquel fue un gran regalo, y te contaré por qué.  


Por entonces vivía, o hacía el simulacro, con mi madre viuda, la madre de ésta y mi pequeño hermano de nueve años, en un barrio limítrofe de Carabanchel Alto. A aquella casa nunca pude -ni puedo- llamarla hogar. No me sale con naturalidad. Si lo hago inadvertidamente me vuelve el repiqueteo abismal de la falacia. Tal vez de ahí me nace la nostalgia de Ítaca. 

Todos los meses recibía el envío puntualmente. Cuando subía el primer tramo de escalera al volver del trabajo, y avistaba en el troquel de los buzones la familiar tipografía de la marca, una chispilla de emoción iluminaba mis ojos (lo sabía, aunque no pudiera verme); espantando en ellos la bruma perpetua de una inmensa tristeza.

Esa revista era quizá lo único que me pertenecía, en una época en la que tantas cosas me habían sido arrebatadas. En aquellos años me despojaron hasta de mí misma, y de no ser por ese gramo de rebeldía que alimento, habría sido para siempre. Con mi exigua posesión en la mano, procuraba buscar el espacio necesario para hundirme en una esquina del sofá de skay, y apurar la costosa e infrecuente calma necesaria para sumergirme en los textos seleccionados; a mi examen, algo más que una simple escapatoria. Además de grandes artículos resumidos, la revista tenía secciones fijas que me encantaban. Como la de Alonso Zamora Vicente, Secretario de la RAE por entonces, que se titulaba Enriquezca su vocabulario, y en la que proponía para cada una de las veinte palabras elegidas, cuatro posibles definiciones, de las cuales sólo una era la acertada. Azar o sincronía, he terminado viviendo en una calle con su nombre. 

 

Luego estaba la Sección de Libros; a la que se destinaban las últimas treinta páginas, más o menos, y que incluía el resumen de una novela. También había colecciones de chistes, que buena falta me hacían, y muchas Citas Citables. Los artículos sobre avances científicos y tecnológicos, asiduos protagonistas del sumario, eran de mis favoritos.
 

 Pero los que más me gustaban eran los de corte intimista, que hablaban unas veces de acontecimientos especiales en las vidas de las personas, y otras, de todo lo contrario; aproximaciones a lo cotidiano desde un punto de vista apasionante, que sabía celebrar el gozo y la belleza de la simplicidad. Eran éstos últimos los que establecían el vínculo definitivo con mi espíritu, tan hambriento de sosiego y armonía. Eran tiempos de malos sueños que al despertar se cumplían; de un infierno rutinario espantosamente previsible, donde el plato diario era la desesperación, que a fuerza de costumbre, se había vuelto insípida. Me rebelé siempre, pero a medias. No hay nada peor.

 
Aquella pequeña revista que se publicaba en 32 países y en 13 idiomas, y que llegaba a nuestro buzón etiquetada con mi nombre, rigurosamente fiel a la cita, consiguió hacerme partícipe y confidente de esas otras realidades que, al margen de sus páginas, me parecían tan ajenas e inalcanzables. Al terminar el primer año renové la suscripción, y la mantuve durante varios más. Conservaba todos los números como un preciado tesoro. A veces los repasaba, y los clasificaba por fecha guardados en cajas de zapatos. Ello me ofrecía la ilusión de poder ordenar el desbarajuste de mi propia vida, algo tan inverosímil. Las necesidad imperiosa de orden, nunca conseguido mas que transitoriamente, posee raíces tercas y profundas. Cuando durante ese proceso las revistas se deslizaban entre mis manos, notaba su corriente secreta fluyendo como una torrentera fresca y limpia por los cauces de mi alma embarrancada. 


La colección afrontó conmigo varias mudanzas, y ya de casada, soportaban junto con mis otros libros las quejas de mi ex marido por su considerable peso. Él sólo leía revistas del corazón, lo cual, de no haber estado yo tan desorientada, habría sido motivo suficiente para dejarle. Los paquetes con todas las revistas de Selecciones se perdieron para siempre en algún punto del trayecto entre Figueras y Carabanchel Alto. Porque allí volví otra vez. Si segundas partes casi nunca fueron buenas, no puedes imaginar, amigo mío, lo que son cuando la primera ya fue mala. Quedaban dos años largos para aterrizar en Alcalá de Henares. A esa mudanza también vinieron esas otras cajas invisibles que uno lleva a todas partes, y que nunca se pueden dejar atrás hasta que no has hecho limpieza. Pero al menos allí, en la ciudad de Cervantes, a ratos podía respirar. 

Hace unas semanas, mi hija, que es merodeadora habitual de mercadillos de libros y prensa antigua, descubrió un Selecciones de 1.977 cuya réplica desaparecida, por sí sola, supuso un hito en esta historia. Pero eso te lo contaré en la próxima merienda, y así tenemos otra excusa para vernos.


Mariaje López.

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viernes, 26 de abril de 2013

Alicia en el país de las chicas de oro





 Alicia tiene el pelo oscuro, largo, bellamente rizado. Ya sabe lo que es cruzar la cuarentena, y que los hijos pasen de largo por la altura de tu nariz para seguir creciendo, que para eso tienen un padre grande; el más alto de los Cámara y el que mejor sonríe. La llamo cuñada, menospreciando el purismo de los convenios firmados, y la aprecio por su corazón y nobleza, la admiro por su talento, y la respeto por su sensatez.


Hace muchos años (a ella le deben parecer toda una vida), que trabaja como educadora en la Fundación Magdalena.  Allí viven o pasan el día 44 mujeres con discapacidad intelectual, y allí se desviven las gentes como Alicia para que ellas se integren y aumenten su calidad existencial. Para mi cuñada estas mujeres son su segunda familia. 






Recuerdo cómo me impresionó escucharla hablar de su trabajo por primera vez. Quiere a "sus chicas" y con ellas aprende cosas cada día. No le producen lástima, las ve como son, personas diferentes. Sí le indigna, y mucho, la piedad de escaparate. De la compasión con mayúscula todos somos objeto, pero éste es un bien escaso. 

A muchas las ha visto evolucionar, hacerse mayores, progresar. Alguna se le perdió por el camino, que la muerte no echa cuentas de los que se lleva. Cuando me cuenta las historias de su labor cotidiana, brilla en su mirada la infrecuente chispa de la pasión. Le gusta lo que hace, aunque no es algo que a cualquiera le guste hacer. A menudo tiene que capear furias intempestivas, esquivar dos tortas, recomponer la patilla de la gafa que salió volando. Los reflejos fallan en algún momento. Pero compensan los abrazos, los besos, las risas, las miradas que ya se han vuelto cómplices, las gratas ocasiones en que el éxito se aviene a compensar los esfuerzos. Sabe que ellas, a su manera, en sus formas variopintas, también la quieren.  

Alicia es fuerte, sabe imponerse cuando hace falta; y aplaca esa fortaleza con una cercanía resuelta y acogedora,  que siempre te hace sentirte como en casa. En su trato abunda la sencillez y escasea el protocolo. Parece que la estoy oyendo: "Tonterías las justas".

Después de un rato en su compañía, invariablemente me vuelvo a casa convencida de que cualquier país que aspire al título de maravilloso, necesita más de una Alicia.



Mariaje López.

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viernes, 19 de abril de 2013

Manualidades


Este post se lo dedico a mi profesora de manualidades, Mari Carmen Navajas, y sirva también de pequeño homenaje a su blog: Más allá de mis manos.  En sus clases he disfrutado muchísimo, y lo más importante, la he conocido a ella, que es una persona maravillosa. 

Algunos trabajos que hice bajo su tutela.
Un abrazo, profe. Espero volver pronto.


Mi primer trabajo: una bandeja para desayunar en la cama. Por si acaso. 

Ya que te presenté a esta señorita, aquí está mi Caja Hilda.

Mi Caja Hilda abierta.


Cogí los óleos por primera vez, ella tuvo que insistir para que me atreviese con este servilletero


Luego seguí pintando amapolas en esta caja de vinos.

Y luego ya un cuadrito decorativo. No he pasado de ahí.

Con acrílicas y découpage de servilletas, una menina de casi 50cm de altura.

¡Y cómo no! también hice mi fofucha.

Una máscara de carnaval, con pasta de papel... ¡anda que no tardé!

Una ida de olla que tuve con un plafón de luz.

Una caja para los tés.

Unas cuántas bandejas con découpage.

Una caja por dentro.

La misma caja por fuera.

Mozart y Constanze

Las figuras son títeres recortados de un viejo calendario, estaban en blanco y negro, las pinté con sombras de ojos y luego las barnicé. Les puse dos ramitas y unos hilos, si los mueves bailan. El marco tuvo varias versiones hasta que me gustó este. Pero lleva una de capas que ni te imaginas. Me alegra cuando lo miro.


 Mariaje López.

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martes, 9 de abril de 2013

Abrazo


Autor del lienzo: Oswaldo Guayasimín



ABRAZO

Eres la tierra que abriga mis raíces, cobijo de la intemperie, agua que se agolpa en mis pliegues.

Eres la canción que escucho mientras duermo, violín que suena cuando el dolor florece, lienzo que pinta el alba cuando sueña.

Eres el aliento que se derrama en los surcos del atardecer en calma; y lo que me cura en fin, de la desesperanza.






Mariaje López



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viernes, 5 de abril de 2013

Verónica Puertollano & Raphael

"Tenía que pasar"

Puede decirse, que Verónica vino al mundo gracias a Raphael, al menos tangencialmente. Conocí al que sería su padre en la madrileña calle de María de Molina, en el portal de la antigua casa de soltero del artista, donde también vivió con Natalia Figueroa los primeros años de su matrimonio.

Agradezco desde aquí al director de Hoy Empieza Todo, en RNE, Radio3, el increíble Ángel Carmona, que propiciara el encuentro.


Ángel Carmona






Hoy Empieza Todo

De Lunes a Viernes, de 07.00 a 09.00 horas

RNE. Radio3.

El vídeo resumen de la entrevista.

lunes, 1 de abril de 2013

Un gato con apellidos






A mi gato siamés le puse el  nombre del protagonista de La Historia Interminable: Bastian Baltasar Bux. A veces me tomaba el trabajo de pronunciar el nombre completo, pero lo normal era llamarle Bastian a secas -situando la tónica en la primera sílaba-. En todo el tiempo que vivió con nosotras sólo nos dio un disgusto: morirse. 

Doce años antes lo había salvado Verónica de una muerte brutal. Era el último de una camada que un grupo de jóvenes -personas que no merecían ese nombre-, había reventado contra la pared. Tuvo que darles las quinientas pesetas que llevaba para que lo dejaran con vida. Era tan pequeño que se perdía en un bolsillo, y miraba el mundo desde sus ojos azules; un azul de mañana limpia que se le fue haciendo lago con los años. 

A los tres meses le llegó un compañero; otro macho como él, blanquinegro, igual que el Félix de las latas de comida. Estaba claro que llevaría el nombre del coprotagonista de la novela. Fueron amigos entrañables, y más que eso, hermanos. Atreyu era empalagoso de puro mimo, te rodeaba el cuello con un abrazo de oso, era enorme el gato, travieso como él solo. Bastian lo sobrellevaba con paciencia, a veces parecía su madre.

En casa siempre hemos tenido gatos. A la ternura y respeto que me inspiran los animales en general, en el  caso de los felinos se añade la fascinación. Los domésticos, me parecen, entre otras muchas cosas, una forma asequible de incrementar la dosis de belleza cotidiana. Me consta que quienes los han tratado poco, ignoran el amor que se puede llegar a recibir de ellos. Tienen mala fama, como cualquiera que pretenda mantener su independencia en un mundo que reclama vasallaje. Pero esa es una fama injusta. He convivido con bastantes gatos desde mi infancia. Cada uno con su personalidad bien definida, todos fueron maravillosos. Pero nunca, jamás, he tenido un gato como Bastian.

Es verdad que compartía con los de su raza muchas cosas, como lo de la parlanchinería. Cualquiera que tenga en su casa un siamés podrá atestiguar que es cierto lo que digo: son unos habladores incansables. Con ellos pueden mantenerse auténticas conversaciones. Sobre todo si te conocen bien. A Bastian a veces le contaba pequeñas historias gatunas, y me miraba con sus ojos de lago sin parpadear y el cuello muy estirado. Cuando acababa, eso era lo mejor, me respondía. Siempre después del colorín colorado. Era un campeón abriendo puertas, y a diferencia del granujilla de Atreyu, muy educado. Podrían haberse llamado perfectamente Sancho Panza el uno, y Alonso Quijano el Bueno, el otro.

Un día al volver yo de la compra, de puro contento se dio una voltereta. No una de esas de medio lado que se dan los gatos cuando les rascas detrás de las orejas; fue una voltereta completa, de circo, con preparación. Se puso a cuatro patas, colocó cuidadosamente la cabeza entre las dos delanteras, y... ¡alehop! como las que hacía yo de pequeña. Mi regocijo no se le pasó por alto. A partir de entonces aquel fue su recibimiento habitual. Sin embargo lo más increíble no era eso; era que también lo hacía a petición. Le decías: 

- Bastian, ¿te das una voltereta?

Y allá que te iba; se colocaba, metía la cabeza entre las patas, y campanada circense. Me reprocho la torpeza de no haberlo filmado; ni se me ocurrió. Aunque supongo que verlo ahora me partiría el alma en dos. 

Era un animal muy sentido. Yo siempre le decía cosas al entrar en casa. Me esperaba sentado frente a la puerta de la calle. Nunca he sabido cómo son capaces de distinguir los pasos de sus amos de los de los demás. Un día llegué agobiada por alguna preocupación, y pasé por su lado sin dirigirle la palabra. Se quedó plantado en el sitio, inmóvil como una esfinge, muy tieso, mirando a la puerta y sin querer sin volverse hacia mí. Su decepción era más que evidente. Cuando reparé en él, empecé a llamarle, a decirle palabras de consuelo: "Bastian, bonito, que no me he dado cuenta". Pero él ofendidísimo, allí quieto,cara a la puerta, sentado muy digno, escuchando sin mirar. Me costó más de cuatro arrumacos hacerle olvidar el disgusto. 

Me encantaba su olor. Porque Bastian olía muy bien. Como sucede con las personas, cada gato tiene su propia nota. El día que murió, uno de los más tristes de mi vida, Verónica estaba en Barcelona. Por teléfono me confesó que, de forma súbita y durante unos pocos segundos, había rememorado el olor de Bastian. También yo reproduje esa percepción fidedignamente: era agradable, cálida, reconfortante. Todavía puedo revivirlo, y siempre me hace sentir bien, como cuando me llega algún otro matiz oloroso que me transporta a momentos felices del pasado.

Es portentoso que un ser tan pequeño pueda dejar tanta huella. A veces me extasiaba mirándole a los ojos, y al cabo de un rato tenía la sensación de estar delante de alguien que había alcanzado una comprensión extraordinaria de los humanos que le rodeaban. Estoy convencida de que él sabía mucho más de mi que la mayor parte de las personas con las que he convivido.

Bastian Baltasar Bux fue un animal exquisito. Nos entregó cantidades ingentes de amor, de ternura, de alegría, de momentos irrepetibles e inolvidables. Todavía hoy, cuando lo traigo al presente, una inmensa ola de gratitud recorre mi ser, trayéndome nobleza, dignidad, inteligencia y lealtad. Lealtad... parece una condición ajena a los gatos. Nada más lejos. La suya es una lealtad que no se confunde con la servidumbre. Por eso los admiro.




Bastian pasó por mi vida como un bálsamo, como una burbuja de energía vibrante que aún ahora me alimenta, al recordar su humilde y conmovedor ejemplo. Es un movimiento de amor hacia lo que me rodea, un impulso reconciliador que sosiega mi espíritu.  



Mariaje López.





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martes, 26 de marzo de 2013

Cuando no hace falta la esperanza






Cada vez está más complicado mantener a salvo los reductos. Me empeño sin embargo en librar a esta casa de alborotos. No es fácil cuando todo grita con voces injusta o justamente airadas. De las dos se oyen, y me temo que las primeras algo más. 

Las mil voces de esta casa, sin duda son distintas. Llegan de la profundidad del ser, como las otras, pero sin interceptaciones. En todos nosotros hay voces que cantan, y voces que gritan. 

En mí también, como en cualquiera, están las dos. No tengo intención de negar ninguna. Mantengo, eso sí, la voluntad de separarlas. ¿Por qué? Sólo para que no me falte un oasis donde recobrar las fuerzas. 

Más allá del jardín están el ruido y la esperanza. La esperanza... si. Es un mal síntoma. 

Mientras no aprieta la sed no se siente la urgencia de beber. De igual modo sólo necesitamos la esperanza cuando empezamos a desesperar. Mi esperanza tiene forma de paraguas, y solamente la abro para salir cuando la tormenta arrecia. 

Me reitero: mala señal es la esperanza; pero es peor no tenerla. No es lo mismo cruzar el desierto con media cantimplora, que tirar la cantimplora y dejarse morir en cualquier duna. Es aquí donde les damos poder a los que matan. 

Quédate tranquilo, amigo mío. No les abriremos esta casa. Antes la quemamos. Pero mientras siga en pie, puedes venir cuanto quieras. En el jardín tengo hierbas amargas que curan, y en la despensa frutos dulces que consuelan. Sentados en el porche conversaremos sobre aquellas cosas importantes de las que casi nunca hablamos, y hasta puede que lleguemos a tocar el rastro esquivo que a veces nos sorprende, en el tramo de un segundo, para volver a diluirse en la bruma del recuerdo. 




No lo sientas, quedará el aroma inconfundible de aquello que identificas como tu esencia, que tantas veces se te escapa, que no logras retener el tiempo suficiente para deformarlo, y que sigues preguntándote de dónde vino y por qué te hace sentir tan bien. 

Que no te preocupe ser el reverso de un genio: a Monet le pasaba lo mismo con la luz del instante, y a ti te pasa con un instante de luz. 


Claude Monet - Saint-Georges majeur au crépuscule


Mariaje López.


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