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| Pintura: Vito Campanella |
Hace su entrada en la Calle Mayor, tirando del carrito donde acarrea juntos el teclado y la guitarra eléctrica. La armónica sujeta al cuello en el soporte metálico que descansa en sus hombros y deja el instrumento delante de su boca.
Menudo, de cabello tieso y pajizo amarrado en una coleta raquítica. La mirada resuelta y empañada en un azul plomizo, matizando el rostro jovial que burla al Cairos. Chaleco vaquero si hay calor, chupa de cuero si acompaña el frío; pañuelo al cuello, tejanos ajustados al tobillo por encima del botín gastado.
Sembrando ajetreadas mañanas de memorias y homenajes a la historia del rock.
Hago cábalas sobre su vida y figura, que tan peculiar se me antoja. Le tengo por un lobo solitario —solitario y feliz —, con su música y arte y su rock and roll.
Hoy está con él una mujer que lleva un niño en los brazos. Por la forma de acompañarlo, creo no aventurarme si digo que ambos son su familia, y ella una de esas mujeres cuya vida transcurre al abrigo de la casa. Todo lo contrario a él, que vive en la calle.
El hombre orquesta la ha besado en los labios y tras una leve caricia al bebé sonrosado se dispone a comenzar su repertorio diario.
Mariaje López
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