lunes, 18 de marzo de 2013

Regreso a Albarracín

Fue hace seis años. Viajábamos por Teruel sin concretar destino, pasamos por un túnel no muy largo. Del otro lado apareció la magia. Había anochecido sobre las faldas de la montaña encantada, el pueblo prendido de las rocas con sus broches de luz salpicando un escenario de leyendas medievales. Sé que quise amanecer en aquel sitio y comprobar si a la luz del sol seguía siendo tan bello. Deseo cumplido: desperté en Albarracín. Y no me defraudó.




Allí nos quedamos a dormir; en realidad era nuestro destino, una sorpresa que mi pareja quiso regalarme. Lo celebramos cenando en la terraza colgante del restaurante de Los Palacios, sobre el río Guadalaviar. A pesar del tiempo transcurrido recuerdo bien el menú, y no solamente la letra; de aquella noche inefable puedo reproducir hasta los sabores: ensalada de la casa, pollo al chilindrón, postres caseros: flan de queso y trufas de chocolate que se perdían jugando al escondite en el paladar. Así comenzó mi primera visita al antiguo reino de taifa de los Ibn-Racin.




Pasaron aquellos dias a las arcas del tesoro que llena el recuerdo. Hace dos viernes volvió Paco del trabajo y me preguntó: ¿Vamos a Albarracín? Me lanzó la propuesta sobre el teclado, que es donde suele encontrarme cuando llega, y tardé dos minutos en apagar el ordenador.

Dejamos al Tom-Tom elegir caminos; le dijimos, eso sí, que nos evitara peajes. Fue una elección afortunada. Nos llevó a descubrir llanuras inabarcables de patchwork cultivado, paisajes con vocación de infinito, horizontes casi marinos, a no ser por la apariencia firme de las tierras cobrizas y las praderas aterciopeladas.

Siempre me ha parecido, y más desde que estuve en el desierto, que las almas que crecen en tales amplitudes, mal deben soportar el encierro en que puede convertirse la gran urbe. Una gaditana me lo confirmó una vez: "Esto de salir a la calle, y no ver el mar de fondo... es como una asfixia".

En el reproductor de audio sonaban los Seventeen Seconds de The Cure cuando pasábamos por Rillo de Gallo, y vimos una casa con firma: podría haber sido de Gaudí, pero era de Juan Antonio Martínez Moreno, un artista del hierro y la piedra. La casa sin terminar; no sé el tiempo que llevará haciéndola. Claro está que había que parar y hacer fotos.









No muy lejos un cartel anunciaba un castillo. Nos desviamos de la ruta del Tom-Tom para encontrarlo. Y fue el segundo hallazgo del viaje. Nunca habíamos visto un castillo como el de Peracense. Asentado sobre un desfiladero, dominando un valle de gran belleza, emerge la fortaleza de piedra ródena, tan abundante en la zona, y que le otorga ese color rojizo característico. Merece la pena recorrer los 4.000 m2 de su planta, y sus tres niveles de altura. La vista panorámica es imponente.






 Cuando llegamos a Albarracín, nos alojamos en la única habitación libre que quedaba en La Casa del Tio Americano. El tal no era otro que Ramón Giménez, apodado así por haber pasado gran parte de su vida en América.




En Albarracín, cuando cruzas los cincuenta, te cae el apellido "tio" seguido del mote correspondiente; y el Tio Americano tenía dos: el segundo era El Gato, por sus ojos azules, que destacaban como los de un felino sobre la piel curtida del pastor. Sus descendientes, Mari Ángeles (la del Molino), y Miguel (el de Los Gatos), aplicaron este nombre al café-galería que también regentan. El Molino del Gato tiene buenas razones para llamarse así, pues el local es un molino familiar que sigue batiendo sobre el río desde que empezara a hacerlo, en el siglo XVI. Al entrar es posible caminar sobre las aguas a través del grueso cristal del pavimento. Nunca sabrás qué artistas hallarás en las paredes, que sirven de escaparate a cuantos creadores las solicitan. 

Son buena gente estos maños. Te recomiendo su casa si buscas encanto en el reposo. Te darán la bienvenida  con Frutas de Aragón y cava, te alojarán en una habitación limpia y agradable, con un set de baño que escatiman hoteles de más estrellas. Si el tiempo acompaña, junto al coqueto saloncito, puedes disfrutar de una terraza natural con vistas al río, para desayunar. Luego ya podrás recorrer el paseo fluvial, pues merece la pena, aunque te aviso de algún tramo complicado. Lleva calzado firme.


















Nos quedaban más sorpresas. En la recepción del hotel nos dicen que el pueblo está lleno de gente porque se celebra un Encuentro Intercomarcal de tambores, bombos y cornetas. Una multitamborrada en toda regla, vamos. Menuda marcha, ni los carnavales de Río. Toda una experiencia.

Después una vuelta por el pueblo, salida hacia el río, y una cerveza en El Molino del Gato. Un último paseo por las calles tranquilas, bajo la fina lluvia que bendice el día y pasa página.




En Albarracín, donde los gatos son centinelas de las cuestas, y la luna se asoma por callejones estrechos. Donde para entrar hay que cruzar un túnel, que dicen, y dicen bien, que es el túnel del tiempo. 



 


La primera vez que estuvimos en Albarracín entramos en el Museo de la Forja, donde pudimos admirar la obra de Adolfo Jarreta, artista reconocido internacionalmente, y a quien se deben muchos de los trabajos que pueden verse en las calles de Albarracín. Sus aldabas de lagartija son célebres. Allí nos enseñaron a distinguir la forja artesana de la industrial, lo que no siempre es tan sencillo como parece.




También visitamos por entonces el Museo de Juguetes, fuera del casco histórico. Sencillamente entrañable recorrer esta casa de dos pisos y desván, y revivir las  tardes de juegos con los recortables, los trenes, los teatrillos, los soldaditos de plomo, las muñecas, el Exín Castillos, las casitas de muñecas, y un sinfín de piezas tan curiosas como evocadoras.

Nos ha faltado esta vez visitar el mayor Parque Temático del mundo (si, del mundo), de Máquinas de Asedio de la Antigüedad. Es una buena excusa para la tercera visita. Esperamos tener suerte y encontrarnos ese día a Rubén Sáez, a cuyo estudio, pasión y esfuerzo se debe esta iniciativa.

Como siempre hay cosas por descubrir, de vuelta a casa nos encontramos algunas:

La Laguna de Taravilla, quieta entre los montes, solemne, especular, rebosante, desbordando el muelle que sólo se adivinaba, a cuatro palmos sumergido bajo el agua; inundado el merendero, encharcados los aledaños y las vallas.




Una inmensa piscina natural a los pies de un puente, en Cañamares.



En el mismo Cañamares, sin saberlo, nos encontramos cruzando La Ruta del Mimbre; con sus valles de color púrpura sembrando kilómetros,  en una fiesta cromática de multitud de lanzas enhiestas, o arracimadas en pirámides que me recordaban los poblados indios de los western. De Cañamares sale el 80% de la producción nacional de mimbre. Dicen los que lo han visto, que en su momento, la explosión roja de los valles puede compararse al estallido blanco del Jerte. 








 







Y mucha naturaleza: hermosa, sagrada, poderosa, caritativa, a menudo profanada, siempre magnífica, y lo que más me turba; tan humilde en su grandeza. No extraña que, aún considerando la equidistancia, haya tanto suicidio en las ciudades. En el corazón de Gaïa todo tiene su lugar, todo encuentra su sentido. Es difícil desear la muerte cuando estás siendo conmovido por una gran  belleza. Ningún absurdo convencimiento humano puede sobrevivir a su rotunda y simple grandiosidad. Todo lo demás se hace pequeño, se resitúa en el nimio trecho que le corresponde, y el alma en ese trance puede ensanchar sus límites sin ataduras.

  



Mariaje López.


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miércoles, 13 de marzo de 2013

Flowpaper II


Envalentonada por las felicitaciones de mi amigo Tucho (Antonio Guillán), saco a la galería otra tanda de Flowpapers, espero que te resulten gratos de mirar.


El color de los sueños




Lluvia de ideas





Icono







Narciso



La escuchadora



Noche de tul




Arrecife



Cuando nace la pasión




Pliegues en el mármol




Rosa de Mar




El amor es dinámico


Mariaje López.


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martes, 5 de marzo de 2013

Epifanía en Renfe-Chamartín.





Por aquellos días yo participaba de una propuesta de CIVSEM (Centro de Investigación en Valores Sociales y Empresariales) de Madrid, dirigida a replanteamientos vitales y profesionales. Vamos, que se trataba de un programa de acompañamiento para nuevos emprendedores y microemprendedores.

A qué negarlo; en los cuatro meses que duró el programa, hubo de todo. En la sala compartida de trabajo (coworking para los pro-anglófonos) éramos siete a emprender. Unas veces estábamos en la cima del tobogán, sin alharacas, y otras en imparable caída. Menos mal que la Lichardi, mujer entusiasta donde las haya, nos esperaba siempre con amortiguadores en la arena, para luego observar la contusión con su precisa lupa y aplicar el ungüento motivacional donde no nos alcanzaba el brazo. Teníamos además, dos coaches por compañeras, y una más en proceso, con lo cual de soporte anímico anduvimos largos. Bien nos vino.

Aún así, fueron ineludibles los días aciagos: presupuestos imposibles, incógnitas sin retorno, y un panorama de muelle desalentador que enredaban las maromas en sus bolardos. Aquellos veleros amenazaban con quedar anclados en el puerto sine die.

Sin embargo una cosa tenía clara; una sola, a la deriva de la incertidumbre: y era que no podía permitirme el toallazo. Así que trabajaba en el empeño a todas horas. 

Un jueves me marché a casa temprano, desanimada. Especialmente en días como aquel, me costaba soportar la impasibilidad de los avisos transmitidos por megafonía, y la de los letreros, que en Chamartín suelen escatimar la información hasta el último minuto, para anunciar finalmente la salida de tu tren por la vía más alejada posible de tu posición, sin considerar lo más mínimo las carreras a fuerzan, caso de que tu estado físico te lo permita. La alternativa es cambiar de andén a tu ritmo y decir adiós al tren con estoicismo, sin descartar por ello el repaso mental y aventurado de un buen número de árboles genealógicos hipotéticos, abordado el tema con total ausencia de empatía.

Menos mal que la veteranía termina siempre ayudando. Llega un momento, en que averiguas las probabilidades que tienes de que tu tren sea fiel al número de vía que frecuenta, y minimizas el riesgo de perderlo, dejándote un tobillo en el intento.

Para entonces, ya sabía que mi tren llegaba a la estación por las vías 4 y 5 comúnmente. El abanico se había reducido mucho, y ya sin otra distracción que la de esperar, podía entregarme por entero al ejercicio autocompasivo del emprededor frustrado.

En pleno declive anímico, y machacándome con la idea de seguir; porque si abandonaba entonces, ya  nunca podría comprobar si mi sueño era posible, me mantreaba sin anestesia, con frases del tipo: "Venga vá, lo que necesito es empeñar toda mi fuerza en creer en mis posibilidades. Lo que se dice tener fe".

En estas se dirige a mí un hombre de unos treinta y pocos años; alto, ojos verdes espectaculares. El tipo me mira fijamente y me dice:

—Señora, perdone: el Señor me ha dicho que me dirija a usted en este momento.

Me aqueja una suerte de incapacidad repentina para el habla. Solo acierto a mirarle con expresión perpleja, mientras que un aluvión de variables cruzan mi discernimiento, —qué clase de flipado es este y de qué secta—. Tan pronto me habla de Jehová, como de Alá como de Yahve; no puede negársele espíritu ecuménico.

Habla y habla. Yo sin decir esta boca es mía. Asiento cortésmente, por si acaso. Disculpa si mi reproducción no es íntegra, aunque una cosa quedó bien clara: el Señor quería darme su bendición, y le había encargado a él que me lo dijera.

Mi tren se acerca. Por muy sin dios que una sea, no está la cosa para hacerle remilgos a una bendición, así que le doy las gracias mientras subo al vagón. Desde el andén, el profeta insiste:

—¡El Señor quiere darle su bendición; y la va a bendecir!

Le reitero mi agradecimiento. Al fin y al cabo, me ha sustraído de mi ruido interno, lo cual a veces conviene. Además he tenido la oportunidad de contemplar unos ojos excepcionalmente bellos. Si eso no me devuelve la fe dudo que ya me reconvierta en modo alguno.

Mariaje López.


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miércoles, 27 de febrero de 2013

Conclusiones



He llegado al convencimiento de que la erudición, 
no vale lo que la cultura.

De que la erudición y la cultura juntas,
 no valen lo que la sabiduría.

Y de que la erudición, la cultura y la sabiduría,
 no valen lo que la bondad.



 Mariaje López.



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martes, 19 de febrero de 2013

Alcalá de Henares.






He vivido en Alcalá de Henares durante treinta años. Hace muchos tuve que cambiar de domicilo. A menudo el recuerdo me lleva allí, y en ese transporte los registros emotivos se multiplican. Esta ciudad lo es por título propio, concedido por Sancho IV. Mi historia está irrevocablemente unida a sus calles y plazas, y sobre todo, a sus personas. Allí siguen la mayoría de amigos, a quienes sólo superan en veteranía un par de amigas viven en otra parte.

Desde el principio tuvimos afinidad Alcalá y yo. Sus ilustres fantasmas me cuchicheaban al paso. La Casa de los Saavedra era para mí la de unos vecinos más, tan entrañable se me antojaba. Cervantina devota desde la lectura adulta del Quijote, nunca dejó de emocionarme su proximidad cotidiana.

Mi ocurrente amigo Nacho Lledó suele denominar a esta ciudad como “La república independiente de Alcalá”, y ciertamente tiene, al menos para mí,  mucho de singular. En el tránsito por sus calles descubrí  sorpresas, delicias y también, claro está, amarguras. Las paseé unas veces cabizbaja y otras con aplomo. Tengo recuerdos de horas tristes, absurdas, pero también de las más portentosas y felices que entresascar puede mi memoria. 


En Alcalá ha tenido lugar el mayor proceso alquímico que he experimentado nunca. Allí sigue parte de mi alma, allí seguirá siempre. La recuerdo, alborotada, extraña, suspendida sobre los abismos colosales de la desesperación, o apuntalada sobre la tierra de la esperanza. Firme en la serena paz de la reconquista, o rozando el eterno, en las puestas de sol abigarradas que desde mi balcón sin obstáculos, parecían siluetas de costas fantásticas y deshabitadas.  


La Plaza de Cervantes, nevada.


Salir a pasear una mañana festiva por el casco histórico era para mí, aparte de un lujo, una aventura de la que no sospechaba nunca el final. Un día hallaba la Calle Mayor repleta de caballos, yeguas, percherones, carruajes, perros de todas las razas -nunca gatos, que cualquiera los sujeta-, conejos, hámsteres, periquitos, cacatúas, loros, tortugas y algunas otras criaturas que no alcanzo a recordar, aprisco de San Antón incluido. Otro las ocupantes eran estatuas vivientes, y otro cualquiera los pintores con sus caballetes y óleos inmortalizando la vida bajo los pórticos vetustos. Reiteradamente mis pasos se dirigían al Museo Arqueológico. A veces justo cuando iba a entrar escuchaba una voz atiplada a mi espalda, en la Plaza de las Bernardas, al grito de:

-¡Majestad!

Entonces me volvía para comprobar que el dueño de la voz no era otro que Cristóbal Colón, saludando a Isabel la Católica. Eso sí, ante un nutrido grupo de turistas de los que nunca está falta la ciudad. Había entonces -y habrá hoy-, diversas rutas dramatizadas que empezaban a estilarse por entonces, y no sólo cervantinas. Dedicada a Quevedo había una, y de las antiguas andanzas estudiantiles en la vieja universidad otra, y bastante divertida. 


Y ya que estamos con estudiantes, una vuelta a la Universidad de Alcalá de Henares, que tiene una fachada plateresca del siglo XVI, diseñada por Rodrigo Gil de Hontañón, que maravilla por su equilibrio y belleza. Ha sido replicada varias veces en el mundo. Recuerdo como ejemplo la fachada del Teatro Nacional Cervantes de Buenos Aires.




Al salir del museo, buenamente podía encontrarme según las fechas, a doce o quince costaleros ensayando en chándal, aguantando bajo una carroza sin santos, con bolsas llenas de piedras en la cubierta para asemejar el peso que tendría ya con las imágenes encima. La cuadrilla de esforzados marchaba a golpe de música enlatada, a paso gateao, precedidos por su capataz.

Antes de comer, si mediaban a favor el cronos y el kairós, bien podía pasarme en visita relámpago por La Quinta de Cervantes, para echarle un vistazo a la exposición de turno. 




De regreso a casa, solía detenerme un instante ante la pintura mural que está junto a La Panadería, local de nombre engañoso, pues se trata de un bar de copas. Así se llama porque antes era lo que hoy sugiere, y porque lo quiso el holandés que supongo, seguirá regentándolo. Siempre contrataba al mismo artista callejero, un joven de nombre Diego, ya muy respetado hasta por los vándalos. La última pintura que admiré era una recreación futurista del cuadro de Rembrandt “La Ronda de Noche”, que estuvo pintando con aerógrafo durante casi un mes. Hace poco fui por allí, y todavía quedan restos, al cabo de los años, de la obra de arte. Rezuma sátira antibelicista, humor ácido, con alegato poético lopeveguiano incluido, y raudales de talento.

Y así llegaba a casa con los sensores atiborrados, buen apetito, y el espíritu repleto. Especialmente si era primavera y
el campo colindante a mi barrio estaba lleno de amapolas, como en esas fechas sucedía cabalmente. 






Es difícil explicar la conexión con algo que parece neutro, inerte, ajeno al crucigrama vital que reta cada día, desde sus coordenadas sin descifrar. Percibía mi historia integrada en el paisaje, en la arquitectura, en los cielos increíbles de sus plazas crepusculares, recortadas a base de cúpulas y siluetas de cigüeñas. Escuchaba la vida repicando en mis tacones contra los adoquines, retando a duelo a los campanarios, pasando páginas desgastadas y estrenando las nuevas. Cincelando golpe a golpe el presente, con todas las consecuencias. 

Alcalá de Henares fue paraíso, infierno, inspiración, Tíbet, caja de Pandora, tiempo unas veces perdido y casi siempre intensamente vivido, reserva de amigos, dolor, trampa, liberación, alegría, mi  mentira y mi verdad. La explicación práctica de lo indisoluble. 


Mariaje López.

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jueves, 14 de febrero de 2013

Epílogo para un corazón de pizarra.



Casi terminando 2.012, conté en el post  Un corazón de pizarra, algo que me sucedió durante el verano de 2.002 en el lucense Valle de Rao. No podía imaginar entonces que la historia tendría un epílogo igual de  curioso. Con la aparición y permanencia de Paco en mi vida di por cumplido el oráculo y escribí lo que creía el final de la anécdota.

Pues bien; parece que en esta suerte de historias no debiera aventurarse un fin, que ya se encarga la casualidad de tales rúbricas, sin prestar atención a conjeturas.

Aquí me encuentro, frente a mi sufrido HP -iniciales que unas veces corresponden a Hewlett Packard y otras a cierto desahogo visceral con puntos suspensivos, según las emociones que me desaten su funcionamiento-, dispuesta a escribir el que yo creo epílogo, sin comprometer ya mi convicción. Bien pudiera tratarse únicamente de otro episodio. Mi abuela solía decir que no hay guarra sin melindres ni dos sin tres; no me preguntes, ignoro la razón del maridaje, y aunque la primera parte no me consta, viene a cuento la segunda.

El pasado domingo Paco y yo decidimos hacer una excursión. De improviso, sin haberla programado. En el quinteto de los Cámara brother's, lo de las planificaciones está proscrito. Sólo las practica la que culmina el sexteto, Magdalena, y porque es fémina, supongo. Sus hermanos deben achacar a esto, y no a otra cosa,  los sarpullidos que ella padece ocasionalmente, según dice, a causa de cierta bisutería. A ellos, desde luego,  no les castiga ese prurito ni por contagio severo. 

Resignada al estilo anti previsiones como uno puede resignarse a las lentejas, gusten más o menos, hace cuatro días me instalé en el asiento derecho del Qashqai, sin pajolera idea de mi destino. Al conductor le pasaba más o menos, pero ya digo que otra disposición en él, habría sido preocupante.

Carretera arriba, carretera abajo, acabamos en el Pontón de la Oliva. Se trata de una presa ya en desuso, situada en la Sierra de Ayllón, (Guadalajara). E
n el año 1.851, el rey consorte Francisco Asís presidió la colocación de su primera piedra -no rebusques, que no me meto en las correrías del Borbón-. La construcción se inauguraría en 1.858 como parte del primer sistema del Canal Isabel II. 




Notablemente menos experta que mi pareja en tránsitos rupestres, yo me afanaba en seguir sus pasos con precaución. Se trataba de no tropezar, resbalar o atajar rodando por las pendientes que por lo común, suelen zanjar un costado de los exiguos y pedregosos senderos por los que se anticipa, y que a decir verdad, son sus predilectos.

Mirar al suelo mientras caminas tiene sus inconvenientes, pero también beneficios. No puedes disfrutar continuamente del paisaje, pero te encuentras cosas; y algunas hasta agradables. Paco había conjeturado que por allí habría bastante pizarra. 

Esperaba encontrar algún trozo aparente, pero un segundo corazón, eso ni por lo más remoto. 

Sin embargo allí estaba, al borde del camino y de la inagotable capacidad de sorpresa que guarda cada día. Era muy parecido al primero, algo más grande. Con una muesca central en la línea de intersección superior casi de calco. Una réplica aumentada, increíble, once años después. Aquí está la foto; no lo he soñado.





La sentencia hecha realidad se autoproclama repitiendo el guiño, redundando en la forma y añadiendo  contundencia. La primera vez fue una promesa sorprendente, la segunda el sello de la palabra cumplida; surgiendo de repente en el rumbo compartido, en el paisaje que estábamos descubriendo juntos. Otra vez los símbolos hablando; ricos, profundos, magníficos, generosos. 
 
Y entre los dos hallazgos el nexo de unión: un milagro. 
Se llama Francisco, y es el hombre de mis realidades. 

Feliz día de hoy. 
Feliz día de mañana. 
Feliz día de pasado mañana. 

Feliz cualquiera de los días que pueda seguir diciéndote que te quiero, que es presente a secas, o mejor en ese otro presente que para mí es más radical y que viene con gerundio:  te estoy queriendo. 



Mariaje López.


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lunes, 4 de febrero de 2013

La plaza nevada.



LA PLAZA NEVADA



La madrugada se escapa entre los arcos, interrogantes densos y umbríos. Palidece el suelo y se desmayan los pensamientos sobre la nieve, sin dejar huella, como extrañas letanías que engarza el corazón para espantar los recuerdos.

En la penumbra se desliza cantando la sombra del borracho. Un traspié quiebra su serenata contra el suelo inmaculado. Allí permanece largo rato, con las estrofas clavadas en el pecho inmóvil de marioneta triste. 

A duras penas se incorpora, abre el contenedor, vomita sus pesadillas. Tras la convulsión alza el rostro, exhausto y aliviado, permitiendo que una impía luz eléctrica le escarbe las arrugas que el miedo cinceló en su frente. Miedo desfigurado y líquido que lo empapa en su letal gangrena. Desaparece por el arco grande, llevándose la tortura inútil de su voluntad enferma. 

Escucho pasos en la escalera. Pasos que arrastran tedio, tropiezos desiguales. Golpes desmayados en la puerta, eludiendo el timbre que detesta. Sin apresurarme, deslizo las cortinas de falso terciopelo.

Al entrar el borracho me mira de soslayo cosiéndome a su mirada febril y vidriosa. Una mirada que restriega con las manos huesudas, crispadas de tanto agarrarse al vacío. Los párpados caen vencidos bajo el peso de una vida miserable, y se derrumba sobre la cama, haciéndose un cuatro, replegando en el fuego que le arde en las entrañas. 

Contemplo la escena sin traspasar el quicio. Él me atisba desde no sé qué mundo despintado y lóbrego mientras arropo con la colcha sus despojos. Antes de que me vaya me pregunta una vez más para qué existimos, y yo no tengo aliento para buscar más respuestas. Cierro la puerta como una autómata, abrumada por un cansancio viejo, repitiéndome como las otras veces que no es amor morir con el suicida, ni compasión ayudarlo a cavar su tumba.


Mariaje López

Mariaje López.


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lunes, 28 de enero de 2013

Salobreña





SALOBREÑA

Océano lento, vidrio longevo, tabernáculo inmenso que lame el velo de un cielo incierto.
Océano lento, susurros quedos, bálsamo que despacio cura mi cuerpo de amores rancios.

¿Hay un sol nuevo rompiendo el cerco? ¿Parió la noche su otro retoño de viento y fuego?

A estas alturas… ¡Yo quiero verlo!   


©LA CASA DE LAS MIL VOCES
Mariaje López






Mariaje López

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lunes, 21 de enero de 2013

Concierto para cuarteto de flauta y pavo real


Estábamos en el Jardín del Príncipe, junto a una veintena de personas, disfrutando del concierto que cerraba la temporada en la Fuente de Apolo. 

La tarde había hecho estanco. Tras lloviznar toda la mañana, el agua dio esquinazo a los paraguas definitivamente. Al otro lado del escenario, frente a nosotros, un señor barbado en la primera fila daba muestras de estar perdiendo su guerra contra el sueño. Tristrases y cabezazos a babor, estribor y alguno que otro de popa, forzando al límite su apariencia de oyente interesado. Fracaso cantado. Sentí una vaga conmiseración: en trances del estilo he naufragado a veces. En minutos el hombre ya roncaba cabalmente. 

En esas estábamos, cuando apareció en lontananza un pavo real de los muchos que campan a su albedrío en los jardines de Aranjuez. Atraído por la cadencia de las flautas, y cerciorado de que el grupo carecía de vocalista, se prestó a lance con toda el alma, arrancándose a graznido crudo desde lejos, mientras se acercaba con la prestancia y el gesto de un divo operístico. Ya se sabe que la música emociona hondamente a los cristatus macho.

El señor de barbas, inmerso en el paraíso R.E.M., tuvo un súbito despertar. Puedo dar cuenta pues hice de ello un seguimiento escrupuloso. El Farinelli alcanzó el escenario y las cumbres del estrellato a un tiempo, mientras su voz áspera y trompetera, penetrante, se unía a la de las flautas a decibelio pelado. El público conmovido por la emoción y entusiasmo del emplumado intérprete, aplaudió su aria con agrado. Para entonces los músicos, que habían mantenido el tipo con notable estoicismo, optaron por interrumpir el concierto, ante el estruendo pavoroso —nunca mejor dicho— del vocalista intruso. Por fortuna la cosa no tuvo mayores consecuencias. El pequeño melómano se quedó por las inmediaciones hasta el final del concierto, ya algo más calmado, y cerrado el pico se convirtió en un espectador más. 

Guardo memoria de aquella tarde hermosa y de esta tierna y graciosa anécdota, aunque es probable que los Flanders Recorder Quartet no opinen lo mismo. 




Cristatus en plena actuación







Mariaje López. 

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miércoles, 16 de enero de 2013

Steve Jobs: La vida sin instrucciones. (Por Verónica Puertollano)






Nadie cuyo ordenador sea una verdadera extensión de su cerebro (y no una palangana) puede negar el impacto del diseño de la máquina en la vida diaria. Nadie que comprenda realmente lo que significa salir al frente con su inteligencia debe ignorar el caso del empresario Steve Jobs. Como suele decir Cristian Campos, sobre gustos sí hay mucho escrito.


Hace tres años me regalaron un iMac. El cuadernillo que lo acompañaba era por primera vez una elegante cortesía y no un trámite que saltarse (los libros de instrucciones ya son cosa de tipos como Ned Flanders). Uno de sus epígrafes era “La vida con un iMac”. Cristalino. Como la copa de Beatrice Warde: nada que ver con el duralex del PC. La vida pasó a ser otra cosa, en efecto. Una vida sin ruidos, sin más preguntas de las necesarias. Sin mareos. En la que para desinstalar un programa bastaba con tirarlo literalmente a la papelera. Spotlight acababa con la burocracia del Explorador de Windows.
Steve Jobs no inventó nada, piaban a las pocas horas de su muerte. Están sus patentes, pero no solo. Que hable él:

La creatividad es simplemente conectar cosas. Cuando les preguntas a las personas creativas cómo hicieron algo, se sienten un poco culpables porque no lo hicieron realmente, simplemente vieron algo. Les parece obvio solo al cabo de un tiempo. Eso es porque fueron capaces de conectar experiencias que han tenido y de sintetizar cosas nuevas. Y la razón de que fueran capaces de hacerlo es que han tenido más experiencias o han pensado más sobre sus experiencias que otras personas [Wired, febrero de 1996].

La ejecución lo es todo, y las intenciones mero pasto de pusilánimes, cuotas y wannabes. Bien lo sabe Mark Zuckerberg, tan joven: Facebook solo ha contribuido a urbanizar internet.
El iPad es al libro lo que el libro es al papiro. Se trata del camino que va del talento a la excelencia, pocas veces recorrido. “Construimos el Mac para nosotros mismos”, declaró Jobs a Playboy en 1985. Eso es clave. El genio de Jobs surgió de la observación, no del ensimismamiento. De lo primero sale un soberbio smartphone con un único botón. De lo segundo sale algo que intenta parecerse al iPhone. (Lo que ya no soy capaz de imaginarme es de dónde sale la inexplicable BlackBerry.)

El diseño, como decía el propio Jobs, no consiste solo en el aspecto que tienen las cosas. Es, en mayor medida, cómo funcionan; su estructura y su lógica internas. En este sentido creo que nunca se pondera lo suficiente la gran herencia de Jobs, que es la razón por la cual los clientes de Apple, y muchos de sus usuarios, no quieren –no queremos– ni oír hablar de volver al PC. No es simplemente un gusto por las estéticas algo más refrigeradas, sino algo más metódico. Los productos de Apple tienen una única dificultad: es preciso cambiar la mentalidad. Es imprescindible acostumbrarse a operar con menos obstáculos y a no tener que dar rodeos absurdos a capricho de una programación tiránica. A pagar por los servicios prestados y dejar el orgullo del ferretero para mejor causa. Todo ello tiene un impacto sorprendente en las maniobras diarias. Después, ya no resulta tan difícil ver por qué un iPad necesita un puerto USB tanto como un Cristo dos pistolas.

Pero hay algo más que acentúa el sentimiento de pérdida tras la muerte de Steve Jobs. Él defendió enérgicamente la existencia de un target, que es otra de las claves  de nuestro tiempo. Decidió dirigirse a un mercado específico –¡yo también soy mercado!– al que jamás “vendería basura”. Esa decisión guarda una estrecha relación con la urgente necesidad de hacer periódicos digitales para los lectores de periódicos y frenar esta rendición casi horizontal a “la arrogancia de la banalidad que exige ser tenida en cuenta”, que decía Karl Kraus con gran dignidad.


Creo que Steve Jobs no cambió el mundo, como tampoco lo han cambiado las leyes antitabaco. Pero ambos han contribuido profundamente a la evolución de la sociedad mejorando la calidad de vida de sus individuos. Porque las sociedades avanzan con reglas. Paradójicamente, lo más revolucionario que hizo Jobs fue saltarse la regla  de que en internet no había reglas. Y dar la instrucción de diseñar una vida sin instrucciones. ~

Verónica Puertollano.

Publicado en la revista Letras Libres en Noviembre de 2.011.



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lunes, 7 de enero de 2013

Gracias


Quiero empezar el año agradeciendo a las personas que siguen este blog el tiempo y la atención que le dedican. Nunca imaginé que a los cuatro meses de andadura pudiera tener casi cien visitas al publicar un nuevo post. A algunos les parecerá insignificante, pero es bastante más de lo que yo esperaba en tan poco tiempo.

La Casa de las Mil Voces nació para acompañar de una forma personal y cercana a mi página web, que cubrirá el aspecto profesional de mi comunicación, y a la que Ignacio Lledó está dando los últimos retoques. Allí explicaré más detalladamente mi servicio de narradora por encargo.

También estoy contenta con los resultados en este campo. Además últimamente Enalai y Tu escritora Personal se han unido para ofrecer un nuevo producto: Joyas a la carta dedicadas. Y existe en germen  una nueva sinergia interesante para otro proyecto conjunto.

2.012 ha sido un año importante en mi vida. He conocido a gente maravillosa, y he recuperado cosas que el trajín diario había enterrado por completo. Y sobre todo: he abierto los oídos a mi corazón. 

A mi corazón y al corazón de los otros. Agradezco aquí también a las personas que me encargaron transmitir sus emociones y sentimientos, que los regalaron a través de mis palabras. Palabras que no fueron otras que las suyas repartidas a mi estilo. 

En este año que acaba de irse, algo en mis profundidades que clamaba desde hacía mucho, mucho tiempo, ha sido honrado por fin.

Sé de lo mucho que me falta, sé de la hora que marca mi reloj y de cuánto tiempo perdí. Pero eso ya no importa. Estoy en el camino que me corresponde, cansada ya de rutas ajenas o impuestas. Y aunque fuera breve el otoño -¿eso quién lo sabe?-  las hojas caídas nutren el terreno fecundo del hogar. 

Este fue el año de mi Fiat. (*1)


(*1) : Palabra del latín, significa hágase


GRACIAS



Mariaje López. 



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jueves, 3 de enero de 2013

Nada me doliera tanto

























Nada me doliera tanto,
como no haber trazado caminos en tu piel.

Como no haber respirado tu atmósfera,
ni haber bajado a tus simas.

Nada me doliera tanto,
Como no haber nadado en tu orilla,
ni avanzado en tus mareas.

Nada me doliera tanto,
Como expatriar de tu voz mi nombre,
y no abrir fuego en tus manos.

Nada me doliera más
que no haber podido amarte,
que no haberte amado tanto.  


Mariaje López


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